• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

Humanidad

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Desde hace un tiempo y con una disciplinada contundencia, la obra visual de la artista y cineasta Mariana Rondón ha sembrado su cartografía dentro de la escena plástica venezolana e internacional. No ha sido en ningún caso intempestiva, responde al lapso crítico de una responsabilidad sostenida que esta creadora desarrolla con el entorno.

La producción de Mariana tiene su propia medida, se toma su tiempo con paciencia, experticia y tino. Sale al ruedo a partir de ese esperado instante en que cada detalle esté completamente limpio, cabalgando hacia el afuera cuando la vida expresiva de cada uno de los engranajes ha logrado consumar el sentido que le caracteriza.

Así ha sucedido con instalaciones de largo aliento como Llegaste con la brisa, proyecto de arte y tecnología que entre 2002 y 2011 desplegó su inquietante infraestructura mediante cuatro versiones exhibidas en Francia, México, China, Perú, Chile y en el desaparecido espacio Periférico Caracas Arte Contemporáneo, donde será mostrada con el subtítulo Dos grados de libertad. En esta progresión las imágenes fantasmales de convulsos seres reproducidos en la materia volátil de una gigantesca pompa de jabón, fueron desplazándose en su evolución potencial hasta propiciar eslabones metafóricos que multiplicaron las poéticas más recónditas de la vida y la muerte.

Algo similar ha sucedido con la instalación Superbloque, exhibida bajo la curaduría de María Elena Ramos en la colectiva Contaminados, muestra que albergó la Sala Mendoza en septiembre de 2012. Allí, en ese mosaico infinito y particular de un bloque del 23 de Enero extendido sobre la pared de la sala, pudimos ver al heredero perdido de la modernidad aglutinar las pulsiones privativas de miles de humanidades. Rondón logró penetrar en las texturas del otro, brindando al espectador mediante una delicada combinación de proyecciones y diseño sonoro la posibilidad de escuchar la esencia vital y los desplazamientos físicos de ese universo único, amalgamado por la totalidad avasallante del caos social.

Es esta precisamente la imagen central que ya estaba guiando el desarrollo de su más reciente producción cinematográfica: Pelo malo, que obtuvo, entre otros muchos galardones, la prestigiosa Concha de Oro en el 61º Festival Internacional de Cine de San Sebastián.

Al mirar la película resulta asombroso encontrarse con la evolución narrativa de aquella instalación, una historia que desde la tejedura esencial de la sensibilidad y la pequeña aspiración de un niño es también la fractura de todas las historias encerradas en la intimidad infinita y progresiva de cada balcón, un recordatorio de lo que somos en esencia, de aquello que nos atañe frente al mundo y frente a los otros.

Sin prejuicios, sin extremos panfletarios y con la carga sencilla de una humanidad profunda, Pelo malo nos coloca en un reflejo complejo, nos llena de preguntas ante esa comprensión del otro que hemos tapiado en el barullo voraz de nuestras tramas personales. Nadie es completamente bueno ni malo. En la impecable secuencia visual y sonora de la película la intolerancia se amplifica como el producto de causas y consecuencias que van irradiando heridas insalvables. El poder aúpa la crisis y atiende lo figurado para garantizar su permanencia, mientras tanto en la realidad del día a día la inercia ante la injusticia se levanta y destroza voluntades, actuando desde los oscuros protocolos de la sobrevivencia inmediata.