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Beatriz de Majo

Hombres que ya no quedan…

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Necesitaría varias de las páginas de este periódico para poder hacerle justicia al aporte que Simón Alberto Consalvi le ha dejado a la Venezuela de hoy con su producción intelectual, su creación literaria, su investigación indetenible y su aguda inteligencia política.

Cada uno de los pasajes de su vida, rica en episodios y pródiga en experiencias, encontró en los años de su madurez una expresión práctica e inteligente. Tiempos largos en los avatares internacionales lo convirtieron en el más completo analista de los hechos globales que el planeta atraviesa en lo cotidiano. Su contacto con las letras y la historia lo transformaron en uno de los mejores cronistas con que contó el país. Su pasión por la investigación nos benefició con los más completos recuentos históricos de hechos y personajes nacionales aderezados de una opinión siempre impecable sobre la significación de cada uno de ellos. Sus experiencias periodísticas y un don natural para desmenuzar y entender los hechos noticiosos le sirvieron para convertirse en el mejor editorialista con que hemos contado en los últimos años. Lector impenitente, su contacto frecuente con las mejores plumas le dejó una cultivada y envidiable destreza narrativa. Sus experiencias vitales, no siempre afortunadas, no consiguieron rasguñar su buen ánimo, su ironía ingeniosa y su dominio de la ocurrencia inteligente y oportuna.

Tener la ventura de poder acercarse a ese hombre era encontrar un erudito sin parangón y un hombre de una riqueza interna envidiable. ¿Cuántos ejemplos tenemos de personajes de nuestra vida contemporánea que en sus años mayores se han abandonado a la crítica destructiva o, lo que es peor, al análisis anodino? Consalvi llevaba el sello de lo exigente consigo mismo, llevaba impreso su tesón como investigador inquieto, como cuestionador inteligente y cultivado. Las nuevas tecnologías encontraron en él un espacio fértil por la apertura a la modernidad que lo caracterizaba.   

El año pasado la Universidad Central de Venezuela dio un importante paso al reconocer los muchos méritos de su trayectoria profesional cuando le concedió su Premio Alma Máter. Pero Simón era bastante más que un profesional de las letras y de la historia. Era un silencioso y sagaz observador de los elementos que más identifican al país que hoy tenemos entre las manos. Un compendio de sabiduría, humildad, humor, sagacidad, modernismo, valentía y sinceridad. Un agudo crítico y un intelectual que se adelantaba a los tiempos. Razón le cabe a Miguel Henrique Otero, quien tuvo por años el beneficio de su presencia creativa y cercana, de afirmarle a la prensa, el día que nos dejó huérfanos de él, que Consalvi era de los hombres que ya no quedan.