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Beatriz de Majo

La amistad utilitaria

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Cada día afloran con mayor contundencia las razones esenciales de la amistad estrecha desarrollada entre dos mandatarios que se encuentran en las antípodas de las tesis de manejo del Estado: Hugo Chávez y Juan Manuel Santos. Cada uno tiene una agenda de prioridades políticas internas para las cuales la colaboración activa de su "alter ego" es esencial, aunque para ello les toque pasar por alto actitudes y posiciones del vecino con las que es en extremo difícil conciliar.

El modelo de desarrollo de Colombia de las últimas décadas nos coloca frente a una constante: nos hace percibir un país de libre empresa, apegado a los postulados de la economía de mercado, donde las instituciones son independientes y en el que el empresariado juega un papel protagónico, un país industrioso con un sistema económico abierto a los mercados externos y con importantes acuerdos en vigor con Norteamérica y Europa. Este esquema, esta visión neoliberal y modelo capitalista provoca una intolerante y violenta urticaria al Presidente venezolano cuando atisba que algo similar pudiera ser defendido por el candidato de la oposición venezolana.

Del lado venezolano tenemos un esquema autocrático, militarista, centralizador; una economía exclusivamente petrolera y rentista en la que la iniciativa privada es discriminada y penalizada; un esquema de manejo estatal donde no existe línea divisoria entre los poderes del Estado, todos alineados frente a los designios del Ejecutivo; un país que privilegia discrecionalmente sólo las relaciones externas que mantienen algún nivel de identidad doctrinaria con el socialismo preconizado por la revolución bolivariana y una sintonía ideológica estrecha y ancestral con el izquierdismo radical.

Pero no porque existan tales abismales diferencias ambos países deberían adversarse. Por el contrario: conseguir fórmulas de interacción beneficiosas a los fines que persigue cada uno es lo razonable, y hasta ahora ese es el ambiente que los dos presidentes han querido preservar.

El último movimiento de Juan Manuel Santos ha sido provocar un golpe de timón en la política de pacificación de su país. Para ello, ha recabado la colaboración, en calidad de acompañante del proceso, de quien él considera un aliado clave en el desarrollo de una tarea vital para Colombia: el silencio de las armas terroristas, el triunfo de la institucionalidad sobre el caos y la insurgencia. Si el presidente vecino consiguiera éxito en estas tratativas, Santos tendría garantizada una victoria electoral temprana y con ello Colombia se aseguraría la continuidad de un gobierno liberal, oligárquico y burgués, aliado estrecho del oprobioso imperio americano y del mundo capitalista explotador. Pero tiene razón Juan Manuel Santos: las amistades no tienen que ser sinceras, apenas deben ser utilitarias. Lo malo es cuando uno se equivoca.