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Alexis Correia

Insuficiencia renal

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Conciencia TV es la respuesta del Estado venezolano para Vale TV. De manera obligatoria, aparece desde hace aproximadamente un año en mi sistema de televisión por suscripción. De los canales oficiales es el que ofrece menos contenidos de propaganda política, aunque inevitablemente tarde o temprano se verá un picón ideológico debajo de la bata científica.

En las encuestas, generalmente los televidentes afirman que les gustaría que hubiera más programas educativos en pantalla: en secreto, suelen preferir a la Doctora Nancy. Pero también es cierto que este tipo de canales poseen siempre una audiencia cautiva que no debe ser menospreciada.

Luego de sentarme esta semana ante una muestra de 10 programas (todos los que se transmiten en Conciencia TV duran 30 minutos), me quedan dudas ante la continuidad de la iniciativa. Para armar una programación, el canal de ciencia y tecnología recurre a diferentes proveedores, no siempre claramente identificados: Telesur, Vive TV, productores independientes, algún enlatado extranjero, etcétera. En varios de los espacios nacionales, al final de los créditos, observé la fecha 2013, que no está mal, pero me gustaría saber si se han seguido grabando en 2014.

Acúsenme de complejo de inferioridad, pero el único programa extranjero que vi en Conciencia TV me pareció también lo mejorcito: Proyecto G, de la productora argentina La Brújula. No soy experto en TV educativa, pero por aquí es donde van los tiros: darle ciencia a la gente en empaque descarado de show. En este caso, humor.

Protagonizado por un científico nerd-pichirre y dos asistentes denominados “el señor de acá” y “el señor de allá”, Proyecto G recurrió a parodias del stand up comedy o las cuñas de telemercadeo para explicar la pasteurización o cuáles de los remedios caseros de las abuelas son mito o realidad. Lección: dejemos bajar tranquila al sepulcro tanta solemnidad bolivariana.

Menos es más: principio que triunfa en este género. El que mucho abarca en media hora, poco aprieta. De los espacios nacionales, mis preferidos fueron Nanouniverso y Ciencia para todos. El primero, facturado en Mérida, está dedicado (como es de suponer) a la ciencia de lo increíblemente diminuto y cuenta con un conductor muy dinámico de la generación Chino y Nacho, Pablo Silva. El segundo se centró en tres proyectos muy concretos de científicos venezolanos en el parque Guatopo (no he regresado ahí desde una excursión que hice en primaria), la isla de Cubagua y la península margariteña de Macanao.

Historias comunes me contó la historia de Ángel Sanguino, joven de los Magallanes de Catia que perdió el brazo izquierdo en un accidente de tránsito y desarrolló una especie de brazo cibernético que le ayuda a reparar celulares. Hubo un fallo garrafal: en varias tomas observé a Sanguino manejando su automóvil. Jamás me explicaron claramente cómo hace eso una persona a la que le falta una extremidad superior.

Con la voz grandiosa de Porfirio Torres (Nuestro insólito universo), Pura pesca trata sobre pesca deportiva. Por más que sus practicantes explicaron una y otra vez su presunto énfasis ecológico, nunca me quedó claro cómo encaja eso de clavarle un arpón a un pez por diversión en medio de una programación científica.

Conducido por una chica muy seriecita, Iyami Fernández, Ciencias para llevar me pareció, a pesar de ella, de lo peorcito de Conciencia TV. Un reportaje sobre el Hospital Cardiológico Infantil derivó en culto al comandante supremo. En experimentos dirigidos a niños, Fernández mostró cómo construir un prototipo del corazón y otro de un riñón, aunque la presentación audiovisual fue bastante barata. El corazón por lo menos funcionó y bombeó algo de agua azul y roja, pero el riñón hecho con un filtro de café estuvo siempre sentenciado a morir de insuficiencia.