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Maximiliano Tomas

Instrucciones para realizar la autopsia de un libro de cuentos

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Cuando uno escribe sobre libros puede empezar por donde se le ocurra. Por el título, por ejemplo. O por el diseño de tapa. Por la foto del autor, si el libro tiene solapa. O por el texto de contratapa (muchas veces una tapa en contra). ¿Por la editorial que lo publica? También. Y por la información biográfica del escritor. O por la calidad de la traducción. O las cosas que se dicen en el prólogo. O en otras reseñas. Y también por las declaraciones que el autor haya hecho en entrevistas anteriores. Lo dicho: uno puede empezar por donde tenga ganas. O dejar de lado todas estas cuestiones, sin siquiera prestarles atención, e ir directamente al texto: centrarse en su análisis como valor primordial. Uno puede hacer lo que quiera pero, si lo que va a decir o escribir tiene destino de publicación, debería hacerlo con honestidad. Y con inteligencia, libertad, responsabilidad, belleza y, si es posible, estilo. Pero como no siempre se puede (y estas columnas son la mejor prueba de la existencia de tal dificultad) la verdad es que con la honestidad alcanza. Y la honestidad implica buen juicio, claridad, contundencia y sinceridad.

Tomemos por caso el último cuerpo tibio que ha llegado a esta mesa de lectura. Se trata de un libro de cuentos, es una selección y se llama Calles y otros relatos. El autor: un tal Stephen Dixon. La tapa es blanca, atravesada por motivos rojos, y muestra el recorte de una fotografía en la que se ve a una mujer parada en la cornisa de un edificio, envuelta en una frazada, a punto de saltar al vacío. La solapa no tiene foto de autor, solo texto: la biografía de Dixon dice que nació en Nueva York en 1936 y escribió más de veinte libros de ficción, entre novelas y cuentos. Dice también que fue periodista y profesor, que ganó premios y becas. Por la fecha de su nacimiento y la de su primer libro se infiere que Dixon tardó en publicar, y que lo hizo por primera vez a los cuarenta años. Esta primera traducción al castellano de sus relatos estuvo a cargo de Martín Schifino, lo que para quienes conocemos su trabajo es una buena noticia. La selección es de Eduardo Berti, y el prólogo de Rodrigo Fresán. Nada que objetar.

Pero ya en la contratapa aparece el primer síntoma de algo raro: en el segundo párrafo y en la misma línea, a Dixon se lo emparenta con Thomas Pynchon, Georges Perec, Italo Calvino y con... Jerry Seinfeld y Woody Allen. La dilatación de las referencias es lo que parece haber creado este aneurisma semántico, cuyo origen resulta estar localizado en el mismo prólogo (y probablemente tenga sus causas en el excesivo entusiasmo del autor de estas páginas de presentación, que de literatura estadounidense sabe bastante). Es Fresán quien conecta a Dixon con Pynchon, Perec, Calvino, Seinfeld y Allen, pero no se queda ahí. La lista sigue: William Gaddis, John Barth, Julio Cortázar, Alain Robbe-Grillet, Marcel Proust, Saul Bellow, Dave Eggers, Rick Moody, Jonathan Lethem, Louis C. K. y, finalmente, Franz Kafka. A Fresán le gusta Dixon, y su traducción al castellano le parece un acto de justicia poética (y hay que decirlo, cinco de los once cuentos de Calles y otros relatos son realmente buenos e incluso muy buenos, sobre todo "Un tipo enamorado", "Historias del 14" y "El rescatador"), pero su genealogía literaria, en lugar de oxigenar, obtura por saturación. Acierta con Kafka, porque los cuentos de Dixon tienden casi siempre al absurdo, ya sea por la acumulación de malentendidos como por la proliferación de enredos y desencuentros. Pero si el otro elemento sobresaliente de los textos es el sentido del humor, uno podría establecer parentezcos más directos con satiristas como Saki, Ambrose Bierce y O.Henry. O Gogol. O Buzzati. Y hasta con el nonsense de algunos cuentos de Mario Levrero. El problema con el prólogo no radica en su falta de efectividad (al contrario: uno quiere leer a Dixon de inmediato) sino en que instala en el lector la expectativa de un autor que nunca aparece (o al menos no en este libro ni en esta mesa de disección).

Dixon, siguiendo con el diagnóstico, suele mostrarse en entrevistas como un escritor algo hosco, despreocupado, un poco maniático, viudo de una mujer de la que sigue enamorado y con muy pocos intereses genuinos más allá de la escritura. Un tipo que supo vivir en Nueva York pero se retiró a Maryland, no usa computadora, escribe a máquina y, cerca de los ochenta años, teme por la salud de sus hijos y espera a la muerte con sabiduría y resignación. Uno de esos escritores que no se preocupan por analizar demasiado su propia obra, ni por lo que vaya a decir el discurso crítico, ni por captar el beneplácito de una masa lectora. Incluso después de dar clases durante más de dos décadas, Dixon se confiesa como un mal profesor. Lo que no deja de ser simpático y predispone a una lectura amable de sus cuentos. Estado de ánimo que mucha de la gente que lo entrevista arruina señalando, sin más explicación, que Dixon es un "escritor de escritores". ¿Qué significa eso? ¿Que escribe para otros escritores, que es apenas leído por escritores, que nadie que no escriba podría leerlo? Misterios de la supervivencia de ciertos lugares comunes. Porque si uno asocia la idea de un escritor de culto a saberes y destrezas muy específicas, podría pensar en Pynchon como un "escritor de escritores", y también en Henry James, Vladimir Nabokov, Virginia Woolf, James Joyce, Raymond Roussel, Thomas Bernhard o Robert Walser. Pero Dixon, cuya escritura persigue la transparencia de un Hemingway, está lejos de cualquiera de ellos. Lo confiesa él mismo en una de esas entrevistas: "Intento que mi prosa sea clara, y para lograr eso evito las metáforas, las florituras, el lenguaje figurado y la sofisticación. Mi escritura es pura acción. Me interesa que todo cuanto describo sea plenamente reconocible para el lector. Pero por encima de todo quiero que el lector pueda entrar en la cabeza del narrador".

Así que finalmente uno llega al centro de la anatomía analizada: los textos. Y lee los once cuentos del libro. Y de a poco la imaginación y el sentido del humor de Dixon se despliegan. Su prosa es seca y fluida. Y sus tramas, en apariencia triviales y cotidianas, se enrarecen cuando logra aplicar sobre ellas una imaginación digresiva que disfruta quebrar las convenciones del género. La supuesta inexistencia de su estilo es, por supuesto, la manifestación de otro tipo de estilo, el de la sustracción, pero con ciertos refinamientos evidentes. Por ejemplo, la destreza con que Dixon maneja los cambios de registro y de puntos de vista narrativos en sus relatos. Su sentido del humor, muchas veces oscuro y retorcido, funciona mejor cuanto más trágico sea el planteo de sus historias. Diagnóstico: Stephen Dixon es un autor que vale la pena leer. Causa probable de lectura: tal vez no sea un escritor inolvidable (esos son verdaderamente muy pocos) pero sí uno capaz, con cierta frecuencia, de entregar textos que lo sean..