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Raúl Fuentes

Impromptu desafinado

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Quería escribir sobre los idus de marzo entusiasmado con la soberbia actuación de Marlon Brandon encarnando a Marco Antonio en una memorable y teatral película de 1953, Julius Caesar (Joseph Mankiewicz), y su  enardecido discurso en las escalinatas del Senado, junto al cadáver del dictador, mediante el cual predispone a los romanos contra los perpetradores del más famosos de los  magnicidios; sin embargo, juzgamos que era remachar un clavo pasado y, para no dejar pasar por debajo de la mesa el segundo aniversario de la partida del imperecedero, se nos ocurrió  especular sobre su decisión de pasarle el testigo al que te conté.

Improvisar es un defecto o una cualidad, según se vea. Se puede improvisar en el teatro, en el cine o en la música, como hacen los actores profesionales y los jazzistas virtuosos. Quienes hayan tenido la oportunidad de ver el programa que conduce James Lipton (Inside Actors Studio) habrán constatado que ese hacer cosas sobre la marcha, al que hacen referencia algunas luminarias de Hollywood, es en realidad un recurso o una técnica que dominan quienes han forjado sus carreras siguiendo las pautas pedagógicas desarrolladas a partir del sistema y las investigaciones del actor y director ruso Konstantín Stanislavski, creador del “método de las acciones físicas”. No es, pues, la improvisación una forma de dar rienda suelta a la espontaneidad, sino de enriquecer un texto o una partitura sin alterar la esencia de lo que se ha de interpretar. William Shakespeare, que del tema sabía, escribió: “Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara”; y, en uno de los programas aludidos, el actor Christopher Walken dijo: “No se puede improvisar a menos que se sepa exactamente qué se está haciendo”. Con seriedad o ironía, Mark Twain aseguró que “suelen hacer falta tres semanas para preparar un discurso improvisado”

Hemos intentado establecer que improvisar no es soplar y hacer botellas. Prueba de ello es el vaivén gubernamental que, durante los últimos 16 años, se ha caracterizado por una indigesta mezcla de ordinariez y cursilería en la que convergen alevosas medidas instrumentadas al voleo para ajustar las cada vez más férreas tuercas represivas, a fin de silenciar la inconformidad, y un tumbarse a la bartola al momento de resolver contingencias de  envergadura como las que atañen al deterioro del aparato productivo y su inevitable repercusión en la fabricación, abastecimiento y comercialización de artículos de primera necesidad.

Chávez era muy amigo de hablar sin pensar lo que decía; y, por lo general, su discurso era un obstinato basado en el insulto, la descalificación y el patriotismo rastrero. Por eso, Pastrana le reclamó y Juan Carlos lo silenció. Lo que  seguramente sí pensaba era lo que callaba. Oscilando entre lo que se cocinaba en los fogones de La Habana y lo que realmente quería –porque quizá confiaba en un milagro de la medicina cubana– es de inferir que, atiborrado de analgésicos y antidepresivos, no ponderó cabalmente el asunto de la sucesión, pues, de lo contrario, hubiese evitado echarnos el vainón que nos echó con la designación de Nicolás Maduro. Hay quienes piensan que debatir tan desafinado impromptu puede devenir en bizantina discusión de nunca acabar; sin embargo, hay conjeturas que ameritan atención. Un amigo, poeta goloso con buen olfato político, insinúa que el comandante se sentía avatar del Libertador, sobre todo del que, en  Valencia (enero de1827) reprendió al coronel Matías Escuté, jefe del Estado Mayor de Páez, con una advertencia claramente dirigida al “León de Payara”: “Aquí no hay más autoridad ni más poder que el mío; yo soy como el sol entre mis tenientes que si brillan es por la luz que yo les presto”. Si de este  jactancioso y envanecido Bolívar es Hugo reencarnación, es lógico  que nos dejara apenas un mediecito.

Maduro, más que una improvisación, es un improvisado con suerte, elegido adrede para que no hubiese punto de comparación con el gran elector de Sabaneta. Con muy poco ángel, un notable déficit de  “Quod natura non dat, Salmantica non præstat” y apegado al librito rojo del recuerdo, Maduro no puede sacar al país del foso –la peor economía del mundo, de acuerdo con el índice de miseria Bloomberg– porque transita un camino hollado pavimentado con los  errores de su antecesor, y está condenado a tropezar reiteradamente con la piedra de su imposibilidad de entender que rectificar no es traicionar. En Nicolás, la improvisación es metáfora mediática para designar la insuficiencia de un disco duro cargado con dos aburridas variaciones sobre el tema de  la conspiración: golpe y magnicidio. Le queda el consuelo de que, si no sabe cómo gobernar, nosotros tampoco sabemos cómo explicar su ineptitud; estamos, sencillamente, improvisando.