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Atanasio Alegre

John Florio, alias Shakespeare

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Lo cierto de lo probable,

lo probable de lo posible,

lo posible de lo dudoso.

G. Musso

 

Fue en 1623 cuando apareció el que se conoce como el First Folio en el que se publicaron las 36 piezas de teatro atribuidas a William Shakespeare que vivió y murió en la campiña inglesa, en Stratfordon Avon, concretamente. La fecha de su muerte se sitúa el 22 de mayo de 1616. O sea que este año se conmemoran los cuatro siglos de su desaparición en  el que se ha llamado el año shakesperiano.

Fue Shakespeare un hombre en quien se cumplió aquello que dijo Heidegger de Aristóteles: nació, vivió, escribió y murió, porque fuera de lo que se ha podido deducir de lo reflejado en su vastísima obra, de su vida personal, lo ignoramos todo. Nos consta que tuvo unos conocimientos impresionantes sobre lingüística y lexicografía, que estaba familiarizado con las lenguas que se hablaban en Europa, que conocía Italia y que fue un hombre al que le eran familiares los personajes y el contenido de la Biblia. Tampoco era ajeno a la música que se tocaba en la corte, ni a los usos de la aristocracia y de los cortesanos que tuvieran algo que decir. Dicho en otras palabras, fue un hombre de su tiempo, con vida vivida y no simplemente alguien que hubiera escuchado a través de segundos o terceros cómo giraba el mundo en el que le había tocado vivir. Describir los lugares o locaciones, según se dice, donde se desarrollaban sus obras teatrales, suponía viajes geográficos de los que no se tiene noticia que hubiera realizado.

De hecho, no parece posible haber escrito Hamlet sin haber conocido la Corte de Dinamarca. En Hamlet, como en cualquier de sus obras es sorprendente la manera cómo ha llegado a bucear en el alma humana, cómo era consciente del desvío de la conducta humana como sucede en Macbeth o en El rey Lear, pero justamente esto es lo que ha levantado sospechas de si realmente el autor al que se ha atribuido tales excelencias es este misterioso personaje, al que a partir de la publicación de ese First Folio, se conoce como el nombre de William Shakespeare.

Entres quienes dudaron hay nombres como los de Walt Whitman, Dickens, Mark Twain y hasta Freud, pero en estos días ha aparecido una obra con el título que encabeza esta nota: John Florio, alias  Shakespeare –escrita por Lamberto Tassinari, un filósofo italiano, residente en Canadá–, obra esta en la que sostiene que el célebre escritor de Stratford on Avon “no es el que se cree”.

El autor de la espléndida obra atribuida a Shakespeare sería, de acuerdo con Tassinari, Giovanni Florio –John Florio en inglés–. La peripecia existencial del tal Florio, así como sus conocimientos y preparación  literaria –incluidos su cosmopolitismo y el afán de divulgar en Inglaterra la cultura europea– es justamente la que se deduce a una primera inspección de los escritos de este autor, descendiente de italianos. Hay otro detalle importante, además: John Florio fue secretario particular durante 16 años de Ana de Dinamarca. Desde un punto de vista filológico, se dan cita otros elementos que hablarían en favor de su autoría, pero establezcamos antes las coordenadas vitales del tal John Florio.

John Florio era hijo de un predicador protestante italiano de origen judío que antes había sido monje franciscano, pero abrumado por lo que entonces significaba el estigma del converso o marrano como lo llamaban en España, renunció al catolicismo, se hizo protestante y se trasladó a Inglaterra. Era un hombre preparado, atento a los nuevos movimientos que entonces se conocían como el Renacimiento y dentro de esta línea de conocimientos y de estilo educó a su hijo. A la larga hizo de él un experto en lo que lo eran gente como Johannes Reuchlin en Alemania, o Erasmo de Rotterdam en Holanda.

Pues bien, entre otras traducciones, la que  hizo John Florio de las obras de Montaigne fue la que circuló entonces en Inglaterra. Y se da la coincidencia de que uno de lo pasajes de La Tempestad de Shakespeare coincide literalmente con uno de los textos de Montaigne traducidos por Florio.

Todo ello, resumidamente, es lo que ha puesto sobre la pista al profesor Lamberto Tassinari para establecer en su nuevo libro que acaba de parecer en la editorial francesa Le Bord de l´eau.

Shakespeare no viene a ser, de acuerdo con Tassinari, más que un alias, el pseudónimo que utilizó John Florio para aquellas obras de ficción que no se atrevió a firmar por las razones que fuera, tal vez por el sesgo psicológico que dio a la violencia –Shake-speare, separado por un guión viene a significar en inglés: esgrimir la espada–; mientras que su obra lexicográfica, la de Florio, las firmó con su nombre.

No es Florio, por otra parte, un personaje desconocido para las letras inglesas que se han ocupado de Shakespeare, pero si bien su nombre sonó mucho en la década de los veinte, sobre él ha caído el silencio. Se sigue sosteniendo que su influencia sobre Shakespeare fue importante. Pero nada más.

Tassinari argumenta que este silencio sobre Florio fue siempre una cuestión que se ajusta al sentido tradicionalista y conservador de los ingleses, ya que el tiempo en que Shakespeare florece, fue la época en que se consolida el imperio británico como tal, del que se decía que en sus dominios no se ponía el sol. (Los chinos argüían, por cierto, que no se ponía el sol en el imperio británico porque Dios nunca se ha fiado de los ingleses en la oscuridad). Atentar contra una figura como la de Shakespeare sería ir contra una historia tan bien asentada como la propia historia inglesa.

Tassinari asegura en su estudio: “John Florio es un Shakespeare made in Europe, el cual nos pone de manifiesto que el nacimiento del mundo moderno posee una riqueza y una complejidad que nos llenan de expectación”.

Sea como sean las cosas, hoy más que nunca, dada la dimensión de las ambiciones políticas –no son galgos, señor, que son podencos– hay que volver a Shakespeare con o sin pseudónimo. Personalmente, el tomo de sus obras completas sigue, ha sido y seguirá siendo uno de mis libros de cabecera.

 

atanasio9@gmail.com