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Eli Bravo

Inspirulina: Cuatro maneras de no pelearse con las personas

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En la medida en que nos conozcamos bien y abracemos nuestra capacidad de amar, las agresiones nos resbalarán

En la medida en que nos conozcamos bien y abracemos nuestra capacidad de amar, las agresiones nos resbalarán

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Caerle bien a todo el mundo es imposible; además, el simple hecho de pretenderlo es agotador. De igual forma, no todas las personas van a caerte bien. Hay gente fabulosa y gente difícil de tragar, personas amorosas y otras violentas. ¿En qué lugar crees que estás tú? Si tienes una sólida autoestima, acompañada de una conciencia clara, seguramente te anotarás en la lista de las personas "chéveres", ya que por regla general quienes van por la vida agrediendo a los demás se quieren muy poco a sí mismos y habitan un espacio de oscuridad mental.

¿Cómo lidiar con gente que agrede, insulta y lleva la vida como un pleito? La mejor forma es no enganchándonos con sus torbellinos mentales. Como dice el refrán: para que haya pelea hacen falta dos.

En su libro Las gafas de la felicidad, el psicólogo catalán Rafael Santandreu nos recomienda lidiar con gente difícil reduciendo la hipersensibilidad ante sus palabras y acciones, pues en la medida en que les demos mayor importancia a sus actos desagradables, mayor será nuestro sufrimiento. Esto no significa ignorarlos o tolerarlos estoicamente (pueden ser síntomas de algo más complejo, como el maltrato de pareja, que al escalar se transforma en graves abusos) sino de verlos con cierta distancia para mantener la calma. A fin de cuentas, si observas bien, nadie sufre tanto como la persona que vive en un conflicto inagotable consigo mismo y los demás.

Santandreu sugiere cuatro prácticas para cultivar una piel más gruesa: comprender la locura del otro, construir una autoestima muy sólida, crear canales de comunicación sencillos para influir en los demás y aprender a apartarse del loco con racionalidad.

Por locura del otro se refiere a ver las cosas como son: los seres humanos somos maravillosos cuando nacemos y con los años podemos convertirnos en personas menospreciativas. ¿La razón? La mala educación y los aprendizajes errados. "Los adultos agresivos son niños confundidos que no se dan cuenta de que las únicas relaciones que promueven la felicidad son las relaciones amorosas basadas en darse el máximo cariño posible", escribe Santandreu. "Son como perros locos a los que han pegado de cachorros: no saben que otra vida es posible".

Para construir una autoestima sólida, basada en la simplificación, la humildad y la renuncia, su recomendación es encajar las descalificaciones con tranquilidad, pues si no las consideramos como tales, nadie podrá menospreciarnos. En la medida en que nos conozcamos bien y abracemos nuestra capacidad de amar, esas agresiones nos resbalarán, o si son una amenaza seria a nuestra integridad mental y física, tendremos la fortaleza de marcar distancia sin violencia para resguardar nuestro bienestar.

En la comunicación, su sugerencia es hacerlo de cualquier forma, sin perfeccionismos, para dejar saber lo que no nos gusta de manera serena. Y mejor hacerlo cuando las aguas se hayan calmado, puesto que inmediatamente después del agravio es fácil ponerse agresivo.

Sobre apartarse de la gente "enloquecida" con su actitud agresiva, Santandreu sugiere tomárselo con calma. Primero, conviene aprender a no molestarse ante los agravios de los demás y una vez que no nos afecten sus insultos, decidir si queremos continuar en esa relación. Puede ser que esa persona que se nos atraganta sea un "maestro zen particular". ¿Qué significa esto? Alguien que puede enseñarnos, de manera no necesariamente agradable, a manejar las dificultades de la vida. Quizás antes de darles la espalda (no creo que debamos cargar con relaciones tóxicas innecesarias) podemos aprender algo de ellas.