• Caracas (Venezuela)

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Maritza Izaguirre

Inflación y pobreza

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No hay duda de que, entre los desequilibrios macroeconómicos hoy presentes en nuestra economía, la inflación acelerada y su incidencia en la pérdida del poder adquisitivo del ingreso afecta seriamente a toda la población, e incide con mayor gravedad en los estratos de menores ingresos, los cuales, a pesar de contar con el apoyo de las misiones y otros programas oficiales diseñados para aminorar el impacto, al ir al mercado enfrentan la dura realidad y comprueban en cada operación comercial que con el ingreso recibido adquieren cada vez menos productos, en un entorno caracterizado, además, por la escasez de bienes esenciales, lo que exige el diseño de complejas estrategias para subsistir.

Adquirir alimentos, artículos de limpieza y de higiene personal, medicinas, y enseres del hogar se convierte en una verdadera aventura, en la que intervienen familiares, amigos y conocidos para localizar los productos y comunicar, mediante las redes sociales, su ubicación, lo que con frecuencia lleva a quejas y reclamos y en algunas oportunidades a conflictos y agresiones personales. De allí las protestas generalizadas generadas por tal situación.

Otro elemento a considerar a escala personal y familiar es el endeudamiento, el cual, por la insuficiencia de los salarios y pensiones para cubrir los gastos regulares, obliga, ante cualquier contingencia no prevista, a obtener recursos extras para cubrirla, lo que a su vez genera obligaciones a futuro que en zonas populares conduce a la aparición de un mercado informal, costoso e inseguro. Para algunos estudiosos, la inseguridad generada por la falta de recursos obscurece la capacidad de raciocinio; se toman decisiones, por ejemplo, el préstamo a altas tasas de interés, que en vez de solucionar el problema lo incrementa y aumenta las conductas violentas en nuestros barrios.

No se justifica que, como resultado de una gestión ineficiente y de políticas económicas erradas, hoy las cifras oficiales señalan un incremento en la pobreza, con claras consecuencias en el logro de las metas del milenio en cuanto a la reducción de la pobreza y la inequidad.

Por lo tanto, a rectificar; se hace necesario un cambio de rumbo, tal como sucedió en diversos países de la región, los cuales, obligados por las circunstancias: bajo crecimiento económico, serios déficits fiscales, endeudamiento, alta inflación, desempleo, pobreza y exclusión, entre otros,  debieron asumir responsablemente un programa de ajustes que obligó a sacrificios y a la generación de un ambiente de confianza y seguridad que facilitó el regreso de capitales, el aumento de la inversión, el crecimiento y la adopción de políticas sectoriales destinadas a fortalecer el aparato productivo y, en consecuencia, el empleo e ingreso para miles de familias. Todo en un marco de respeto a la institucionalidad democrática, a la participación y a los derechos humanos.

Con violencia, represión e irrespeto al marco constitucional no lograremos detener el deterioro creciente de las condiciones y calidad de vida que hoy enfrentamos. No hay tiempo que perder, nos jugamos el futuro de nuestra juventud.