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Víctor Rodríguez Cedeño

No a la incitación al odio y la violencia

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La incitación al odio y a la violencia ha estado siempre detrás de las grandes crisis humanitarias y de los genocidios y guerras atroces que han atormentado a la humanidad y que han dejado millones de muertos y desplazados en el mundo. En 1991, la cruel guerra de los Balcanes y luego, en 1994, la de Ruanda, cuando hombres, mujeres y niños murieron asesinados por el “delito” de pertenecer a un grupo étnico o profesar una ideología distinta de la del régimen en el poder, fueron conflictos que sacudieron de nuevo la consciencia del hombre y ante los cuales, dejando de lado los intereses individuales, la comunidad internacional decidió crear los tribunales peales internacionales ad hoc para conocer los horrendos crímenes que se cometieron entonces.

El tribunal de Ruanda investigó los crímenes internacionales y, entre ellos, la incitación al odio y a la violencia, representativos de un crimen contra la humanidad; y proceso y castigo a los responsables que desde emisoras radiales difundían sus mensajes de odio. Hoy la Corte Penal Internacional examina varias situaciones, Kenia y Cote d’Ivoire. Se acusa, entre otros, al presidente Uhuru Kenyatta y al periodista Joshua Sang, por crímenes contra la humanidad por incitar a la violencia que se desató después de las elecciones de 2007 en Kenya, cuando murieron más de 1.00 personas y 600.000 se vieron forzadas a desplazarse. El mismo Tribunal de La Haya conoce también hoy la posible responsabilidad penal internacional del ex presidente Gbagbo, por la ejecución de crímenes contra la humanidad cometidos después de las elecciones en Cote d’Ivoire, entre diciembre de 2010 y abril de 2011.

La política de incitación al odio y la violencia no es extraña en nuestros tiempos. Por primera en Venezuela, desde el poder, se recurre a esta aberrante y peligrosa política. Las declaraciones de funcionarios de alto rango en Venezuela que llaman al odio y a la violencia son realmente preocupantes. Afiches, acusaciones, amenazas y llamado al pueblo para que “reconozcan” a sus enemigos, personalizados en la “trilogía del mal”, como llama Maduro a María Corina, a Capriles y a López. Falta solo agregar, como en el lejano oeste, el monto de la recompensa por su captura.

En la misma línea de acción, el régimen criminaliza la protesta y realiza “contraprotestas” absurdas para callar a quienes exigen sus derechos. Los “revolucionarios” desconocen deliberadamente que el derecho a la protesta es un derecho humano, no solo vinculado al derecho a la libre expresión, al de asociación y al de reunión, sino un derecho autónomo que todos podemos ejercer en forma pacífica cuando sintamos que nuestros derechos están siendo vulnerados. Eso es democracia, la que los herederos del “eterno” no han llegado a entender como forma de vida. Los llamados y amenazas de Cabello, Jaua y Jorge Rodríguez, entre otros, para “detener” y “encontrar” a los que reclamaban pacíficamente sus derechos son absolutamente condenables, un llamado a la violencia y al odio absolutamente innecesario e improductivo.

No es el momento de seguir fomentando el odio, expresado hoy en los ataques a los opositores, en la impunidad reinante, en el amedrentamiento, en la criminalización de la protesta, en la protección por el Estado de grupos colectivos y paramilitares y de motorizados que han alterado la paz ciudadana. El país está en crisis y los oficialistas no lo quieren reconocer. Una propaganda que hoy nos agota se muestra inútil ante el desastre que tendremos que afrontar algún día todos, en forma solidaria.

El poder hace arrogante al político ignorante, como lo muestra la historia; y ello me hace recordar una misión que realicé en nombre del Comité Ejecutivo de ACNUR, que presidía en el momento, al África occidental. Sostuve entonces reuniones con dirigentes africanos, entre ellos el dictador de Liberia Charles Taylor, para expresarle nuestra preocupación por la situación de los centenares de miles de refugiados que huían de la violencia provocada precisamente por la incitación al odio y la violencia como política oficial, en esa región. Aquel hombre poderoso, rodeado de misterios y guardias se imponía; hoy, disminuido, en traje anaranjado, vive tras las rejas en La Haya y para el resto de su vida. Un arrogante empobrecido que solo dejó tras de sí muerte, sufrimientos, desolación pero, sobre todo, un pueblo traumado por una cruel guerra que no se olvidará por mucho tiempo.