• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Luis Pedro España

Institucionalidad y trascendencia (I)

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A hora sí que es verdad que el país se paró.

Entre todo un año posponiendo decisiones por los eventos electorales recientes y un comienzo de año que ya se pronostica con nuevas posposiciones debido al agravamiento de la enfermedad presidencial, lo cierto es que si alguien pensaba que el rumbo económico estaba relativamente encaminado por una senda de tímidos y progresivos ajustes de precios, recorte fiscal y devaluaciones, pues, todo ello ha vuelto a reposar en la misma gaveta donde estuvo estos últimos meses. Por el túnel.

Como ha sido costumbre en estos últimos años la preeminencia de la variable política, es decir, la administración de sus costos como prioridad, tamiza cualquier decisión de política económica o social. Para los ortodoxos de librito, esta forma de encarar las políticas públicas es poco menos que una irresponsabilidad y desde hace rato son muchos los que piden, y no sólo fuera del Gobierno, que se sinceren muchas de las inviabilidades que tiene la economía nacional.

En varias ocasiones nos hemos referido al inmenso daño que le ha hecho a la democracia venezolana y su estabilidad el seguimiento a pie puntillas de las recetas económicas que no consideran las otras variables que afectan a las familias y las empresas. No vamos a volver sobre la historia de las consecuencias de empobrecimiento, inestabilidad y violencia que supusieron los programas de ajuste para nuestro país y el resto del continente. Resulta ocioso volver sobre una historia que nadie, ni siquiera los responsables de entonces, están dispuestos a repetir. Pero no por ello el manejo de la economía debe ir al otro extremo, es decir, pasar del ajuste ortodoxo a tratar de darle continuidad a la inviabilidad por medio de la práctica permanente de correr la arruga.

Es evidente que un país petrolero como el nuestro puede darse el lujo de incurrir en prácticas de política pública que sólo son posibles de sostener gracias a que una parte de la acción del Estado es independiente de la capacidad productiva de su economía, situación que se ha incrementado en los últimos años por el aumento de la autonomía y poder relativo del Estado. Por ello, el Gobierno puede manejar la política económica con muchos más grados de libertad de lo que pueden hacerlo otros gobiernos de la región, aunque, como es de entender, tampoco es que estamos exentos de tener que pagar la cuenta de tantas posposiciones.

Sometidos a una nueva situación imprevista en materia política (dado que la nuestra depende, más para mal que para bien, de la presencia y mando del Presidente de la República), las semanas o meses siguientes serán similares a los anteriores a las elecciones, lo que en nada ayuda a darle el reimpulso que necesita el país, una vez que la profundización del modelo rentista petrolero llegó a un nuevo agotamiento y sigue sin aparecer el modelo alternativo que nos dicen que se encuentra en marcha.

Se avecinan tiempos de mengua que en nada ayudarán a enfrentar nuestros problemas ya crónicos de inflación y precariedad del empleo, y mucho menos los nuevos que se avecinan con los cambios demográficos del país y el crecimiento natural, y hasta inducido, de las expectativas de la población. La apuesta del Gobierno, como en tantas otras ocasiones, consiste en esperar tiempos mejores para introducir los pequeños cambios que la realidad económica reclama, aunque con la consabida heterodoxia que, la más de las veces, anula los efectos correctivos deseados.