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Juan Barreto

La Rusia de Boris Yeltsin

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Lo que entró en bancarrota en el pensamiento político socialista ruso del siglo XX fue la identidad entre izquierda iluminada y pueblo-masa (moldeable) sobre la que se fundaba la categoría más poderosa del periodo determinista de los socialismos soviéticos: la vanguardia autodeclarada.

El caso más célebre es el del marxismo economicista, donde la variable “determinante en última instancia” era la economía y, en el caso de la política, la vanguardia como una variable ilustrada que sería capaz de dar el salto cualitativo para combatir la ignorancia del pueblo sujetado. Bajo este esquema, la economía, las fuerzas productivas, eran el factor dinámico, evolutivo, que empujaba a las sociedades hacia adelante. El resto de las esferas, como la política y la ideología (es decir, la superestructura) acompañaban este movimiento determinante en la forma de un reflejo determinado, pero bajo una obligada división de: 1) por encima, la clase política, llamada a generar los cambios; y 2) por debajo, el pueblo.

Todo determinismo supone una realidad duplicada: de un lado, el elemento determinante (la economía), pero también el elemento determinado (la superestructura). Consumada la separación de la realidad en dos esferas, la polémica teoría no se limitará sólo a ver cuál es la variable que “determina” (en última instancia), sino que se adentrará en una discusión sobre cuál es el tipo de relación entre ambas esferas.

Así, al “determinismo económico” le correspondía la subjetividad del científico (el estudioso de la crítica de la economía política) en su laboratorio. El objetivo de estudio se componía de factores colisionantes: las fuerzas productivas y las relaciones de producción. La política debía subordinarse a la crisis inevitable y el papel de la vanguardia consistía en separarse como aliento inspirador revolucionario y como clase ilustrada, llamada a indicar el camino a una fuerza dócil y adolescente, que en este caso representa al pueblo llano, el proletariado común.

Este fatalismo se fue sofisticando en su modalidad de izquierda exquisita a otra vía –menos “vulgar”– para sostener la marcha de la historia hacia el absoluto, y bajo la claridad de los llamados a sostener esa idea-fuerza que va significando el vanguardismo basado en la voluntad jacobina de la élite dirigente. La vanguardia entró en su edad madura bajo la forma de conducción, política y teórica, de la fuerza social proletaria revolucionaria bajo la forma clásica del partido. Y se fortalece a través del discurso de institucionalización de la revolución, que supone un fin, un límite, un lugar definitivo donde la propia revolución termina y comienza a desenvolverse como un aparato de Estado completo o perfecto (estalinismo), donde la mayor suma de felicidad posible se derrama sobre toda la sociedad.

Y esta casta política magnificada como “nueva clase” se erige como la sapiencia “revolucionaria” en funciones. Esta acción vanguardista marcaría la distancia entre el reino de la necesidad y el de la libertad, de la economía a la política y de la dispersión al Estado revolucionario.

Stalin y las distintas revoluciones autodenominadas marxista-científicas devolverían la condición subjetiva al ámbito de la ciencia. Cuando esta objetividad estructural fue cuestionada y el vanguardismo fue asediado, se dio el salto al vacío hacia la imposibilidad de pensar la historia y desarrollar revoluciones. Se vino abajo el modelo y todo el socialismo real se fue derrumbando, con el Muro de Berlín, la Perestroika y la Rusia de Boris Yeltsin.

Pero ya no se trata de la incertidumbre de la modernidad, que convivía con una fe ciega en el determinismo, y que se decía: “Todo está determinado, pero aún no conocemos todas las determinaciones”, sino sobre la composición de un pueblo soberano, pensado como multitud, capaz de sobrepasar los límites impuestos bajo la amenaza de un vanguardismo errático.