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Antonio Sánchez García

La Iglesia ante la crisis

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La Carta Pastoral de monseñor Arias Blanco sentó un precedente que con el correr de los meses se convirtió en el fundamento espiritual de la rebelión popular del 23 de enero, acompañada por el despertar democrático, patriótico y nacionalista de nuestras Fuerzas Armadas. Sería de una gravedad y de una torpeza inexcusables que la dirigencia opositora y nuestras Fuerzas Armadas desatendieran ambos llamados, lejanos en el tiempo pero cercanos por la urgencia y la gravedad de las circunstancias.

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No puedo dar fe del comportamiento de la Iglesia Católica en Cuba a partir del asalto al poder por el castrocomunismo, pues carezco de la información suficiente como para un análisis riguroso de un asunto tan delicado. Imposible de llevar a cabo sin tener absoluta conciencia del poder ideológico y social del catolicismo en una sociedad que ha estado trasminada de sincretismo religioso, supervivencia del universo mágico supersticioso de una africanía que ahondó sus raíces en la sociedad más esclavista de Hispanoamérica. Y en la que todos los elementos mágico-religiosos portados por los esclavos –importados a Cuba hasta muy adentrado el siglo XIX– amalgamaron una muy particular cosmovisión, reñida con el catolicismo y proclive a fundamentar un universo de superstición y criminalidad, como lo señalara en sus deslumbrantes estudios el gran antropólogo cubano Fernando Ortiz.

Por ello no tengo elementos de juicio que contraponer a un grave acusatorio del periodista cubano Andrés Reynaldo, quien en una agria requisitoria define a la Iglesia cubana posrevolución como “una Iglesia que estuvo a punto de ser mártir y acabó por ser una amordazada sobreviviente…”, subordinada a “una corriente dominante de nuestra Iglesia que, en aras de promover el diálogo con el verdugo, a veces opta por no escuchar a la víctima”. (Miami Herald, 18 de enero de 2014). Del arzobispo Manuel de Céspedes, descendiente homónimo del héroe cubano y recientemente fallecido, se ve en la obligación de escribir que “se le podía ver en los cócteles oficiales pero nunca se le vio tratando de proteger con la dignidad de la cruz a los opositores pateados por la seguridad del Estado en el mismo umbral de los templos. En 2008, publicó en el diario oficial Granma una apología a Ernesto Che Guevara. La primera vez en medio siglo que la opinión de una importante figura católica accedía al órgano de propaganda personal del dictador. Pudo hablar de la Teología de la Liberación o los curas guerrilleros, para citar temas aprobados por la censura. Pero eligió a Guevara, el despótico comandante que presidía entre chiste y chiste los fusilamientos de la crema y nata de la juventud católica”.

Resulta altamente oportuno reproducir las palabras del director de América TV sobre el resultado de la, por decir lo menos, ambigua, si no complaciente posición de la Iglesia católica cubana frente a Castro y el castrismo: “Para un católico, el castrismo propone una desgarrada lectura teológica. Por encima de la coyuntura política, Fidel Castro introduce el mal radical en nuestra historia. Una descomunal obra en negro que rebasa quizás nuestra posibilidad de recuperación. La dictadura aniquiló la esperanza del cubano en sí mismo y corrompió sus señas de identidad con la fuerza regresiva propia de un deliberado proyecto de exterminio material y espiritual. De todas las instituciones cubanas, ante semejante amenaza, la Iglesia estaba llamada a ser piedra de resistencia, manantial de creadora verdad, ejemplo de sacrificio. De Céspedes, Ortega y otros muchos hicieron lo que pudieron para apartarla de ese camino. Algún día sabremos por qué”. Para comprender la dimensión de esta acerva requisitoria valga señalar que Céspedes y Ortega han sido las figuras señeras de la jerarquía católica cubana en estos años de devastación y miseria.

 

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Es sobre el telón de fondo de este gravísimo precedente de la Iglesia católica cubana frente a la tiranía, impuesta aviesa y criminalmente por un alumno del colegio jesuita de Belén y, por lo mismo, formado bajo los claros y determinantes preceptos de la Iglesia, mientras en nuestro país ha logrado apoderarse de nuestras instituciones, incluso de las fuerzas armadas, que leo con profunda satisfacción el comunicado de la Conferencia Episcopal Venezolana del 10 de enero del año en curso. Supone un claro y definitorio deslinde de la Iglesia católica frente a los intentos asimismo aviesos y criminales, por encontrarse absolutamente reñidos con nuestra Constitución nacional, por imponer desde un gobierno subordinado a los propósitos de la tiranía castrista sus mismos lineamientos estratégicos: el socialismo marxista. Nuestros prelados lo señalan de manera diáfana, categórica y sin ambages: “Es importante destacar que la palabra ‘socialismo’ es ambigua: abarca temas y corrientes muy diferentes y no solo hace referencia a laudables misiones o iniciativas de tipo social y económico, favorables a los más necesitados. En lenguaje político concreto, designa también un sistema sociopolítico y económico de gobierno, estatista, totalitario, radical y excluyente, de corte marxista-comunista, que descarta cualquier otra alternativa sociopolítica e ideológica e impone un pensamiento y un partido únicos. Este sistema ha fracasado en todos los países donde se ha aplicado. Si esta es la concepción que el gobierno nacional tiene de socialismo, advertimos con profunda preocupación que este segundo objetivo está al margen de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, la cual establece en su artículo 2: ‘El Estado democrático y social de derecho y justicia, que propugna como valores superiores… la vida, la libertad, la justicia, la igualdad… la ética y el pluralismo político”.

Con incisiva y fecunda inspiración, la declaración de la CEV incursiona en todos los temas que afectan profunda, existencialmente a la feligresía, a los venezolanos y, en general, a todos cuantos comparten la misma nación, el mismo territorio, un mismo destino. Los asuntos de índole político, económico y social que afligen a quienes vivimos bajo un mismo cielo: la inseguridad, en primer lugar, que ha convertido nuestra patria en un campo de exterminio brutal e inclemente, del que nadie, absolutamente nadie, puede sentirse a salvo; las dificultades por hacer frente a la propia supervivencia en una economía en la que todo escasea y en la que la obtención de los alimentos fundamentales demanda tiempo y esfuerzos que atentan contra la vida misma; la cruenta discriminación y lo que nos afecta en lo más profundo de nuestra venezolanidad: la pérdida de nuestra soberanía, máximo orgullo de la nacionalidad. En fin: la pesadilla en la que se ha convertido la convivencia en un país que se hiciera famoso por su templanza, su solidaridad, su respaldo a los náufragos de todas las latitudes.

 

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Se trata de un documento del más hondo significado y de la mayor proyección espiritual, social y política ante el futuro inmediato, que se anuncia preñado de graves conflictos, contratiempos y adversidades. Todos los antecedentes que hemos venido recabando de especialistas y técnicos en materia económica y de infraestructura de nuestros servicios básicos, particularmente el de la electricidad, pronostican lo que en otro lugar hemos denominado “la tormenta perfecta”. La práctica extinción de nuestras divisas llevará al descalabro de lo que se ha venido en llamar “economía de puertos”. La falta de materias primas alimentarias ya golpea al consumidor con la falta de pan, de leche, de huevos, de aceite, de mantequilla y todos los derivados lácteos. Insumos industriales han desaparecido del mercado. El país se despeña hacia un abismo de impredecibles consecuencias. Mientras los responsables por evitarlo, aceleran sus empeños en provocar la explosión social que conduzca inexorablemente a una salida de fuerza.

Una lectura que sitúe este trascendental documento en el contexto de nuestra historia no puede menos que establecer un parangón con un documento de similar importancia y efectos definitorios sobre el destino de nuestra sociedad, leído en todos los púlpitos de nuestras Iglesias el 1° de mayo de 1957. Nos referimos a la histórica Carta Pastoral de monseñor Rafael Arias Blanco, arzobispo de Caracas, que respecto de sus fundamentos ideológicos, junto con reclamar el más que legítimo derecho que le asiste a la Iglesia de intervenir en los asuntos que afectan social, económica y, en lo fundamental, políticamente a la ciudadanía señala: “Entre el socialismo materialista y ególatra, que considera al individuo como una mera pieza en la gran maquinaria del Estado, y el materializado capitalismo liberal, que no ve en el obrero sino un instrumento de producción, una máquina valiosa productora de nuevas máquinas en su prole, está la doctrina eterna del evangelio, que considera a cada uno de nosotros sin distinción de clases ni de razas como persona humana, como hijos de Dios, como base y fuente de los derechos humanos. Frutos amargos del primero ha cosechado con lágrimas la humanidad en los países que han caído víctimas de la revolución marxista y los hombres no podrán borrar de su memoria el reciente martirio de Hungría y la tragedia que están viviendo los pueblos encerrados tras el telón de acero”.

No se requiere ser teólogo ni historiador para comprobar la inmensa actualidad del mensaje de monseñor Arias Blanco, refrendada por la extraordinaria declaración de nuestra CEV. Se insiste en ellos en la doble obligación de la Iglesia: impedir a todo trance la entronización de un régimen marxista –castrocomunista– y salvaguardar los derechos inalienables que en materia de respeto a la dignidad humana le cabe a los hijos de Dios. En los planos económico, político, laboral y social.

La Carta Pastoral de monseñor Arias Blanco sentó un precedente que con el correr de los meses se convirtió en el fundamento espiritual de la rebelión popular del 23 de enero, acompañada por el despertar democrático, patriótico y nacionalista de nuestras fuerzas armadas. Sería de una gravedad y de una torpeza inexcusables que la dirigencia opositora no atendiera ambos llamados, lejanos en el tiempo pero cercanos por la urgente gravedad de las circunstancias, y en lugar de asumir con coraje y alto sentido de responsabilidad histórica la acción conducente a zafarnos del sometimiento a un régimen violatorio de nuestras más profundas tradiciones, insistiera en bajar la cerviz y colaborar directa o indirectamente con la sevicia de un régimen reñido con nuestras más profundas convicciones. La Iglesia Católica venezolana ha emitido su palabra. Falta la nuestra.

@sangarccs