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Emilio Cárdenas

Inesperado fracaso político en Suráfrica

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Como sucede en la mayoría de las economías emergentes, la situación económica en Suráfrica se está complicando. El nivel de actividad es débil, con el consumo en clara disminución; la moneda local (el rand) se está depreciando; hay presiones inflacionarias (aunque a partir de una tasa anual de solo 5,4%) y la confianza de los operadores, internos y externos, se ha debilitado.

Ante estas circunstancias, las autoridades han dispuesto el aumento de las tasas de interés, por vez primera en un quinquenio, así como la suba de las tarifas de los servicios públicos. Todavía la tasa de desempleo surafricana sigue siendo extremadamente alta (de 25%) y el déficit de su cuenta corriente equivale a 6,8% del PBI. Por todas partes, entonces, señales evidentes de cierta fragilidad.
En ese ambiente, Suráfrica tendrá elecciones parlamentarias este año. Se realizarán en abril o mayo próximos. En el plano de la política, recordemos, Suráfrica tiene dos grandes temas aún no resueltos. El primero es cómo acabar con la ola de corrupción -endémica y extendida- que aparece en todas partes, incluyendo en el propio partido de gobierno. El segundo es cómo -después de dos décadas de haber logrado dejado atrás al odioso apartheid- comenzar a reducir sistemáticamente el alto nivel de la pobreza, en una sociedad que continúa estando entre las más desiguales del mundo.
La muerte de Nelson Mandela pareció haber puesto en marcha cambios importantes en el particular mundo de la actividad política, hasta ahora demorados. El más importante de ellos, a mi modo de ver, es el que tuvo que ver con probablemente la mujer más importante de la actual política sudafricana: la médica y activista Mamphela Ramphele.

A la cabeza de la organización que ella misma había recientemente creado, Aganag (que quiere decir “construir”), Ramphele acordó -para sorpresa de muchos- incorporarse a la Alianza Democrática. Hablamos del principal partido de oposición, que -por ello- por primera vez en la historia pudo haber tenido una candidata presidencial de color. La Alianza, recordemos, gobierna una sola de todas las provincias sudafricanas, pero nada menos que la del Cabo Occidental.

Cabe preguntarse si esta novedad suponía, o no, una amenaza inmediata para el Congreso Nacional Africano (ANC). La respuesta es que presumiblemente no hubiera sido así. En el corto plazo, al menos.
Pero las próximas elecciones prometen ser mucho más disputadas en materia de propuestas y más reñidas, en cuanto a resultados, que todas las contiendas anteriores en las que participara el ANC. Esta es la gran novedad. Y la tendencia. La aparición de un partido con estructura y organización nacional, en cuyo interior la conducción y las candidaturas más importantes se hubieran compartido, integradamente, entre líderes de color y líderes afrikaners, blancos es todo un paso adelante.

No era poca cosa. Ante el futuro, parecía todo un hito. Particularmente en una nación en la que las profundas heridas del apartheid están todavía en un lento proceso de cicatrización. En rigor, con el ingreso de Ramphele a la Alianza, la artificial división política basada fundamentalmente en el color de la piel de los actores, habría comenzado a desaparecer. Lo que hubiera sido un hecho positivo y un paso realmente histórico.
La apuesta que repentinamente quedó en la nada era la de ir sumando, paso a paso, los votos de todos aquellos que sienten que ha llegado la hora de dejar de lado los enfoques y divisiones políticos de corte predominantemente racial
La doctora Ramphele, no obstante, es considerada por muchos como parte de la elite intelectual de la clase media del país, lo que -si fuera así- no debiera ciertamente tenerse como un impedimento para su carrera política. Más bien, debiera ser considerado como todo lo contrario, como un importante activo en su favor.

Pero las cosas no resultaron sencillas. El acuerdo con Ramphele quedó de pronto, para peor luego de haber sido anunciado, en la nada.
Si el proyecto continúa, ahora deberá avanzar lentamente, consolidando cuidadosamente, paso a paso, una nueva estructura política. Sin demasiadas ambiciones de triunfo de corto plazo. Basta recordar que, en la última elección nacional, la que tuvo lugar en 2009, la Alianza obtuvo sólo 16% de los votos. Y que, en los comicios municipales de 2011, logró 24% de adhesión.

Lo cierto es que la apuesta que repentinamente quedó en la nada era la de ir sumando, paso a paso, los votos de todos aquellos que sienten que ha llegado la hora de dejar de lado los enfoques y divisiones políticos de corte predominantemente racial y comenzar trabajar todos juntos en base a propuestas comunes, sin por ello dejar de contemplar la realidad social, tal cual es, con todas sus complejidades.
Mientras tanto, el ANC tendrá que enfrentar a agrupaciones menores, surgidas de su propio interior, fruto del descontento con el resultado de sus gestiones. Como es, por ejemplo, el caso de los eufemísticamente llamados “Luchadores por la libertad económica”, encabezados por el juvenil Julius Malema, un líder desde hace rato muy controvertido. Pero carismático, audaz, agresivo. De ideas bastante radicales, surgido de las filas de la juventud del ANC que Malema alguna vez encabezara, al que Nelson Mandela, por intemperante, le soltara la mano.

El momento de evolución en Suráfrica se ha postergado, según queda visto. Pero lo ya sucedido es historia. El predominio tradicional del ANC ha comenzado a ser amenazado, aunque lo cierto sea que, al menos por un tiempo, su presencia en el gobierno no parecería estar amenazada.
No obstante, los cambios que se están discutiendo lucen como el comienzo tibio de una etapa distinta. E insinúan una evolución que podría, en su momento, derivar en una efectiva pluralidad de opciones para los votantes sudafricanos. Lo que es siempre positivo.