• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Ignacio Ávalos

Ir al estadio

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

I.

Esta temporada fue, como las anteriores, ir a cada rato al estadio universitario. Fue admirar de nuevo la maravilla conceptual que es el beisbol. El diseño inteligente de sus reglas. La disposición perfecta del terreno de juego. Su sentido del drama. El hecho raro de que el equipo que ataca no es el que tiene la pelota. Su fingida parsimonia, sus interrupciones y vacíos, sus sobresaltos. Fue darle la razón a Yogi Berra :  el juego no termina hasta que termina, el que va perdiendo nunca pierde hasta que pierde porque el tiempo no se agota. Confirmar la vigencia del “librito”, esas no páginas no escritas que marcan la pauta estratégica del partido. Calibrar la relevancia de las “jugadas de rutina”, imprescindible lección para un país épico, siempre pendiente del jonrón. Fue, en fin, mirar el beisbol como “una suerte de texto raro que se escribe a la vista de los espectadores”, según lo interpretó Jorge Luis Borges.

II.

Ir al estadio fue constatar como la sabermetría asoma con sus  estadísticas cada vez más sofisticadas. Indignarse con el dominio norteamericano sobre las condiciones en las que se desenvuelve nuestro campeonato. Ver las señas que dibujan las instrucciones del manager para sus peloteros, un software encriptado que no descifra ningún hacker rival. Discutir si se dice pónchalo o ponchéalo. Oír el suplicio de corneticas y silbatos durante horas. Temer el extra inning porque la ciudad no está como para que uno vaya muy tarde a casa. Comprobar que “estamos hechos de beisbol” como afirma la cuña de un refresco. Ratificar que es un deporte que nos convoca a todos y nos hace militantes de algún equipo, incluso a los que ignoran lo que es un flaicito al cuadro. Confirmar que es parte de nuestra genética cultural y nos provee de las metáforas necesarias para explicarnos la vida a través de un “me agarraron fuera de base”,  o “me salió un rollincito al picher”, más claro imposible.

III.

Ir al estadio fue apartarme del país narrado sólo como controversia y separación. Dejarme arropar por esa, hoy en día, extraña y agradable sensación de apaciguamiento y normalidad,  que nos deja ver que la vida venezolana tiene otros espacios importantes por donde deslizarse, por ejemplo el diamante del beisbol. Disfrutar, pues, de un paréntesis, para desentenderse de ese relato según el cual este país es dos países que se dan la espalda.

IV.

Ir al estadio fue pasar por el calvario de las entradas y las colas. Negociar con los revendedores, el eslabón más visible de una cadena de complicidades que jamás ha podido desmantelarse. Asombrarse de cómo la reventa sobrevive con éxito a Internet y a los operativos policiales. Vérselas con las institucionalidad del atajo, expresión de un país cuya vida cotidiana transita en muchos ámbitos por los caminos verdes. Advertir como se ensancha  la diferencia entre gradas y tribunas y se distinguen dos clases de público para que no quepa duda de que, si bien todos los ombligos venezolanos son redondos, hay unos más redondos que otros.

V.

Ir al estadio fue, pues, disfrutar del bar más grande de Caracas, según dijo el querido Cabrujas. Fue apoyar por enésima vez a Los Tiburones de La Guaira. Ver a Cabrera, el jugador más valioso del campeonato, con sus 42 primaveras a cuestas. A Carlitos Sánchez, novato del año. Echar de menos a Gregor Blanco. Oír la samba, música sacra. Pegar la oreja al radio para escuchar el juego en la versión sectaria de mis narradores. Solidarizarse con una fanaticada entrañable y animosa. Llegar a la semifinal y ver eliminados a los de uno.

Fue, pues, sumar 29 años sin ganar un campeonato y saber que no importa, pues el feligrés no quiere al equipo porque triunfa, sino porque sí.

Harina de otro costal

El país desea creer que la cosa va en serio. Pero también sabe de la costumbre del gobierno para  lavarse las manos con jabón “ideológico” y decir que la violencia es cosa del capitalismo, del pasado “prerevolucionario” o de las telenovelas, mientras se hace de la vista gorda con la impunidad judicial, el fracaso de los planes para el desarme o la incompetencia de las autoridades, por solo mencionar algunos pocos de los déficit de desempeño en la labor oficial. Imposible, pues, que el gobierno eluda su responsabilidad por no atender ni entender el problema de la inseguridad durante quince años y luego de 200.000 muertos.