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Pedro Conde Regardiz

¿Incuba la guerra en Venezuela? (y II)

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Este es un pueblo que da batallas

sin tener armas, que triunfa con los reveses,

que en los desastres se organiza, que el terror

lo exalta, que la clemencia fingida

o real lo indigna, con quien

no hay medio ni esperanza que tuerza o

adultere su propósito, porque no se presta

a nada que no sea el triunfo de la revolución

como él la quiere: democrática, absoluta y radical.

Juan Crisóstomo Falcón

Proclama en Agua Clara, 1861.

 

Así luchan los estudiantes ahora en esta primavera venezolana y pelearán con todo el pueblo para relanzar el destino nacional. Al contrario de la seudorrevolución, la de las máscaras rojas que se han caído. ¿Cuántas veces dijo Chávez que estaban armados? ¿Por qué hablaba de guerra asimétrica? ¿Por qué compró tanto armamento en medio de corrupción y regocijo de traficantes y fabricantes de armas? ¿Por qué en sus peroraciones acudía al insulto, a demostrar que mucho había sufrido, como si hubiéramos tenido la culpa de su infortunio y resentimiento, para inundar el ambiente de odio y división? Siempre pensé que Chávez quiso auspiciar aquí algo así como otro Vietnam, pues lo mostraba de diversas maneras. Su alianza integrada por: FARC, la fuerza de ocupación cubana, parte de las FAN, Milicia, PNB y civiles armados. Y provocaba a Estados Unidos. Por ello su armamentismo, que no era para defender el Esequibo ni atajar a Brasil.

¿Por qué apelar a la violencia en todas sus modalidades? ¿Era Chávez producto de la violencia congénita de la sociedad venezolana que supo aprovechar para afianzarse demagógicamente en el poder? La violencia, eufemísticamente llamada inseguridad, es un fenómeno social de múltiples facetas y orígenes. No es causa, como dicen algunos, de la impunidad en 98% (Aveledo dixit). Sin pretender agotar el conocimiento de las fuentes últimas del fruto violento del funcionamiento del cuerpo social, conviene señalar que cuando Rómulo Betancourt, en 1960, acompañado de Jóvito Villalba y Rafael Caldera, organizó un acto en el Campo de Carabobo para decretar nuestra independencia económica al estampar “el ejecútese” a la Ley de Reforma Agraria, dijo en su discurso: “…Sin resolverse el problema de una vasta porción del país económicamente marginal advino la era del petróleo. Crecieron las ciudades a costa del campo y un abismo cada vez más hondo se abrió entre las urbes beneficiándose de la renta petrolera y una vastísima masa depauperada, vegetando más que viviendo. Hoy, 350.000 familias, casi la tercera parte de la población, vive en ranchos, tiene un ingreso familiar bajísimo y una precaria subsistencia…”.

Poco pudo hacer Rómulo para aliviar ese problema. Abortó 23 golpes de Estado. Han pasado 54 años de aquel discurso. Durante los últimos 20 años de la era democrática, 1979-1998, las políticas económicas acarrearon una economía regresiva con disminución del ingreso per cápita: empobrecimiento. Cualquier observador podrá notar, además, que por negligencia y omisión, por saqueo del erario público, el fenómeno se ha expandido: hoy habitan, subsisten, en ranchos más de 60% de los venezolanos. De ahí surgió Chávez como líder.

El chavismo fue un remedio peor que la enfermedad. Ahora es más evidente la contradicción entre la cuantiosa riqueza natural y la pobreza, y la paradoja de una voceada revolución democrática al tiempo que cercenan las libertades y desciende bruscamente el nivel de vida apoyados en la legión cubana. Es evidente la frustración colectiva acumulada. De todo lo anterior brota la violencia que muestra 4.680 asesinatos hasta abril. Es una guerra virtual. Según la idea imperante hay que construir muchas cárceles en lugar de escuelas y hospitales. Tiene, entonces, asidero la lucha estudiantil que ojalá no sea para apuntalar una nueva generación de corruptos. A diferencia de la MUD que decidió apoyar a Maduro para acentuar un mundo paradójico, donde “un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste”, como decía Rubén Darío.