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Eduardo Mayobre

Hugo Chávez

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La prestigiosa revista estadounidense Time Magazine acostumbra publicar cada final de año un número especial en el cual revisa los acontecimientos más importantes de los últimos 12 meses. Una de sus secciones llamada Milestones (Hitos) reseña las personas fallecidas durante el año que termina. En la última de estas ediciones extraordinarias, dedica una página a la muerte del líder de la “revolución bolivariana”. La titula simplemente “Hugo Chávez”. Y después de pasearse por las ambiciones e incoherencias de quien “se jactaba de haber dirigido a Venezuela hacia la izquierda” en su párrafo final, con la condescendencia habitual de un obituario, afirma:

 “El mundo necesita recordar las indudables razones del ascenso de Chávez al poder, la mayor de las cuales es el fracaso en crear en América Latina el tipo de instituciones democráticas capaces de cerrar la imperdonable brecha de riqueza que exhibe la región. Esta falla permanece, y por ello también lo hará la memoria de Chávez”.

El comentario, originado en la mejor buena fe de un progresista del imperio, destaca una debilidad evidente de nuestra América Latina: la mala distribución de la riqueza. Pero omite el hecho de que si algún país de la región intentó superarla de manera democrática fue Venezuela, durante la segunda mitad del siglo XX.

Primero, cuando en la mayoría del continente predominaban las dictaduras militares, de la seguridad nacional en el sur y de las repúblicas bananeras en el centro y el norte, Venezuela mantuvo y construyó una democracia formal tan respetuosa de los procedimientos democráticos que aceptó la victoria de quien prometía freír en aceite las cabezas de sus antecesores, también elegidos por el pueblo.

Segundo, mientras muchas de las nuevas democracias nacidas gracias al fracaso de las dictaduras militares y a la complicidad y complacencia de imperios que exigían un nuevo orden internacional, regido por el mercado y el afán de lucro, aumentaban la brecha entre ricos y pobres introduciendo o manteniendo políticas neoliberales, en Venezuela se hizo un esfuerzo por conservar el Estado de bienestar que se había tratado de construir desde 1958. (Fue el último país de la región en firmar un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, entonces dominado por el reaganismo).

De manera que esa imperdonable brecha de riqueza, la cual evidentemente no ha desaparecido ni en nuestra sociedad ni en ningún país de América Latina, no ha sido superada, sino solo invocada por una demagogia que retornó al militarismo y la erosión de la democracia a una sociedad, como la nuestra, que transitaba caminos diferentes a los de un Pinochet o un Videla, a los de un Menem o un Fujimori.

Pero que de estos últimos imitó la voluntad de poder y control unipersonal de la vida política. Demagogia precursora de la reelección presidencial indefinida, instaurada por las vías de hecho en Cuba por Fidel Castro e intentada por Fujimori y Menem, con las variantes maritales y folklóricas de lo mismo en Argentina, Guatemala y Honduras.

Por ello decir que la causa de la llegada de Chávez al poder fue su preocupación por los pobres resulta totalmente inadecuado. Gana las elecciones de 1998, las únicas sobre cuya victoria no hay dudas, gracias a la campaña sobre la antipolítica de la más rancia derecha reaccionaria y a la crisis económica que provocó la baja de los precios del petróleo. Así como a la torpe introducción de políticas neoliberales cuando ellas eran la moda del momento.

Chávez no fue un defensor de los pobres sino de sí mismo. Aquejado por un narcisismo, solo comparable al de Fidel Castro, utilizó las causas de los pobres para mantenerse en el poder. Pero terminó hundiéndolos en la miseria que significa una inflación mayor de 50% y una inocultable escasez de bienes básicos.

Las fallas de las instituciones democráticas, incapaces de cerrar la brecha de riqueza que afecta a la región, a las que se refiere el Time, pueden haber sido la causa de su ascenso, pero fueron también el resultado de su gestión.

Por ello, si algo se mantendrá en la memoria colectiva no será su identificación con los pobres sino su intento de imponer la jerarquía militar. De reeditar la Semana de la Patria del despreciable general Pérez Jiménez.

El llamado comando cívico-militar que ahora nos gobierna resulta solo un remedo del comando unipersonal del fracasado militar que fue Chávez tanto en su carrera como en sus intentos de golpes de Estado ligados al más lamentable pasado de América Latina.

El edulcorado obituario de esa publicación progresista del imperio estadounidense que es el Time es sólo una expresión de la falsa misericordia por los pobres que nos ha hundido, cada vez más, en la pobreza.