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Gabriel Zaid es un intelectual mexicano nacido en 1934, católico, liberal y anarquista. Es poeta, ensayista e ingeniero. Es economista originalísimo y filósofo de la religión. No da entrevistas, nadie ha visto una foto suya, no tiene vida social. Se define con una sola palabra: crítico. Obras suyas se han traducido a docenas de idiomas.

Su sociología de la clase universitaria latinoamericana es un aporte que merecería ser tema de varias tesis universitarias en Estados Unidos (si esa apertura a intelectuales no académicos fuera imaginable). Según su teoría, “los universitarios” no buscan el saber, sino credenciales de saber... para acceder al poder.

La historia de la literatura y el pensamiento en Latinoamérica había sido obra de escritores y de revistas (no de profesores ni investigadores) pero desde hace algunas décadas los intelectuales académicos alojados en las universidades comenzaron a reclamar el monopolio de aquella legitimidad intelectual que nunca había sido suya. Al margen del mercado editorial (que desdeñan y del que no dependen), viviendo en el “socialismo” de sus instituciones seguras, desarrollaron una natural inclinación por la ideología destinada utópicamente a perpetuar su condición, volviendo a todos los ciudadanos… universitarios.

En los años ochenta, la vertiente radical de esa nueva clase no operaba en las aulas sino en las montañas de El Salvador y en el poder en Nicaragua. Un momento culminante de la crítica a esos movimientos (y de confrontación entre los intelectuales liberales y los académicos) fue la publicación en la revista Vuelta (dirigida por Octavio Paz) de dos ensayos de Zaid que dieron la vuelta al mundo (“Colegas enemigos: Una lectura de la tragedia salvadoreña”, 1981, y “Nicaragua: El enigma de las elecciones”, 1984).

En ellos acuñó por primera vez el concepto de “Guerrilla universitaria” y negó que el derramamiento de sangre tuviera que ver con las luchas históricas del campesinado en armas o la acción revolucionaria de las masas.

Por el contrario, leyó ambos procesos como una guerra de y entre universitarios a costa del pueblo: antiguos estudiantes de colegios católicos, herederos inconscientes pero activos de los religiosos medievales que quisieron imponer su “maqueta monástica” a la sociedad, “intoxicados con el poder” y con una “heroica” y narcisista impaciencia, los guerrilleros salvadoreños y nicaragüenses -universitarios en su gran mayoría, miembros de la elites, no obreros ni campesinos- se habían entrampado en querellas internas que documentó.

La solución que proponía era la democracia: en El Salvador, aislar a los “escuadrones de la muerte” y los guerrilleros de la muerte, propiciando elecciones limpias; en Nicaragua, someter al voto popular el mandato sandinista.

Varias revistas y diarios internacionales reprodujeron o comentaron ambos ensayos. En América Latina y en México, el establishment intelectual y académico de izquierda lo linchó. Un “universitario” tachó de “chabacana” y “absurda” la idea de sacar a los violentos “para que el resto del pueblo pueda ir a elecciones y poner fin a su tragedia”.

Al poco tiempo, las masas salvadoreñas y nicaragüenses mostraron “poca conciencia en su trayecto a la revolución”, marginaron a los violentos y ejercieron sus derechos democráticos. Ningún crítico de Zaid reconoció su error. Pero muchos le rindieron el silencioso homenaje de adoptar sus “absurdas” y “chabacanas” soluciones.                                        

La querella entre la revista Vuelta (1976-1998) y el Establishment universitario no era asunto de personas o temperamentos sino de concepciones distintas sobre lo que constituye a un intelectual. En un artículo de 1990 titulado precisamente “Intelectuales”, el propio Zaid hizo una distinción capital para entender el debate intelectual latinoamericano:

“Los intelectuales son un conjunto de personalidades, la Intelligentsia son un estamento social. Los intelectuales son la crítica, la intelligentsia es la revolución. Los intelectuales son afines al trabajo periodístico y literario, a ejercer sin títulos, al trabajo free lance. La intelligentsia es más afín al mundo académico y burocrático, a las graduaciones, a los nombramientos, a cobrar en función del calendario transcurrido. Los intelectuales pasan de los libros al renombre, la intelligentsia pasa de los libros al poder”.

En México y en varios países de América Latina, la distinción entre los intelectuales y la “Intelligentsia” se mantiene. La caída del Muro de Berlín y el advenimiento de gobiernos electos en la mayoría de los países latinoamericanos, no cambiaron la ecuación por un motivo evidente: la Revolución sigue siendo un artículo de fe en el Establishment académico universitario de muchos países, y en su clase dirigente, la Intelligentsia.

Esta anacrónica vigencia del mito de la Revolución en sus diversas variantes (desde la radical castrista y chavista, hasta la populista, en apariencia más moderada) supone un desacuerdo básico sobre la constitución misma de la vida política. El consenso existe en varios países de tradición democrática y republicana: Chile, Costa Rica, Colombia, Uruguay. También, aunque más reciente, parece consolidarse en el Perú. Pero definitivamente no existe en Venezuela y sus países satélites, tampoco en Ecuador y Argentina. Y, por sorprendente que parezca, a pesar de nuestra transición, tampoco existe en México.

Vivimos en un perpetuo suspenso de legitimidad política. La razón de esta condición paralizante no está en los inmensos problemas sociales sino en el dogmatismo de la Intelligentsia. Mientras persista, habrá lugar para esa minoría crítica y liberal: los intelectuales.