• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

John Barleycorn

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Estuve una vez en su apartamento invitado a una fiesta de fin de año en la que los tragos corrieron torrenciales ajustándose a la reflexión de Don Birbam (Ray Milland) en Lost Weekend de Billy Wilder, 1945, sobre la adicción al alcohol: “Un trago es demasiado y cien no son suficientes”. Se trataba del apartamento de soltero de un amigo mío dominado por el alcohol, cuya vida acabaría a temprana edad. Una vez leyó “Las confesiones de un bebedor” (John Barleycorn, 1913, de Jack London) y le fascinó saber que London había firmado un pacto con el alcohol al que llamaba familiarmente John Barleycorn y reconocía como el Amo (The Master). El pacto consistía en que no lo avasallara con su presencia devastadora y le permitiera, al menos, escribir un relato de esos que lo convirtieron en escritor rico y popular. Al terminar de hacerlo, abría los brazos y se entregaba: “¡Amo, ven!”. Y el Amo, consolidando el acuerdo, se apoderaba enseguida de London hasta convertirlo en un ser desahuciado, en un espectro de sí mismo.

Transformó la cocina de su apartamento en el centro de las más fogosas y trepidantes reuniones; no para cocinar sino para que sirviera de bar bien provisto. Sobre la mesa y en los estantes se apilaban preferentemente las botellas de vino, whisky, ginebra y vodka; la nevera se atiborraba de cervezas y las bolsas de hielo chorreaban agua en el fregadero. Durante la fiesta, entraban y salían los invitados en busca de hielo y más tragos creando un incesante movimiento de hormigas cuchichándose, reventadas de risa y dando traspiés. Entonces, con los vasos cargados, volvían a la sala, al frenesí y al desenfreno.

La algarabía y el humo de los cigarrillos hacían esfuerzos para escapar por las ventanas, pero persistían en colgarse de las ropas, los muebles, puertas y paredes y se refugiaban en la cocina. El caos reinaba en ella: platos sucios y vasos olvidados en cualquier lugar alternaban con los ceniceros desparramados. Por los rincones se alineaban las botellas vacías, restos de comida, servilletas de papel arrugadas y pisoteadas, la cerveza derramada formando charcos cada vez más extensos y los invitados que entraban y salían en alocado apresuramiento.

De pronto, con la aplomada serenidad de quien arrastra consigo muchos tragos, con un andar lento, mirando fijo y de frente pero con aire ausente vi entrar al dueño de la fiesta. Yo estaba sirviéndome hielo y nadie más se encontraba en la cocina. ¡No me vio! ¡Nunca supo que yo estuve allí! Tampoco pareció percatarse o no le importó aquel desorden, el estropicio, la suciedad, el desbarajuste y la alteración causada por el amontonamiento de latas y de botellas acumulándose en los rincones. Le parecía normal la enormidad del desastre. Sin embargo, le llamó la atención el alargado dispensador de Alka-Seltzer fijado a la pared. Un objeto que nunca había visto en una casa de familia. ¡Algo le molestó porque se dirigió a él! Desde mi posición no vi ni observé nada irregular: colgaba perfectamente alineado a uno de los gabinetes. ¡Pero él no lo entendía así! Extendió el brazo y con la mano movió de manera casi imperceptible el dispensador: uno, o tal vez dos milímetros. Se echó hacia atrás, movió la cabeza satisfecho de haberse aproximado en algo a la perfección. ¡Era la línea de George Braque corrigiendo la emoción! Se sirvió un buen trago; dejó atrás, intacta, la catástrofe de aquella cocina y salió dispuesto a hundirse en el borrascoso océano del regocijo y la disolución abrazado a John Barleycorn.