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Raúl Fuentes

Idioteces y exageraciones

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En una de esas galas benéficas a las que asisten las estrellas porque es bueno para su imagen o porque no tienen nada mejor que hacer, la actriz  Brooke Shields, al referirse a los perjuicios ocasionados por el tabaco, dijo algo así  como que “fumar mata y, si mueres, pierdes una parte muy importante de tu vida”. En otro escenario, Giosue Cozzarelli, aspirante a Miss Panamá 2009, cobró notoriedad cuando sostuvo que “Confucio, además de ser uno de los chinos japoneses más antiguos”, había inventado la confusión. Ambos desatinos forman parte del repertorio de idioteces atribuidas a los famosos que circula por Internet y certifica que para ser una celebridad no se requiere de mucha perspicacia; para dirigir una nación, tampoco. Así, al menos, puede derivarse de lo que salió de la boca de un mandatario norteamericano que, para asentarse en la oficina oval, recurrió a trapacerías similares a las que licenciaron al CNE para proclamar presidente de Venezuela a quien hoy ejerce el cargo aunque él mismo dude de su legitimidad. “Un número bajo de votantes es indicativo de que menos personas están yendo a votar”, fue la perogrullada con la que George Bush trató de justificar su mediocre poder de convocatoria.

Aquí, la bobería emana del infructuoso esfuerzo del oficialismo por ocultar las costuras de su deshilvanada gestión para lo cual podría inventar, por ejemplo, que un súbito brote de gigantismo entre los enanos limita el desarrollo de las artes circenses; o, al revés, que una inesperada epidemia de enanismo afecta la práctica del baloncesto, y la culpa sería, por supuesto, de la oposición, el imperialismo, los medios y los sabios de Sion. De allí que cuando uno examina las frases inventariadas en el referido catálogo de necedades  se percata de que allí deberían figurar, con rango de sobresalientes, los argumentos con que eso que llaman Alto Mando Político-Militar de la Revolución  forja evidencias para desvelar planes enfilados a poner fin al gobierno y a la vida de Nicolás Maduro; planes inverosímiles, pero que llaman la atención por el abuso de una cierta dimensión  hiperbólica que confieren a las falsas conjuras un aire de exagerada suprarrealidad. Y es que la exageración es la esencia del discurso chavista.

Sobrecargado y narcisista, tal discurso gira alrededor de pocas y escuetas ideas orientadas a mantener a la población pendiente de las amenazas que estarían cerniéndose sobre el líder, cuya máxima expresión sería ese muy improbable atentado contra su vida que lo convierte en potencial mártir de la revolución por la cual estaría jugándose la vida y sería su pasaporte a la eternidad. Chávez no murió con las botas puestas ni a manos de enemigos que lo emboscaran; sin embargo, sus hagiógrafos se las han ingeniado para insinuar lo contrario. El asesinato político existe y la historia es pródiga en ejemplos, pero su conversión en cuña de intriga del tipo ahí viene el lobo es una vulgar estratagema propagandística, diseñada por los cubanos, que busca maximizar la significación histórica del supuesto objetivo, en este caso Nicolás Maduro. Sin obra que mostrar ni cualidades que lo  distingan, el heredero necesita de una tabla de salvación que le permita mantenerse a flote mientras se ejercita en la política en los términos de Groucho Marx, es decir, generando conflictos para hacer un diagnóstico equivocado y aplicar recetas inadecuadas en una cadena de desaciertos que ha disparado las alarmas de quienes se creían eran incondicionales aliados –Lula, Correa, Mujica– y suscitado el rechazo de gente a la que el exceso verbal del eterno iluminado de Sabaneta o, en su defecto, el barril sin fondo del tesoro público, logró cautivar y que ahora le dan la espalda, tal como lo ha hecho el insufrible Maradona.

Hay quienes opinan, y tal vez sea políticamente incorrecto sostener esta tesis que no compartimos –y, estamos seguros, es producto de la jodienda y no pasa de ser una humorada de gusto dudoso– que algunas personas están vivas solamente porque el asesinato es ilegal; quienes así piensan son los mismos que alegre o irresponsablemente trinan su descontento en las redes sociales y abonan el huerto de acusaciones que cultivan los cuerpos de seguridad del Estado y los agentes del G-2 que los asesoran. A ellos se debe la sucesión de fantasmales intentos de magnicidio (¿tiranicidio?) que cada tanto son desempolvados para distraer la atención de problemas reales con la convicción de que –como podría haber dicho Salvador Dalí– el mundo jamás se cansará de las exageraciones. Quién sabe si por eso Maduro tacha de asesina a María Corina y Arreaza presiente una inminente “tragedia nacional”. O quién sabe si solo se trata de ruido para acallar la furia del enemigo interno.

 rfuentesx@gmail.com