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Milagros Socorro

Humillación y cansancio

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En febrero de 2004 ya mi padre tenía un diagnóstico preocupante. Linfoma No-Hodgking. Sin embargo, tanto él como mi madre habían firmado en Maracaibo para convocar el Referéndum Revocatorio Presidencial.

Ese mes muchas firmas fueron invalidadas porque, según aseguró el entonces

diputado por MVR, Luis Tascón, las actas estaban llenas de “firmas planas”. Aludía a las planas que hacen los escolares, esa insistencia en una misma oración que se reitera sin introducir cambios. Según Tascón, la oposición había perpetrado “un fraude masivo a la nación” fotocopiando planillas en vez de recolectar auténticas firmas que reflejaran la voluntad del electorado.

Tras una apelación al TSJ, la Corte estableció la validez de 800 mil firmas (300 mil más de las necesarias para llamar al referéndum), pero una semana después el mismo tribunal se desdijo. No sería este el último retraso. Con diversas excusas, el referéndum se seguiría posponiendo. En mayo de 2004, muchos firmantes cuyas rúbricas estaban cuestionadas, concurrimos a lo que el CNE llamó “reparo”. Volvimos a firmar, conscientes, desde luego, de que ya lo habíamos hecho y que nadie había firmado por nosotros.

Mi esposo y yo fuimos al Reafirmazo en Caracas. Pero mis padres, cuyas firmas también fueron invalidadas de manera arbitraria, no pudieron repetirlas porque ya habían dejado su ciudad. Mi padre había venido a Caracas a vivir sus últimos días.

No me importó demasiado regresar al centro de votación para contribuir con una firma al sagrado deber de desalojar al nefasto gobernante por una ruta constitucional. Pero que la hermosa letra de mi padre fuera descartada como “plana” por gentes de aquella calaña, que jugaran con mis padres, tratándolos de estafadores, me resultaba de una violencia intolerable.

El 12 de noviembre de 2004, durante el célebre Taller de Alto Nivel, en Fuerte Tiuna, Chávez confesaría que “una encuestadora internacional” había confirmado, “a mitad del 2003”, que si el referéndum hubiera sido en ese momento, lo hubiera perdido. Fue entonces cuando crearon las misiones, empezando por la Misión Identidad. Y dijo Chávez: “Si no hubiéramos hecho la cedulación, ¡ay Dios mío! Yo creo que hasta el referéndum revocatorio lo hubiéramos perdido. Empecé a pedirle apoyo a Fidel y me dijo: ‘Si algo sé yo es de eso, cuenta con todo mi apoyo’”.

Era evidente, pues, que todos aquellas demoras habían sido un ardid para evitar que se cumpliera el vaticinio. En el camino, mi padre murió, en agosto de 2004, unos días después del referéndum, que ya, con tantas trampas y dilaciones, no era más que un simulacro.

En aquella alocución en Fuerte Tiuna, Chávez anunció que había dispuesto “la continuación de la ofensiva, para impedir que se reorganicen [los opositores], hablando en términos militares, y si se reorganizaran: para atacarlos y hostigarlos sin descanso”.

Ya se había instaurado en Venezuela la era de la humillación sistemática a los opositores. El régimen de los insultos diarios, las amenazas, las confiscaciones; la obscena corrupción y el dispendio de los recursos de Venezuela en regalos a países de economías fracasadas; la conformación de grupos paramilitares al servicio del Estado, que les garantiza impunidad y promoción como “operadores ideológicos”, al tiempo que son usados como fuerzas de choque contra la disidencia; el secuestro de los poderes, del CNE, la Fiscalía, la Defensoría del Pueblo, la Contraloría; los ataques a las universidades, a la iglesia, a los partidos políticos, a los gremios no controlados por el régimen; el escarnio público de figuras de la oposición, a través de los medios de comunicación del Estado; Tibisay Lucena celebrando el 4 de febrero; Juan Carlos Loyo burlándose de un agonizante Franklin Brito; militares coreando consignas partidistas; cubanos en los centros neurálgicos de las decisiones; diputados de oposición golpeados en el hemiciclo; paramilitares y guerrilleros colombianos campeando por las fronteras, matando, secuestrando, extorsionando… Ha sido demasiado. Y estamos cansados.

Es posible que los estudiantes hayan salido a protestar con esa preocupante valentía, porque han visto cómo detienen, torturan y matan a sus compañeros. Porque están hartos de que sus centros de estudios sean arenas del hampa. Porque no ven futuro en su propio país, donde no hay buenos empleos ni oportunidades de desarrollo. Porque no quieren que la vida se les vaya en una cola para comprar comida o para recibir dádivas de un régimen autoritario.

Pero es muy probable que haya otra motivación profunda: han visto demasiadas humillaciones a sus padres, sus maestros, sus mayores. Un espectáculo de espantosa contemplación. Que no quieren para ellos. No quieren para nadie. No quieren para Venezuela.

Y están demasiado cansados ya de verlo.