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Luis Giusti

Importancia regional de la lucha por un oleoducto

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El sistema de oleoductos Keystone tiene el propósito de transportar productos del petróleo desde Canadá y el norte de Estados Unidos, principalmente hacia la costa texana del golfo de México. Esos productos son, mayormente, crudo sintético (syncrude) y bitumen diluido (ditbit) provenientes de la cuenca sedimentaria occidental de Canadá en la provincia de Alberta, y crudo sintético y crudo liviano “tal cual” provenientes de la cuenca Williston en una región de Montana y Dakota del Norte. Las 2 primeras etapas del proyecto (I y II) cubren 3.461 kilómetros y están en operación desde 2010. El punto de origen es Hardisty en Alberta, el primer tramo llega hasta Steele City en Nebraska, y de allí se extiende hacia el este hasta Patoka en Illinois. La porción en Estados Unidos incluye 1.744 kilómetros y pasa por Dakota del Norte, Dakota del Sur, Nebraska, Kansas, Missouri e Illinois. El actual sistema tiene una capacidad de 590.000 barriles por día.

El nuevo proyecto contempla las etapas III y IV. La primera de ellas consiste en un tramo hacia el sur desde Steele City para unirse con el sistema de tuberías de Cushing, Oklahoma, lugar de recolección del crudo WTI (West Texas Intermediate). Esta etapa sureña del proyecto, permitirá transportar 830.000 bpd hasta refinerías ubicadas en la costa del Golfo, y en un futuro podría permitir la exportación de crudo desde terminales en dicha costa. La etapa IV, la más controversial, consiste en una nueva tubería de 1.890 kilómetros desde Hardisty en línea recta hasta Steele City, destinada a aumentar la capacidad en ese tramo con miras a acceder con mayor volumen a la porción sur. Esta tubería ha sido objetada intensamente por agricultores y políticos de Nebraska, por donde ella habrá de pasar, por posible contaminación de acuíferos someros resultante de derrames de un crudo ácido y corrosivo que proviene de arenas bituminosas en Canadá. Las banderas de esa protesta han sido esgrimidas por el escritor y conocido activista ambiental, Bill McKibben, quien ha organizado varias marchas de reclamo frente a la Casa Blanca en Washington. También se esgrime el argumento de que vendrá a Estados Unidos el crudo “más sucio y que más contamina la atmósfera”.

En enero de 2012, el presidente Obama, respondiendo a las protestas y tal vez mirando hacia su inminente campaña por la reelección, pospuso la decisión de continuar con el proyecto. Es importante señalar que la última palabra al respecto le corresponde a él y no al Congreso, porque el oleoducto cruza una frontera internacional. Ahora Obama deberá decidir sobre una posible ruta alterna para el proyecto.

Desde que el Presidente pospuso la decisión, las discusiones y el cabildeo se han intensificado. Quienes lo apoyan sostienen que el proyecto generará miles de empleos estadounidenses, además de fortalecer la seguridad energética al reducir la dependencia del Medio Oriente. Probablemente un objetivo de mayor significación sería el de salvaguardar la industria de las arenas bituminosas de Canadá, donde se han invertido cientos de billones de dólares de Estados Unidos. En un reciente editorial la revista Oil & Gas Journal apuntaba: “La aprobación del proyecto abrirá el rico potencial de energía fósil vecino y propiciará su desarrollo. Su rechazo pondría fin a ese potencial, al servicio de una utopía energética que los americanos rechazarán cuando conozcan sus costos”. Es bueno apuntar que sin otra ruta de salida hacia los mercados, la cancelación de Keystone XL daría al traste con el desarrollo en gran escala de los crudos extrapesados de Canadá.

La importancia del mencionado oleoducto para los exportadores petroleros latinoamericanos, principalmente México, Colombia y Venezuela, está en las repercusiones que su terminación podría tener eventualmente sobre las líneas internacionales de suministro y, en definitiva, sobre el marcado de petróleo y sus derivados.