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Ildemaro Torres

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Un hecho grato registrado en nuestra memoria sucedió en febrero 2006, en ocasión de  celebrar la UCV el 60° aniversario de su Escuela de Comunicación Social, y fue la presentación del libro Leoncio Martínez de Juan Carlos Palenzuela, documentada biografía de ese periodista venezolano profundamente identificado con su país y preocupado por los problemas del mismo, pero no en actitud plañidera sino de combatiente social; ejercicio de conciencia por el cual pagó el alto precio de una ensañada persecución política, traducida en decomiso de ediciones, clausura de publicaciones, destrucción de sus talleres y reiterado encarcelamiento.

No es solo que se hayan cumplido 90 años de la aparición de Fantoches, sino la vigencia del recuerdo personal y como creador, de Leoncio Martínez -Leo, de tan alta significación en la historia venezolana, fundador de dicho semanario (abril 1923) referencia clave entre nuestras publicaciones humorísticas, tenido asimismo como “el documento más fidedigno de la era gomecista”, y su obra maestra a través de cuyas páginas se adueñó para siempre de la admiración y el afecto del pueblo venezolano. Además de gran dibujante y caricaturista, fue poeta, actor ocasional, cuentista, comediógrafo, crítico taurino y teatral, tipógrafo e impresor, y según Kotepa Delgado “la conciencia humorística de Venezuela”.

Aquiles Nazoa, que conoció en profundidad la obra de Leo, emitió este juicio fundamental: “Soy de mi generación uno de los últimos dolientes de Leo, y he puesto en los últimos años un arduo empeño en poner en marcha esa figura que de ningún modo ha muerto para nosotros, sino que por el contrario, a medida que nuestro país va contemplando la disolución de su personalidad nacional, va asistiendo a la quiebra de su cultura tradicional, va perdiendo su propia identidad, su propia cédula de identificación histórica, es justamente cuando este hombre empieza a vivir y cuando para nosotros empieza a ser necesario ponerlo en circulación”.

La imagen de él en la que pensamos y tanto admiramos es la del páter, como le decían los periodistas jóvenes; y la del promotor de ideas y acciones de bien para la cultura, como la creación del Círculo de Bellas Artes y la de hacer de la redacción de Fantoches el centro de convergencia y proyección de noveles artistas y escritores, que contaban con su firme apoyo. Más que un humorista festivo fue un señalador de la miseria en que agonizaba el pueblo.

Siempre estuvo del lado de los oprimidos, enfrentado al despotismo, nunca junto a un sátrapa adueñado del poder o saqueadores de la nación. Tuvimos en Chávez y hoy en su vergonzoso sucesor, seres primarios de comiquerías burdas, jugando a simpáticos para distraernos y que olvidemos, por ejemplo, que el golpe que el barinés encabezó el 4 de febrero de 1992 fue un hecho brutal, sangriento, y no un motivo de fiesta a celebrar como si fuera una proeza histórica.

Leo y sus dibujos podrían ser hoy, un autor y una obra que fielmente retratarían nuestra vida. Vemos, por la marginalidad agravada, a cientos de niños en las esquinas haciendo riesgosos malabarismos para asegurarse algo de comer, ancianos mendicantes y hombres que escarban las bolsas de basura; así que a quienes solían conformar la tipología en los dibujos de las calles, se les suman ellos ahora como parte del “paisaje urbano”; asimismo, con el país militarizado, el espionaje y las delaciones, se justifican caricaturas que muestran botas, armas y grotescos sapos soplones. Y los humoristas entienden como su deber político y sobre todo humano, no maquillar ni disimular la realidad, sino dejar también hoy un testimonio de lo que padecemos, como en su momento supo hacerlo Leo con tanta dignidad.