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Diómedes Cordero

MONTAJE: Escribir Miranda

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Hayden White en “La estructura de la narrativa histórica (1972), que forma parte de su libro: La ficción de la narrativa. Ensayos sobre historia, literatura y teoría (1957-2007), señala que: “Usado con propiedad, el término «narrativa» denota una versión de algo conocido o cognoscible, o que fue conocido alguna vez y luego olvidado y por lo tanto puede ser traído nuevamente a la memoria a través de los medios de expresión apropiados. Presupone un «conocedor», que refiere o informa lo que conoce, y es este presupuesto de un ‘conocedor’ presente en el discurso la verdadera base de la distinción entre las estructuras narrativas y las no narrativas”. Inés Quintero, historiadora, ensayista e investigadora, procede, opera, como el ‘conocedor’ de White, en El hijo de la panadera (Caracas: Editorial Alfa, 2014), al escribir de nuevo la biografía de Francisco de Miranda, que había escrito, en una primera versión, para la Biblioteca Biográfica de Venezuela, dirigida por Simón Alberto Consalvi y  por  la Editora El Nacional y la Fundación Bancaribe, como lo narra en “Prólogo a la segunda edición”: “Así que, poco a poco, resultado de este intercambio, de compartir pareceres, diferencias y lecturas [con ‘mi esposo Rogelio Altez’], fui aproximándome a la idea de volver sobre lo escrito, de acercarme otra vez a la biografía de Miranda para hacer una edición más amplia que me permitiese profundizar algunos aspectos que no pude desarrollar en la versión original. Me animaba la idea de hacer nuevas indagaciones, realizar otras pesquisas, conseguir alguna novedad. Y, sobre todo, quería disfrutar nuevamente al revisión del fascinante y abrumador archivo de Miranda con la ilusión de hacer una lectura más sosegada, más tranquila, que fuese más allá de la política, de sus proyectos, ideas, ambiciones, documentos y proclamas; con la mirada y la atención puestas también en los detalles de su vida cotidiana, pendiente de sus placeres, sus gustos sentimientos, afectos, dolencias y caprichos; buscando un contacto más personal, más humano, más cercano, como si lo tuviese enfrente”. Quintero comprende, como lo indica White, “que una narrativa es una forma literaria en la cual la voz del narrador se eleva sobre un trasfondo de ignorancia, incomprensión u olvido, para llamar deliberadamente nuestra atención a un segmento de la experiencia organizado de un modo particular”: comienza  la biografía de Miranda con el capítulo homónimo “El hijo de la panadera”, relacionando los acontecimientos del abandono de Venezuela de Miranda y el incidente de su padre con los criollos principales de Caracas: “El 25 de enero de 1777, Francisco de Miranda abandona Venezuela y se embarca en la fragata Prince Frederich de bandera sueca con destino a España. Dos meses más tarde, el 28 de marzo cumplirá 21 años. No parece coincidencia que la decisión de Miranda de marcharse a Europa ocurriera poco tiempo después del incómodo y escandaloso incidente promovido por los criollos principales de la capital contra  Sebastián Miranda, su padre, en abril de 1769. […] El 16 de abril de aquel año, el gobernador y capitán general José Solano y Bote había convocado a una ceremonia a fin de instalar las compañías de milicias de la ciudad, organizar sus respectivos batallones y designar sus oficiales. Al día siguiente en casa de Juan Nicolás Ponte, nombrado comandante del batallón de blancos en la ceremonia del día 16, se reunieron la mayoría de los oficiales que habían recibido nombramientos aquel día y acordaron dirigir un memorial al capitán general para expresarle que, si bien no tenían la intención de excusarse de cumplir con el real servicio, no estaban dispuestos a aceptar los empleos otorgados si no se excluía a Sebastián Miranda como oficial del batallón de blancos. La negativa obedecía a que todos ellos pertenecían a las primeras esferas de la ciudad y eran descendientes de sus más ilustres pobladores; en consecuencia no podían alternar con un individuo de inferior calidad, que notoriamente ejercía el oficio de mercader y que, como tal, estaba casado con una panadera. Desatenderían las circunstancias y méritos de sujetos de su clase y constituiría un agravio evidente de la calidad de sus familias si convenían en admitir a un sujeto de baja condición, y de quien se decía era mulato, para que compartiese junto a ellos la distinción de oficial en el batallón de blancos de la ciudad. La representación estaba firmada por Juan Nicolás de Ponte y Mijares, Francisco Felipe Mijares de Solórzano, márques de éMijares; Martín Tovar y Blanco, Francisco Palacios y Sojo, José Galindo Y Gabriel Bolívar y Arias, todos ellos connotados mantuanos caraqueños”. Quintero coloca en el inicio de la biografía de Miranda, esta especie de motivo, de célula relacional radiactiva, que irradiará con sus efectos el sentido de la trama del relato biográfico de Miranda, que como dice White, “brinda una clase de explicación, la clase de explicación en la que Louis Mink puede estar pensando cuando habla de los historiadores que ofrecen una ‘comprensión’ de los acontecimientos en sus relatos cuando los ‘configuran”, y que dotará de una especie de gramática  a la biografía de Miranda, mediante el ordenamiento provisional de los acontecimientos históricos en su conjunto, en correspondencia con su diario: “En ese mismo instante comienza a escribir el diario de su nueva vida: ‘1771. Enero día 25 al 26 de 1771. A las doce del día nos hicimos a la vela en compañía del Paquebot también sueco”

Entre 1771, cuando desembarca en Cádiz,  y 1810, cuando desembarca en La Guaira, Miranda, “el ’hijo de la panadera’, que había salido de su ciudad natal para labrarse un destino diferente, lejos de las tensiones y rencillas domésticas, regresaba cuatro décadas más tarde convertido en un hombre totalmente diferente, con una experiencia militar y política impresionante, con relaciones y contactos con las más altas esferas de los gobiernos de Estados Unidos y de Inglaterra, fundamentales para el momento en el cual se encontraban la provincia de Venezuela y el resto de las  provincias hispanoamericanas. Sus lecturas, el dominio de varios idiomas, todo lo que había pensado, escrito y reflexionado durante sus viajes y contactos con filósofos, escritores, políticos, sobre la independencia y el futuro del continente colombiano, sus ambiciones, expectativas e ilusiones formaban parte de ese momento absolutamente especial de su vida”. Quintero, después de haber revisado, a la manera de un ‘narrador’ que al mismo tiempo que narra la historia devela su construcción, diversas opiniones, juicios e interpretaciones de la capitulación de Miranda ante Monteverde y la entrega de Miranda por Bolívar, sigue “pensando que la entrega de Miranda en el año 1812 constituye el desenlace trágico de una historia que comenzó mucho antes, en 1976, cuando su padre fue rechazado por los criollos de Caracas, y que concluye cuarenta y dos años después, en un contexto y una realidad absolutamente diferentes, con la captura y entrega del «hijo de la panadera» por los descendientes de aquellos mantuanos que en 1769 eran fieles seguidores de la monarquía y que en 1810 constituían la punta de lanza contra el despotismo español”.

El talento para la narrativa que distingue a los grandes historiadores del pasado y del presente: la “imaginación constructiva” de Collingwood, que en El hijo de la panadera reside en la forma como Quintero relaciona los acontecimientos que constituyen su línea narrativa centrada en el  “incómodo y escandaloso incidente” sufrido por el padre de Miranda, a diferencia de las novelas, no como productos de su imaginación de historiadora, sino confirmados por pruebas, de las que se supone deriva la verosimilitud contenida explícitamente en los documentos. Escribir Miranda para Inés Quintero, “su inverosímil, accidentada y apasionante biografía”, releyendo “con deleite el minucioso y detallado diario de Miranda en su largo periplo por los lugares más recónditos del planeta”, configura para el lector de El hijo de la panadera una trama en la que la escritura (la sintaxis) relaciona los acontecimientos de la vida de Miranda “de una manera muy semejante a los criptogramas racionales en las representaciones visuales para que exista la certeza de que las imágenes  van a ser ‘leídas’ representando un conjunto de relaciones  y no otro”, como apunta White basado “en los estudios de  E. H. Gombrich” sobre la representación realista en el arte.