• Caracas (Venezuela)

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Esta no es una nota biográfica sobre un personaje famoso –súbitamente de moda en nuestro país por su espíritu solidario–, ni se trata de la apología a un hombre enormemente talentoso, sino tan solo es una reflexión sobre el papel que los seres humanos deberían jugar en cada momento de su historia.

Tampoco puede presumirse de que tal reflexión sea la más acabada obra de originalidad, dado que responde a una inquietud que ha sido tema recurrente en las últimas semanas, tratado sobre todo por diversos colaboradores de esta publicación, al modo en que hace poco lo hizo magistralmente Marianella Salazar a propósito de la actuación –o más bien inacción– de Gustavo Dudamel ante el horror que se vive en Venezuela.

Subyace además tras esta reflexión un hecho de graves implicaciones para el futuro del país, nada menos que el progresivo desvanecimiento de referentes cercanos que conformen en el imaginario colectivo modelos de ciudadanía que impulsen a cada uno de sus habitantes a dar lo mejor de sí para contribuir a su desarrollo, lo que no ocurre porque en Venezuela no haya habido multitud de ciudadanos de singular ejemplaridad, sino porque en la memoria de la sociedad sus figuras se han ido desdibujando con el paso del tiempo, sin que ni siquiera quede el consuelo de que estén siendo reemplazados por otros de igual o mayor talla.

No es de extrañar entonces que las miradas de millones de agobiados venezolanos, carentes de tales referentes, se dirijan con avidez a quienes con sus palabras o acciones sacuden sus conciencias y les ayudan a deslastrarse del temor que los oprime mucho más que cualquier amenaza.

Así lo hicieron las escuetas palabras de Jared Leto en la más reciente entrega de los premios Oscar, potenciadas por las inmediatas descalificaciones de que fue objeto ese artista estadounidense por parte de los más recalcitrantes defensores del régimen, aunque más allá de lo dicho en el mencionado evento, el impacto causado quizás se deba a la estatura del personaje que se ha ido develando a los ojos del país.

Y es que una calidad vocal como pocas, un gran virtuosismo en la ejecución de diversos instrumentos, una extraordinaria capacidad interpretativa y una prolífica producción musical y fílmica como compositor y director, es solo el extremo visible de un talento que se pierde de vista, desarrollado con un trabajo constante, una continua búsqueda de la excelencia y una particular sensibilidad.

Todo ese caudal de abrumador talento ha sido orientado por Leto, en muchas de sus canciones y videos documentales, hacia una aguda y oportuna crítica al conformismo y a las barreras autoimpuestas, como en Do or die, uno de sus más recientes trabajos, que constituye una sencilla pero poderosa exhortación a cada ser humano a que haga de su vida algo que valga la pena para sí mismo, ya que sin duda es desde la propia experiencia de la libertad y de la plenitud que verdaderamente se puede aportar de una manera positiva a la sociedad.

El planteamiento –ya insinuado en Closer to the edge y otras producciones–, que en apariencia puede parecer ingenuo, es bastante pertinente en estos turbulentos inicios del siglo XXI, principalmente en Venezuela, donde unos neoconvencionalismos impuestos por intereses mezquinos amenazan con sumir a su población en un estado de aletargada mediocridad.

De allí que, como referente contemporáneo, Leto pueda resultar para muchos una figura bastante atractiva por sus ideas y por su labor, esta última comprometida con innumerables causas, y no sorprendería que incluso hayan empezado a surgir en el país las comparaciones con otros personajes famosos, como con Gustavo Dudamel, que de acuerdo a lo que bien señala Marianella Salazar –en su artículo “La papa caliente”, publicado el 19 de febrero de 2014 en El Nacional– “se ha dejado utilizar como propaganda internacional del régimen y ha prestado su imagen a los más terribles acontecimientos políticos de los últimos años”.

Dudamel –como algunos otros venezolanos que no merece la pena mencionar– ha incurrido en el error más grave en que puede incurrir una figura pública exitosa, el erigir sobre su talento un encumbrado pedestal desde cuya cima, cuan deidad olímpica, pueda distanciarse por completo de los padecimientos de la humanidad –o por lo menos de los de sus hermanos, dado que sí parece sensibilizarse ante las dificultades de europeos y estadounidenses por igual–.

Lo irónico es que incontables hijos de la tan vilipendiada cuna del capitalismo –algunos que incluso sobrepujan en talento al director de orquesta venezolano residenciado en City of Los Angeles– sí se conectan con los problemas sociales, incrementando su cercanía, proactividad y acciones para contribuir a resolverlos en la misma medida en que su fama y su influencia aumentan, y lo hacen con la credibilidad que les otorga el aportar tanto a la solución de los problemas de su nación como a los que afectan a los pueblos de otras latitudes, tal y como lo ha hecho Jared Leto en el transcurso de su ascendente y brillante carrera artística.

Lamentablemente, algunos venezolanos talentosos no son como Jared.