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Fernando Rodríguez

Humillar

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Si alguna actitud define al chavismo es la voluntad de humillar, entendiendo por tal el deseo explícito, reiterado y obsceno de atentar verbalmente contra la dignidad de los adversarios, en varias ocasiones la mayoría de los venezolanos, rotundamente después del 6-D.

Nada que ver con los naturales encontronazos de toda vida política democrática. Tampoco, me atrevería a decir, con las macizas técnicas represivas de las dictaduras bananeras que prefieren el silencio y las sombras. Gómez y Pérez Jiménez, para no ir muy lejos, torturaban y mataban sin recato pero preferían ignorar el verbo, se les recuerda taimados y herméticos. De manera que las toneladas de ofensas que hemos acumulado estos nefastos años parecieran provenir de otra parte que de la tradición gorila vernácula. Yo  diría, en cuanto a la cantidad, que es una característica necesaria del populismo en la medida que tiene que vender sus pastiches ideológicos al “pueblo”. Y se repotencia, ya que esa venta es una estafa que no cumple nunca lo prometido. Hay que volverlo a prometer y prometer, hasta que el pueblo los patee hastiado de oírlos. En el caso de los “izquierdismos” la cosa se agrava porque se prometen nada menos que mares de felicidad o las mayores cantidades de esta y se reparte, por el contrario, basura moral y carencias de todo tipo. Palabras y no hechos.

Pero tan fraudulento negocio se completa con la necesidad de mentir mucho, y en cualquier ámbito, y tener a mano enemigos a los que hay humillar porque son siempre culpables de los desastres causados en la supuesta guerra (lucha de clases/ contradicciones antagónicas) que se está librando. De ahí la violencia y la necesidad de injuriar, sustitución simbólica y patológica de la contienda a muerte.

Las cadenas radioeléctricas han sido, entre nosotros, un ejemplo impar de esto. Baste recordar cómo Chávez aguardaba unos minutos para ordenarla, omnipoderoso, frente al público y como este rugía sádicamente pensando en las víctimas. Y luego las copiosas cantidades de injurias repartidas en horas.  Son parte de una herida abierta en la conciencia nacional y de la cual sentimos ira, abominación y culpa. Cuesta olvidar la humillación, por colectiva y enajenada que sea.

Es posible que la predisposición mediática, la incultura, el violentismo y el narcisismo verborreico de Chávez tengan lo suyo en la dimensión hiperbólica del fenómeno nacional. Pero está en todos lados y siempre. El ministro del Interior acaba de decir, sin asomo de pruebas, que un asesino en serie atrapado está vinculado a la derecha. O Maduro llama ladrón y bandido a un empresario altamente apreciado por casi todos los venezolanos, también sin argumento alguno.

¿Con qué derecho, se puede preguntar ahora cuando más que nunca las palabras de poder son solo gritos histéricos? ¿Hasta cuándo también?