• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Del Estado Islámico al Bolivariano

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Gracias a los buenos oficios de Circuito Gran Cine y del Festival de la Francofonía hemos podido disfrutar del estreno de Timbuktu en la cartelera, nominado al Oscar de laAcademia y ganador del reconocimiento del Jurado Ecuménico de la competencia de Cannes 2014. El mismo año, por cierto, arrasó en la gala de los premios César. 

Es el más reciente filme del mauritano Abderrahmane Sissako, celebrado por el impacto de la experimental Bamako, depurado ejercicio de denuncia política y desarrollo transgenérico. Se le considera uno de los autores clave de la nueva ola de la escuela africana, una corriente periférica de escasa difusión en Venezuela. Por ende, mérito doble el hecho de proyectar el último largometraje del director en el país.

 De visionado urgente, la película describe la tragedia del territorio norte de Malí, cuando fue tomado e invadido por el grupo terrorista Ansar Dine durante 2012 con el siniestro objetivo de establecer un estado islámico sobre la base de la imposición de las ideas primitivas de la Sharia y el wahhabismo. El caldo de cultivo para la irrupción de las plagas nazis de Al Quaeda e ISIS. Una de las caras del fascismo contemporáneo, según palabras de Umberto Eco.

 El guión de la cinta hilvana atmósferas turbias, planos contemplativos, historias cruzadas, situaciones kafkanias, humor negro, imágenes alegóricas, tramas paralelas, personajes insólitos y estallidos brutales de violencia fundamentalista.

Prohibida la influencia de la cultura occidental, un equipo de chicos juega un partido de fútbol sin balón en una de las secuencias ambivalentes de la composición poética del montaje de choque entre la pureza de la dignidad humana, la noble resistencia del pensamiento laico y la intolerancia de la colonización extremista.

A tiros, los usurpadores del poder reducen a escombros los hermosos ídolos tallados por los habitantes de la zona. Por la menor excusa, decretan pena de muerte y lapidan a las pobres víctimas de la interpretación radical de la ley musulmana.

Fustigan con 40 latigazos a mujeres y hombres por reunirse a tocar música. Arbitrariamente obligan a jóvenes solteras a contraer matrimonios arreglados. Las condenan a cubrirse de pies a cabeza. No conformes con la represión uniforme del velo, deben llevar guantes y medias. Disgregan familias, desarticulan el tejido social.

Al protagonista de la ficción lo sentencian en un proceso amañado y viciado (versión apocalíptica del tribunal benigno de Close Up). Lo acribillan junto a su esposa.

Los señores de las sombras instauran un régimen sectario y despótico de gobierno.

Solo ellos pueden darse el lujo de pecar, cometer errores, irrespetar las normas de conducta. Fuman a escondidas, hablan de las estrellas del balompié internacional, utilizan celulares, manejan camionetas por el desierto, disparan primero y averiguan después. Les vemos grabar, de forma chapucera, videos improvisados de amenaza y reafirmación integrista.

El realizador los expone en todo su despliegue de medios contradictorios, a través del lenguaje de la comedia minimalista. El absurdo yihadista despierta la risa involuntaria al ser plasmado en una serie de viñetas corrosivas. Curioso el parentesco con la obra del sarcástico Elia Suleiman. Ciertamente, la sátira compensa la carga del drama narrado, pero no lo encubre, trivializa o pretende aligerar (cual Roberto Benigni en La vida es bella).  

Del neorrealismo italiano a la crudeza del naturalismo de Abbas Kiarostami, Timbuktujamás baja la guardia en su trabajo de disección de un cuerpo enfermo  y podrido, el de la banalidad del mal, el de la falsa moral, el de la teocracia de la corrupción del espíritu del profeta, la barbarie y la violación de derechos.

Niños huérfanos corren como animales de cacería perseguidos por una pandilla de asesinos. Huyen de las garras de sus captores, hacia un destino incierto.

Ante la desaparición física de sus padres, los hijos de una nación devastada son la única fuente de esperanza y cambio a futuro. Por lo pronto, su presente es tan oscuro como el de la República Bolivariana, secuestrada por otra camarilla de talibanes.