• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

¡Imposibilitado!

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Los padres se mostraban preocupados porque el hijo adolescente no daba muestras de interesarse en los estudios y prefería permanecer bajo el sol de Cabimas jugando pelota con otros muchachos del vecindario. En las boletas semanales se observaban marcas rojas en los renglones de Aplicación que señalaban claramente las materias en las que el chico no hacía esfuerzos por destacarse.

Era un alumno ausente porque en lugar de abrazarse a los libros de historia, cultivar la exactitud de las matemáticas o sumergirse en la lectura de los textos literarios a que le obligaba el programa de estudios prefería mirar desde su pupitre el campo en el que disfrutaba jugando béisbol. Estaba consciente de llegar a ser buen pitcher y gustaba calificarse como un “prospecto”: era zurdo y desde la lomita lanzaba la pelota con velocidad y dominaba con cierta efectividad la recta, la curva y sabía alternarlas con el slider.

Un tío suyo, perforador en los campos petroleros, le enseñó cómo agarrar la pelota y cómo colocar los dedos para que los lanzamientos resultasen intraficables para el bateador. También le enseñó a engañar al bateador lanzando rectas menos rápidas y bombitas que parecían lentas pero al llegar al home hacían como un esguince y la pelota bajaba súbitamente y entraba con velocidad en el guante del catcher dejando al bateador con los ojos claros y sin vista.

Cubrió las paredes de su cuarto con fotos de los peloteros de las Águilas del Zulia y su mayor orgullo era el afiche autografiado de Luis Aparicio, regalo del tío. Pero los padres, abrumados por las estrecheces económicas, con otros dos hijos que vestir y alimentar y agobiados por la incertidumbre política no podían entender y mucho menos aceptar que aquella afición deportiva fuese un camino provechoso para la familia y se empeñaban en animar y estimular al muchacho para que se fortaleciese en los estudios.

¡No hubo manera! El béisbol incendiaba el alma del adolescente; la recta y el slider conocían cada vez mayor velocidad y desde la pared Luis Aparicio le sonreía animándolo; pero en el aula continuaba mirando, alelado, cómo el campo de juego se tostaba bajo el calcinante sol de Cabimas. Los padres decidieron entonces que lo mejor era inscribirlo en la Escuela Militar convencidos de que la disciplina, el rigor castrense, el prestigio del uniforme y la profesionalización y modernización de las Fuerzas Armadas trazaría un camino más seguro para la prosperidad no sólo del hijo sino de la propia familia.

Movieron todos los resortes, activaron sus contactos y después de muchos desvelos y diligencias reunieron dinero y coraje y emprendieron el viaje en autobús a Caracas para sostener una entrevista con las autoridades de la Escuela Militar. Encontraron dificultades, estaban cerradas las inscripciones. Rogaron y finalmente ¡aceptaron al hijo! El padre sintió un ramalazo de orgullo y los ojos de la madre se anegaron en lágrimas de felicidad. ¡Habían alcanzado la gloria al asegurar el porvenir del primogénito!

Las clases comenzaban el día lunes y la condición que impusieron los nuevos maestros era que el joven debía estar presente el domingo en la Escuela Militar porque, de lo contrario, perdería la inscripción que tanto les había costado a los alborozados padres. Debía traer consigo, además, los objetos personales que se indicaban en el anexo al instructivo militar. De inmediato, los padres telegrafiaron al muchacho comunicándole la buena noticia y conminándolo de inmediato a hacer acto de presencia en Caracas. El chico contestó por la misma vía telegráfica: “¡Imposibilitado estar en ésa! Picho el domingo en Bachaquero!”