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Cristian Valencia

¿Indignados por qué?

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Tanto se habla de dignidad que pareciera una palabra de moda. Que como toda moda, pasará y será efímera. Y en veinte o treinta años se hablará del tiempo de la dignidad.

Porque los políticos comenzaron a usarla como caballito de batalla. Pero ellos, los políticos, en su gran mayoría, no han dado muestras de dignidad. Esa dignidad humana que en este caso tiene que ver con la dignidad de todo un país. No tiene que ver con el dinero que se gane, ni con los grandes negocios, ni con las mangualas politiqueras en tiempos de elecciones. Tiene que ver con la altura necesaria para representar los intereses de todos los colombianos. De todos. No solo de unos cuantos. No de un puñado de multinacionales.

Panamá, el gobierno de Panamá, dio muestras de esa dignidad que tanta falta les hace a los políticos de por acá. Se le plantó a la multinacional que se ganó la licitación para ampliar el canal, y les pidió que respetaran los términos con los que se ganaron esa licitación. Se la ganaron justamente porque presentaron un buen proyecto, a un costo más bajo que los demás. Pero luego salieron a decir que había sobrecostos. Y Panamá les dijo: “No, señores, así no es la cosa, el contrato se respeta”.

Lo curioso es que la mayoría de las multinacionales que operan en Colombia siempre juegan a los sobrecostos y nada pasa. Al contrario de Panamá, por aquí decimos: “Sí, señores, qué más necesitan, qué pena”.

Y nosotros, como pueblo, no es que seamos los más dignos. ¿De dónde vamos a estar indignados, con quienes lo estamos? Somos nosotros los que elegimos a esos congresistas tan desprestigiados. Caemos siempre en el engranaje de las famosas maquinarias, esperando que alguna migaja caiga de esas bacanales que arman.

La dignidad humana está lejos de esperar algo a cambio. Es un atributo independiente del dinero que se gane, la educación que se tenga, el estrato social al que se pertenezca, la religión que se profese, el sexo, el color de la piel. Se trata de principios fundamentales, inamovibles, que no tienen precio. Tienen un valor. Se trata del ejercicio real de los derechos humanos, del ejercicio consciente de la ciudadanía.

Si todos tuviéramos claro que todos los empleados del gobierno, incluyendo al presidente, son empleados públicos que devengan su salario de nuestros impuestos, tal vez podríamos exigirles un mejor desempeño. Quizá esa señora de setenta años que hace fila desde las tres de la mañana en un hospital podría tener un discurso distinto, exigente frente a los empleados del hospital, y no esa actitud abyecta de: “Sí, señor, lo que usted diga, qué pena”.

Desde la dignidad, no todo está en venta. Y lo que está en venta no es a cualquier precio. Pero este país, bajo el ejemplo de sus políticos, nos ha enseñado que se vale todo: por la plata. Vender la tierra, los recursos, hacer trampas, todo vale mientras se consiga un puñado de billetes. Lucrarse a costa de los dineros públicos, los de todos. Se indignan los campesinos con razón, pero en las ciudades se dice: “Son los campesinos, no somos nosotros”.

Se indignan los médicos por este sistema macabro de salud, pero en otros ámbitos se dice: “Son los médicos, no somos nosotros”. Nunca hemos estado unidos como pueblo para decirles a los políticos: “Somos todos, estamos indignados con ustedes”. Todos, sin importar raza, estrato social, sexo o religión. Todos. Porque el campo es la comida de todos, y los médicos representan la salud de todos, y los maestros, la educación de todos.

Ese día, cuando estemos juntos, podremos hablar de dignidad. Por ahora, es solo una moda pasajera.