• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Eduardo Mayobre

Humpty Dumpty

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Humpty Dumpty es un personaje de la tradición inglesa, representado por un huevo animado y particularmente conocido por la siguiente rima infantil: Humpty Dumpty sat on a wall,/ Humpty Dumpty had a great fall./ All the king’s horses and all the king’s men/ couldn’t put Humpty Dumpty together again.

La cual Wikipedia traduce así: []“Humpty Dumpty se sentó en un muro,/ Humpty Dumpty tuvo una gran caída./ Ni todos los caballos ni todos los hombres del rey/ pudieron a Humpty Dumpty recomponer”.

También es famoso por su participación en Alicia en el país de las maravillas, donde dialoga con la protagonista. Lo cierto es que es un huevo que se cae, se rompe y no se puede reconstruir.

Lo recordé porque algo parecido sucede con las dos mitades en que se ha dividido o se ha pretendido dividir a Venezuela. Mientras una parte evoca con nostalgia una época democrática que tuvo sus virtudes y carencias, pero a la que es imposible volver debido a la aparición de nuevos actores en la vida política nacional, la otra trata de aferrarse a lo queda de un impulso revolucionario anárquico que pretendía basarse en la simbiosis líder-ejército-pueblo pero ha perdido a su pilar fundamental, el líder (a menos que de repente éste retorne con plenas facultades). En ambos casos se trata de proyectos sin destino, desarraigados de una realidad que ha cambiado tanto para los unos como para los otros.

Ni el régimen que construyó la democracia, industrializó el país, lo sacó del analfabetismo y la malaria y le dio cuatro décadas de libertad y progreso se puede reconstruir retrospectivamente; ni la protesta antipartido, el socialismo a lo Fidel, el odio frente a otros sectores de la población y la movilización permanente de los militantes se pueden mantener o recomponer indefinidamente, con o sin la ausencia del líder. Como en el caso de Humpty Dumpty, ya cayeron de la pared y esos sueños se han roto.

Si cada parte insiste en prevalecer sin condiciones, les espera el fracaso y, lo que es peor, llevarán a Venezuela a una confrontación de consecuencias imprevisibles, pero ciertamente desastrosas. En el caso de triunfar quienes aspiran a volver a la democracia a través de la violencia, fuera de que negarían los valores que pretenden defender, tendrían que vérselas con un pueblo hostil, que se acostumbró a ser cortejado. No podrían reconstruir la democracia de base popular que predominó en la segunda mitad del siglo XX.

Los supuestos revolucionarios, por su parte, se verían condenados a ser un nuevo peronismo sin Perón (tal como muchos pronostican) con sus Cámporas, Isabelitas, Menems y Kirchners, basculando entre improvisaciones y luchas intestinas en la búsqueda de una ideología que no tienen o provocando golpes militares. Y si regresa el líder, se verían condenados a seguir siendo los personajes sumisos sin voluntad propia que ya han sido, aun en su ausencia.

A ambos les pasaría lo que Barbara Tuchman cuenta en su libro La marcha de la tontería: “Carlos X, el último Borbón francés en reinar, hermano de Luis XVI y de su breve sucesor Luis XVIII, mostró un tipo de tontería recurrente que como mejor puede describirse es como la de tipo Humpty Dumpty: esto es, el esfuerzo de reinstalar una estructura caída y destruida, dando vuelta a la historia”.

Si, por otra parte, se mantiene la confrontación, además de horrores que ni siquiera me atrevo a mencionar, se aplicarían a nuestro país los conocidos versos de Antonio Machado: “Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios./ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”.

Profecía que lamentablemente tuvo vigencia durante muchas décadas, luego de una guerra civil destructora y fratricida.

Sólo fue mucho después cuando empezó a hacerse realidad otra estrofa del poeta: “Ya hay un español que quiere/ vivir y a vivir empieza,/ entre una España que muere/ y otra España que bosteza”.

Por lo que si queremos ahorrarnos las atrocidades, la decadencia y los odios que provocaron la Guerra Civil española y la muy larga dictadura fascista del general Francisco Franco, resulta necesario olvidarse de períodos históricos ya terminados o que están acabándose y aspirar a la reconciliación de los que vivimos en esta tierra. Tal como se hizo el 23 de enero de 1958. Lo que no quiere decir abstenerse de tomar partido. Yo, sin ir más lejos, me inclino decididamente por la alternativa democrática y la justicia social. Pero hay que hacerlo con realismo, mirando al porvenir con esperanza, sin provocar el odio, y sin tratar de recomponer los pedazos de los huevos ya rotos.