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Ildemaro Torres

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Cierto, muchas veces me he referido al humorismo, complacido en celebrar su alta significación, sobre todo cuando es cultivado con gracia, ingenio y buen gusto, porque le da un sabor grato a la vida y nos permite sobrellevar a conciencia las dificultades, del diario quehacer y de la realidad militarizada en que estamos inmersos; y he celebrado en particular el que traduce agudeza de observación, atinada exposición y el respeto de tratar a los lectores, espectadores, radioyentes y televidentes como seres pensantes, capaces de percibir y de degustar ese producto del talento creativo.

Y es que merece una jerarquización justa de su sentido intrínseco y del valor que puede tener como rasgo caracterológico de un pueblo. En ello es un estimulante punto de partida la observación de Aquiles Nazoa, de que “nuestro humorismo no es como se cree un género menor” sino que “la minoridad ha estado más bien en el criterio que se ha tenido para apreciarlo”.

En 1985 El Nacional dedicó su edición aniversaria al humorismo venezolano de los siglos XIX y XX, titulada “Tierra de Gracia” y Venezuela lo es, al contrarrestar con tal virtud sus desgracias. Presentando la publicación el director Alberto Quirós Corradi dijo que el objetivo era “rescatar del presente el mucho humor latente que nos queda”, y reírnos de las duras realidades “con la remota esperanza de adelantar un poco lo mejor del futuro”.

Peco de reincidencia (que con descaro reconozco me es grata) en su abordaje como tema, pero la misma vida actual, primaria, nos  induce a ir al encuentro de la inteligencia y un sentido creativo, cual estímulos para seguir firmes enfrentando la barbarie. Es sabido que si a algo temen los autócratas ensoberbecidos, es a la inteligencia de los humoristas traducida en la agudeza  de una frase lapidaria, la acertada caricatura que los desnuda, o la parodia escénica que les deshace la parafernalia reduciéndolos a objetos risibles.

Son hechos determinantes del deterioro social y cultural, con envilecimiento de las relaciones interpersonales y empobrecimiento de la lengua, básica en el cultivo de esas relaciones. Es el humor un factor esencial en nuestras respuestas a las situaciones negativas, a las distintas formas de estrés que nos afectan física y anímicamente. En unas circunstancias felices el humor festivo incrementa nuestro goce de las mismas, y en las adversas nos ayuda a cargarlas, atenuarlas y hasta superarlas, deparándonos nuevos espacios. Celebramos el humor que contribuye a sensibilizarnos para su degustación.

Definido por Hegel como una “aptitud especial del intelecto y del espíritu” el humorismo ha tenido en Venezuela una historia rica en creadores y obras, reveladora de la aceptación y ascendencia de los humoristas en densos sectores sociales; y siendo inseparable de la historia, las costumbres y tradiciones nuestras, ha sido, como señalara Luis Pastori, un elemento clave en la formación de la personalidad del pueblo venezolano.

La valoración de la risa como expresión de un estado del alma es anterior a cualquier otra consideración, secular o milenaria; y el humorismo puede ser expresión de una elevada calidad del espíritu, mezcla de idealismo y sentido común, de ficción y realismo. El verdadero tiene un acento humano y de allí su empeño en cultivar una estética y salirle al paso a lo procaz, a cuanto atente contra la dignidad humana, y a todo intento de hacer desaparecer la sonrisa de nuestros rostros y más aún de nuestro espíritu, pues como afirmara Aquiles Nazoa, una sonrisa compartida será siempre un gesto de solidaridad humana.

El sentido del humor nos es, y no debe dejar de serlo, irrenunciable, como concepción de vida y como inestimable valor cultural.