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Abel Veiga

Impunidad, indiferencia y muerte

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El vómito de la guerra suma y sigue. Nadie la parará por el momento. Asimetría y desproporcionalidad. Brutalidad. Tanques sin alma ni piedad. Cohetes de Hamás asesinos. Y Gaza es rehén de todo, de todo lo malo. Cada muerte alienta más a la radicalidad, al odio, a la venganza. ¿Tiene derecho a defenderse Israel? Sin duda alguna. Es su obligación como Estado. La seguridad de sus ciudadanos es una obligación. Pero la impunidad y el abuso y uso desproporcionado hacia población civil de artillería, drones y aviones de combate con su carga mortífera entre inocentes es un límite que no es aceptable. Mas, ¿a quién importa en Europa, en Estados Unidos, en los propios países árabes, esa aceptabilidad? A nadie. Indiferencia absoluta. Cinismo y silencio real, por mucho que se llame al cese de esta guerra en toda regla y con papeles invertidos entre Goliats y Davides. ¿Cuántas muertes más son necesarias en Gaza? Muertes palestinas, muertes israelíes. Se rebasa ya la cifra de 1.500 palestinos muertos, casi 300 niños víctimas de los bombardeos y disparos. Dos tercios al menos son civiles. Sin culpa, sin pecado. Del lado israelí se supera ya la cifra de 60 muertos. La inmensa mayoría, soldados.

Y el cinismo sigue su camino. La desproporción, la falta de legalidad, la ausencia absoluta de moralidad, la impunidad y el silencio de una hipócrita comunidad internacional. Se desprecia la vida, se viola todo derecho internacional, sobre todo derecho humanitario. Y parece no importar. Cientos y cientos de casas completamente destruidas. Barrios, plazas, escuelas, mezquitas, cementerios, la central eléctrica, conducciones de agua. ¿Qué justifica tanta destrucción y tanto daño? Cuando cese toda esta vesania de sangre y muerte, destrucción y aniquilación de toda esperanza, cuando veamos el abismo de pobreza y miseria que viven los gazatíes, ¿quién pensará, quién ayudará, quién se preocupará de esos palestinos? Nadie. Vergüenza. Mentiras y manipulaciones. Hamás tiene mucha culpa en lo que sucede. Pero la culpa no es única. Acción reacción, unos y otros. Espirales que se necesitan. Radicalismo de un lado, también del otro. Nadie piensa. Mientras la industria armamentística, sobre todo la norteamericana, agranda albaranes y entregas, también beneficios. Obama, el presidente de la paz, solo para una vergonzosa academia sueca, mira en silencio. Simplemente mira.

El mundo árabe está en recomposición. Los aliados de otrora de Hamás ya no están. Catar y Ankara anhelan tomar protagonismo. Siria e Irán, pese a la diferencia religiosa e ideológica, no apoyan como antes. Egipto ha cerrado las puertas.

Gaza lleva años bloqueada, por tierra, por mar y por aire. Conviene no olvidarlo. Sellada la frontera con Egipto, es una cárcel a cielo abierto donde malviven casi 2 millones de palestinos. No todos son Hamás. Antes de existir Hamás, potenciada en su momento por algún gabinete israelí para debilitar a Al Fatah, tampoco era mejor la situación de los palestinos.

Naciones Unidas es una voz insignificante en un desierto donde solo la protesta y los comunicados tienen un tímido asiento. La guerra seguirá, solo parará cuando Netanyahu decida. La destrucción de Gaza sigue su camino. De paso, se destruirán decenas de túneles, morirán milicianos de Hamás y se destruirán rampas y lanzaderas de cohetes, afortunadamente no muy sofisticados. Pero las resoluciones de Naciones Unidas seguirán sin cumplirse por Israel, ni las convenciones de Ginebra; y el veto norteamericano, cínico y mezquino, acallará voces. Y quién critique se le tachará de antisemita, de mentiroso, de ignorante y de enemigo. Ya lo hemos visto antes, muchas, tal vez, demasiadas veces. Y la violencia volverá. Es la elipsis de una espiral recurrente y necesaria para los detractores de la paz. Israel ha reconocido que quienes secuestraron y asesinaron a los tres adolescentes israelíes no eran Hamás. Eso ahora ya no importa. Era la mecha necesaria. Causalismo interesado. Dos meses antes, Hamás y Al Fatah escenificaban una unión artificial, pero necesaria para ambos. La respuesta y la causa están ahí. Conviene no olvidarlo ni tergiversarlo.

La indiferencia y el cansancio que hacen que muchos, sobre todo quienes aún tienen cierto peso en el concierto internacional, por unas razones o por otras, miren hacia otro lado. ¿Qué hará Israel después de esta tragedia? ¿Se acabarán el bloqueo, la opresión, la negación de todo? ¿Mejorarán las condiciones de vida de los palestinos? ¿Dejará de bloquear y presionar al mundo para que Palestina sea un Estado? ¿Permitirá la reconstrucción económica y mejorará la vida de los palestinos? No hará nada. Pero solo así se evita el terrorismo. Y se debilitaría a los violentos. La espiral del odio sigue su curso. Misión cumplida para los radicales. Lloran las viudas y las madres israelíes. Lloran y desesperan miles de palestinos condenados a una cárcel a cielo abierto. Y aquí, y al otro lado, no hay compasión. Gana el odio, gana la visceralidad, la irracionalidad. Despertad, sociedades civiles. Despertad y cercenad el odio que os inoculan y la sinrazón con que alimentan vuestras conciencias. Así no. Ambos os condenáis. Condenáis el futuro de vuestros hijos y nietos. Basta de masacres, de violencia, de locura, de opresión, de humillación, de usurpación. Basta de tantas mentiras y tantas manipulaciones, basta de tanta negligencia militar, política. Basta de tanta radicalidad de los terroristas de Hamás. Con cada muerte se activa más odio, más venganza. Hablan los hechos, las imágenes. Hablan la bestialidad y la desproporción del ejército israelí. Silencio. Algunos prefieren bajar el telón. No hay piedad ni compasión. Pero no la hay ni allí, ni tampoco aquí. Cuidado los que desde aquí se enarbolan de boquilla una bandera palestina. Salir en la foto ya no vende.