• Caracas (Venezuela)

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Claudio Nazoa

Jaime Tornillo

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Decía mi padre: “Creo en la amistad como el invento más bello del hombre”, y yo, al igual que él, pienso que es verdad.

Como dirían los españoles, hay personas “mala leche” que se ufanan de tener pocos amigos; eso sería bueno si uno sale poco, está muy ocupado o vive en un país lejano. Diferente y chocante es creer que ninguna persona merece nuestra amistad.

También es sano conocer personas que nos caigan mal, entre otras cosas, porque así valoramos más a quienes queremos. El odio, al igual que el amor, une.

Afortunadamente tengo muchos amigos que como el amor aparecieron solos. La amistad verdadera está en lugares insólitos. Mi teoría es que en todas partes tenemos al mejor amigo que aún no hemos conocido.

Hace como 10 años desayunaba en un sitio espantoso en la ciudad de La Victoria, estado Aragua. ¡Qué desayuno tan horripilante! aquella bazofia me puso de mal humor. En la mesa contigua, un señor calvito, bastante feíto por cierto, no dejaba de mirarme. Yo me hacía el loco y pensaba: “¡Ahora sí se puso buena la cosa!, el mazacote de desayuno y este hombrecito enamorado”.

Después de pedir la cuenta de aquel aborto de comida, el mesonero dijo que el señor de la miradera, quien ahora sonreía y me saludaba con la mano, había pagado la cuenta.

—¿Tú eres Claudio Nazoa?

Qué vaina –pensé– me cayó frutero…

Puse la voz de hombre más arrecha que tenía:

—¡Sí!, ¿por qué?

—¿No me reconoces?

—¡Coño, no!

—Tú me cargaste cuando yo era chiquito! ¡Yo era el Niño Jesús!, ¿te acuerdas?

¡Ahora sí la puse! –pensé– además de raro, loco.

De pronto, aquel extraño me recordó una historia de hace mil quinientos años, cuando yo estudiaba tercer grado en la Escuela República del Ecuador en San Martín. Resulta que un día, en la clase de religión a la que casi nunca asistía porque yo y que era comunista, la monja dijo que escenificarían un nacimiento viviente y escogió a la niña más bonita del salón como Virgen María, luego preguntó: “¿Quién quiere ser San José?”. Yo, ni corto ni perezoso, levanté la mano.

Necesitábamos a un niño chiquitico y flaquito para que fuera el Niño Jesús ya que tenía que cargarlo, así que fuimos a primer grado y escogimos al muchachito más esperrujío y flaquito que había: Jaime Pérez, el señor que ahora me miraba.

Ese día conseguí a uno de mis mejores amigos. Jaime trabaja en el mundo de las tuercas y los tornillos, y hoy quiero homenajearlo con estas líneas.

Bien valió la pena aquel horroroso desayuno en La Victoria.

@claudionazoa