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Francisco Cajiao

Humanodeficiencia

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La conquista de lo humano ha requerido por lo menos 60.000 años de evolución, partiendo de los primeros homínidos, que deambulaban en pequeñas bandas en las planicies de África. Esos que hoy llamamos genéricamente los hombres de las cavernas iniciaron el lento camino que fue diferenciando esta especie biológica de las demás que habitaban el planeta. Aprendieron a caminar erguidos, a fabricar instrumentos, a comunicar significados a través de complejos sistemas de signos y a organizarse para convivir y asegurar su supervivencia.

Así se inició lo que llamamos la historia de la humanidad, jalonada desde tiempos muy remotos por la lucidez de unos cuantos capaces de sobreponerse a sus instintos primitivos y marcar el rumbo hacia una comunidad con leyes, capaz de contener a todos sus miembros en paz. Pero siempre, desde el origen de esta historia, quienes han incursionado en la construcción de lo humano a través del arte, la filosofía, el conocimiento y la espiritualidad, procurando educar a sus congéneres en los más altos valores, se han tropezado con aquellos que a pesar de todo padecen de un enorme déficit de humanidad.

Los multitudinarios desplazamientos forzados de población en el Mediterráneo o en la frontera entre Colombia y Venezuela, que hoy aterran al mundo, así como las guerras de aniquilamiento que se vivieron en el siglo XX, o como nuestro larguísimo conflicto armado interno, son originados, sin la menor duda, en una enorme carencia de humanidad. La barbarie más primitiva, envuelta en ampulosos discursos políticos o religiosos, siempre marcados por el fanatismo, se convierte en el virus inicial que contamina de odio a multitudes, a pueblos, a naciones para encaminarlas como zombis a perder su condición humana.

Es difícil comprender cómo pueblos educados, con una cultura fuerte, capaces de grandes desarrollos científicos, dueños de una tradición humanística, pueden caer en manos de caudillos mesiánicos cuya inteligencia está orientada a satisfacer de la manera más sofisticada sus más bajos instintos de poder físico: como los babuinos, como los gorilas, pero con ejércitos, guardias nacionales, gestapos, paramilitares o milicias populares armadas hasta los dientes y cobardes hasta la médula. Sí, cobardes porque sus grandes expresiones de poder se orientan contra los más débiles e indefensos: campesinos, mujeres, niños, ancianos, desempleados incapaces de defenderse.

A los débiles es fácil empujarlos al mar, arrinconarlos en las fronteras o sacarlos de sus campos de labranza para apropiarse de sus tierras. Basta que uno de estos enfermos de humanidad logre con sus persistentes y prolongados discursos incendiarios contaminar a las masas de su deficiencia transformada en odio para que unos cuantos asesinatos, algunas casas destruidas, unas decenas de familias fracturadas o un par de masacres fríamente ejecutadas parezcan completamente justificadas.

Si bien la historia de la humanidad, es decir, de lo verdaderamente humano, está llena de ejemplos que invitan a trascender fronteras cada vez más elevadas en el camino de la solidaridad, la hermandad entre los pueblos, el cuidado del planeta y la compasión verdadera que nos dignifica como personas, también es necesario recordar que todas estas ganancias son frágiles ante aquellos que persisten en estimular los más bajos instintos, la intolerancia y los dogmas que le sirven de máscara a su enfermedad de poder.

Una preocupación permanente de las naciones debería ser la educación humana de sus niños y jóvenes: esa que recuerda cada día la historia del horror que ha producido la humanidad para no repetirlo, esa que invita al respeto por las ideas ajenas, esa que fortalece la confianza en la ley y siembra dudas profundas en el discurso de los caudillos.