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Demetrio Boersner

Hora Mundial: ¡Así no!

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En artículos anteriores hemos reiterado la convicción de que un régimen autoritario como el venezolano actual (no dictadura absoluta pero ciertamente no democracia) solo puede ser inducido a reconocer sus limitaciones y a negociar con la oposición mediante la aplicación de presiones fuertes.

La primera de dichas presiones consiste en la comprobación, que los propios gobernantes hagan, de la inmensidad de sus fracasos económicos, sociales y administrativos, y de la consiguiente necesidad de buscar un viraje hacia políticas de consenso. Una segunda presión emana de la creciente desaprobación mundial de sus abusos y desaciertos: sin duda hoy en día ya no es solo la derecha internacional que los censura, sino también la izquierda democrática y voceros no estalinistas de la izquierda radical. La tercera presión –de importancia decisiva– es la que ejerza una oposición democrática unida en sus propósitos finales pero con habilidad para atacar desde dos flancos a la vez: protestas populares (“línea dura”) y denuncias combinadas con la disposición a un diálogo negociador (línea blanda”).

Tan necesaria es la firmeza desafiante de quienes salen a las calles para manifestar su descontento en forma no violenta como lo es el ánimo negociador de la cúpula de la Mesa de la Unidad Democrática. Las dos formas de lucha no se contradicen sino se complementan. Por ello es equivocada y dañina la actitud de pretendidos “duros” que atacan a los encargados de cubrir el frente negociador o “dialogante”, hasta el punto de tratarlos de “colaboracionistas” y apodos aun peores. Con tal actitud se sabotea la unidad y se rinde un servicio al régimen que anhela ardientemente nuestra división.

Profundamente errónea es la posición de quien dice que “con dictadores no se dialoga”. Durante el pasado siglo en el mundo ha habido numerosas negociaciones y acuerdos de tregua o de transición, con resultados positivos para la humanidad, entre demócratas por un lado y dictadores o terroristas por el otro. Otro planteamiento erróneo, carente de realismo, es el de exigir la renuncia del jefe del bando adverso como condición “previa” a cualquier acuerdo posterior. ¿Por qué habría de renunciar mientras las presiones reales no lo obliguen?

Por último, nos parece peligrosa y errada la consigna de la “asamblea constituyente” como presunta panacea para los males de la república.  Nuestra gran tarea debe ser la de cambiar la correlación de fuerzas sociales y políticas de manera muy concreta, para acabar con el autoritarismo e imponer nuevas bases de libertad y concordia. Ello no se logrará desviando la atención pública hacia temas jurídicos formales. El camino hacia una constituyente –en el supuesto de que el régimen no la obstaculice o sabotee– es complejo y su realización tendería a dividir la opinión democrática en torno a cuestiones secundarias.