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Alberto Soria

Huevos de gallinas no estresadas

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La moda de las etiquetas psicológicas vende. Mucho. Pero también engaña.

Consiste en usar palabras de fácil recordación y no muy precisa definición que, como categorías, trabajen en la mente del consumidor virtudes que van más allá del producto mismo.

Orgánico, biológico o ecológico están en la misma línea de producción diferenciada por la cual, en países estables, el cliente no protesta si le cobran entre 30% y 70% más del precio habitual. La tendencia arrastra su gente en otros países.

La confusión tiene dos vertientes: Se paga más por lo que supuestamente es, sin serlo. Se cree que un producto diferenciado por etiqueta milagrosa es mejor que lo bueno de toda la vida.

 

I

El caso de los huevos de gallinas no estresadas no es fábula sino fraude. Lo acaban de comprobar en Alemania, país donde los controles son serios. En la Baja Sajonia inspecciones sorpresivas descubrieron que más de 150 granjas vendían huevos comunes haciéndolos pasar por “bio”. Las gallinas que los ponían no se criaban al aire libre y sin jaula (como marca la norma sobre productos biológicos), sino que procedían de corrales comunes, con encierro.

Las autoridades alemanas hablan de “estafa a gran escala”, “sin precedentes” en su historia. Los huevos biológicos son entre 30% y 70% más caros que los normales.

La estafa “chapeando” con la etiqueta tiene cola. A finales de 2011 en Suiza descubrieron que parte de los productos ecológicos que recibían desde Italia, no lo eran. Empresas de ese país compraron más de 700.000 toneladas de soja, frutas desecadas y harinas a cómplices en Rumania, les pusieron la etiqueta psicológica y los vendieron en la Unión Europea. Cuando sonó la alarma suiza, el engaño llegaba a 200 millones de euros. Lo orgánico es un gran negocio: en Estados Unidos entre 1997 y 2006 se ha multiplicado por 6, hasta llegar a los 24.400 millones de dólares.

 

II

Hasta hace poco, para obtener los difíciles sellos de autenticidad los productos parecían que necesitaban verse no-perfectos sino irregulares. Ahora que la imagen de pobreza y ausencia de perfección no refugia la etiqueta psicológica, lo “natural” o su apariencia está de moda.

La Universidad de Stanford reveló que 240 estudios analizados no demostraron diferencias nutricionales importantes favorables a la etiqueta ecológica. Pero el consumidor, entretenido en perseguir las gallinas no estresadas, ni se enteró.