• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Juan Esteban Constaín

Huellas de fantasmas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hay una corriente de la historia que es casi un juego y un desvarío: un ejercicio especulativo que consiste en pensar cualquier hecho real y ocurrido –digamos la batalla de Trafalgar o la de Austerlitz, el mismo año– como si algo fundamental en él hubiera sido distinto; algo o todo. ¿Qué habría sucedido entonces? Esa es la pregunta que busca responder la llamada “historia contrafactual”: la historia de lo que habría podido pasar y no pasó, la historia de las posibilidades que se quedaron en la sombra.

A los historiadores, claro, esa forma de pensar la historia les parece por lo general indigna e inútil: poco rigurosa, fantasiosa, demasiado parecida –porque es igual– a un género literario que también es menospreciado por los críticos y los autores a pesar de las joyas y las dichas que ha sabido regalar: las “ucronías”: las novelas o los relatos históricos que se escriben con el mismo argumento y el mismo método delirante: qué habría pasado si...

Se supone que la diferencia entre la historia contrafactual y las ucronías está en la diferencia que hay entre la ciencia y el arte, entre la investigación y la invención. En los típicos problemas, en el sentido más profundo de la palabra, de la primera; y en las licencias, también en su mejor sentido, de la segunda. Se supone que no es igual cuando los historiadores se imaginan un destino distinto para el pasado que cuando lo hacen los novelistas.

No sé: no estoy tan seguro de ello, y además no me importa. Igual creo que el talento narrativo siempre, siempre, siempre es necesario, ya sea para investigar o para crear. Son cosas muy distintas, por supuesto, no vamos a discutir semejante obviedad, pero al final ambas exigen intuición y riqueza poética: la capacidad elemental de hacer verosímil y legible lo que contamos o explicamos, haya ocurrido o no. Ya otras veces he recordado aquí la bella etimología que enseña que “inventar” también es “descubrir”.

Hay ucronías magistrales, como la brillante El doctor Freud lo va a ver ya, señor Hitler, de Marks y Gran: una obra de teatro, basada en un indicio real, que cuenta la historia de ese niño de 6 años, demente y siniestro, Adolfo Hitler, a cuyos padres un psiquiatra les recomienda que lo lleven a Viena a ver al doctor Freud. Quizás él sí pudiera hacer algo. El encuentro ocurre y el curso de la historia cambia. Toda la historia cambia.

Otra deliciosa ucronía, que le fascinaba a Borges porque su mamá la tradujo al español –le debo este dato a Tomás David Rubio en la librería Libélula de Manizales, una de las mejores de Colombia–, se llama Toque de queda, de Stephen Vincent Benet. Es la historia de un amargado militar retirado que vive en Toulon maldiciendo su mala suerte, y al que nada importante le pasó en la vida. ¿Su nombre? Napoleón Bonaparte: un mediocre artillero del montón.

De la historia contrafactual hay también muchos y muy gratos ejemplos, como algunos ensayos de Niall Ferguson o los de Pasquale Chessa en Italia, o las publicaciones en serie de varias academias de la historia en “el mundo y otros países”. Y todos, en la ficción o en la realidad, se inspiran en una idea bellísima con la que tanto juega Javier Marías en sus novelas: somos lo que hacemos, sí, pero también lo que dejamos de hacer.

Nuestro destino arrastra una sombra con todo aquello que no fuimos o que decidimos no ser; aquello que negamos y nos determina y que también hace parte de lo que somos. Es como caminar por Berlín, creo: en vano el viajero busca vestigios de su aterrador muro derruido, pero solo quedan su fantasma y su recuerdo. Su sombra de lo que ya no está.

¡Qué novela mi vida!, dijo una vez Napoleón Bonaparte añorando la mala suerte que nunca pudo tener.