• Caracas (Venezuela)

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Claudio Nazoa

Israel

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Escribir esto me ha costado, ya que llegué en estado de impresión proactiva acelerada positiva, y no es para menos, porque visité un sitio muy conocido, que realmente casi nadie conoce.

Beit Venezuela es una extraordinaria, pero sobre todo, utilísima organización de venezolanos que existe en Israel, la cual tuvo la cortesía de invitarnos a Laureano Márquez y a mí para presentar un show humorístico en Tel Aviv, para venezolanos y latinos que viven allá.

Quiero contarles lo que vivimos más allá del turismo y de la curiosidad normal de un viajero. No puedo nombrar a nuestros fantásticos anfitriones, ya que sería injusto dejar de mencionar alguno, solo agradezco a Beit Venezuela.

Qué collage de emociones experimentamos al conocer un pequeñísimo país que hasta hace poco era un desierto sin agua dulce natural, y que ahora es absolutamente verde y poseedor de una de las agriculturas más avanzadas del mundo. En Israel, engañaron al mar y le robaron la sal para domar al desierto, y los transformaron en un vergel.

No entiendo la actitud del señor Dios con su tierra natal:

–Ahhh… ¿ustedes quieren patria? Allí tienen ese pedacito de desierto sin agua ni petróleo, con un mar muerto y rodeado por países enemigos del pueblo judío.

Dios sabe lo que hace: en ese pedacito de tierra infértil, creció un increíble pueblo que, humildemente, imita a Dios con milagros que asombran al mundo.

Cómo entender, por ejemplo, que Chacaíto sea territorio Palestino, Sabana Grande territorio de Israel y Plaza Venezuela es Palestina, pero a la vez y al mismo tiempo, todo es Israel y Palestina. Visitamos Belén en territorio palestino, dividido por un antipático y feo muro que protege a Israel de algunos fanáticos terroristas. Allí visitamos el sitio exacto donde nació Jesús. Me dio tristeza y envidia comparar Belén con algunas calles de Caracas: todo limpio, sin huecos, sin miedo a que te asalten; siempre hay agua, luz, harina PAN y papel tualé.

Algo de lo que casi nadie habla: los palestinos tienen representantes en la Asamblea israelí, que no son irrespetados por Roque Valero cuando van a hablar.

El Muro de los Lamentos, ícono del pueblo judío, limita pared con pared con dos enormes mezquitas árabes donde hacen sus oraciones, al mismo tiempo que los rabinos hacen las suyas.

El Santo Sepulcro, en Jerusalén, es una paradoja: está en territorio Israelí y dentro, los religiosos rusos y griegos pelean a diario con curas católicos hasta que llega la noche y cierran la puerta y… ¿saben quién cierra y abre la puerta? ¡Un musulmán!

Quizás lo más aleccionador fue la visita al Museo del Holocausto en Jerusalén. Una obra maestra de arquitectura mundial. Al salir, es imposible gesticular palabra. Increíble y conmovedor el homenaje a más de 1.500.000 niños asesinados por los nazis. Una sala inmensa, fría y oscura, pero bella a la vez, donde una vela encendida frente a un sistema de espejos, se multiplica millón y medio de veces, mientras se escucha el nombre y apellido de cada uno de los niños asesinados. Hay que vivirlo.

Estuvimos a metros de la frontera con Siria en el Golán: allí, en medio de campos minados, florecen como magia viñedos para producir un vino que asombra al mundo.

Disculpen mi incapacidad para decir cosas a lo mejor más importantes. Quizás, pronto, cuando mi corazón termine de llegar de Israel, volveré más coherente sobre el tema.

Lo único malo del viaje fue la circuncisión obligatoria en el aeropuerto de Tel Aviv: era poquito… ¡y le quitaron!

@claudionazoa