• Caracas (Venezuela)

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Elizabeth Fuentes

Jaime es como tú

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Más de uno se enfurece cuando le expongo mi tesis de que los chavistas son los nuevos adecos. “¿Cómo se te ocurre comparar a Leandro Mora con Elías Jaua?”, es lo primero que me lanzan furiosos, para culminar con una sentencia implacable: “Al lado de esta gente, Carlos Andrés Pérez parece un Winston Churchill…”.

Entonces trato de explicarles que me refiero al “lumpen” adeco, esos que permitieron que Blanca Ibáñez ejerciera el poder sin una molécula de capacidad, que robara como le diera la gana, se disfrazara de militar, enriqueciera a su banda, persiguiera a sus enemigos y, vaya casualidad, se aprovechara de Recadi (¿se acuerdan de Recadi?), para otorgarles dólares preferenciales solamente a sus amigotes, mientras se los negaba a sus presuntos enemigos. Con esa trácala, la barragana oficial asfixiaba a la prensa no complaciente, esa que intentaba ejercer la libertad de expresión hurgando a diario en las barbaridades que se cometían desde el alto gobierno, corrupción, abuso de poder e incapacidad incluidos. Más de una cabeza rodó entonces. Más de un periodista se quedó sin trabajo o fue objeto de amenazas vía Disip, que era como decir el Sebin. A Nelson Hippolyte, por mencionar un caso emblemático, lo interceptaron a la salida de una entrevista con Gladys de Lusinchi, quien le confesó que La Casona –donde ella habitaba–, estaba sembrada de micrófonos porque la amante de su marido la espiaba hasta en el baño. Mientras su marido, es decir el presidente, andaba muy ocupado detrás de Jhonny Walker como para dedicarle su tiempo a esas boberías.

Uno de los artífices de semejante película fue un personaje tan oscuro y desangelado como todopoderoso: un tal Luis Alfaro Ucero, quien inventó que  cada gobernación de cada estado debería estar en las manos del secretario general de AD respectivo, de manera tal que el poder quedara centralizado en Miraflores y el buró político del partido manejara todos los hilos del país, lo que equivale a decir contratos sin licitaciones, comisiones por las compras, y crecimiento de la burocracia para amarrar los votos. Le tenían terror en el partido. No se movía un dólar sin su consentimiento. Trabajaba en las sombras y no soltaba presa, como decir Diosdado.

Hasta que un buen día quiso ser candidato, pobrecito. No había ganado una elección en su vida y, a pesar de las advertencias del carísimo asesor electoral del partido, Joe Napolitan, usó todo su poder para imponerse como candidato. La catástrofe. Se retiró a última hora para apoyar a Salas Feo mientras el derrumbe del partido se hacía presente en las urnas electorales, y el clientelismo político que tantos años tardó en construir le tiró una sonora trompetilla: hasta los adecos de a pie votaron por Chávez.

Así que quienes hoy se rompen las vestiduras por el comandante insepulto, más de una vez votaron por AD, lo que equivale a decir que se parecen igualito no solo en la militancia, sino en la dirigencia. Solo que los adecos de antes se enriquecían en bolívares y se mudaban a El Cafetal, mientras los “neoadecos” chavistas se recontraenriquecen en dólares y se mudan a La Lagunita. Las comisiones las cobran más altas, el whisky lo toman más caro y, en lugar de un motorhome frente a la casa, lo que exhiben son camionetas blindadas y guardaespaldas, el símbolo máximo de su ascenso social.

Dicen que Alfaro terminó jugando dominó con los vecinos en el patio de su casa, por allá en Monagas. El resto anda desperdigao.