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Samuel González-Seijas

Hombre que se adelanta

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Estuve, acompañado de un amigo, en casa del poeta y profesor Rafael Castillo Zapata. La velada fue agradable, como siempre. Disfrutamos de buena conversación y buen vino. Disfrutamos de su música y de su biblioteca que es una de las mejores que he visto. También la más ordenada que haya podido conocer. Limpia, con los libros bien colocados. Por momentos parecía que estuviéramos en la librería Noctua o en otra de las buenas que hay en la ciudad. En ella vi títulos extraordinarios, como La muerte de Virgilio de Hermann Broch, autor y novela de los que estoy detrás desde que he devorado los ensayos que le ha dedicado Claudio Magris. Me encontré con Mefisto, de John Banville, autor irlandés, del que dicen que es increíble y del que Steiner ha dicho que es el prosista más importante de la actualidad en lengua inglesa. Leo el primer párrafo en voz alta para saber cómo empieza la novela y no quedo defraudado. Es denso, me suena lejanamente a cierto Lezama Lima en su prosa sustanciosa y llena de imágenes. Luego me informo por una reseña de que su prosa es fría, debido a la precisión que logra, pero no podría decirlo yo que apenas he metido la nariz en un solo párrafo.

Pero el libro que más que interesó sacar de aquella ordenada y tranquila reunión de dioses de papel fue Poesía esencial, el tomo dedicado a la poesía de René Char, editado por Galaxia Gutenberg de España.  Lo hojeé según la costumbre de quien gusta admirar el conjunto antes de echarse de lleno sobre algún texto. Doy con uno de sus libros ahí incluidos –el volumen es antológico. Me deslumbró todo aquello a pesar de que lo vi en esas circunstancias (es decir, de visita para charlar y comer). Particularmente Hojas de Hipnos, un trabajo de Char elaborado por los años de la intervención nazi en Francia, los mismos años en que el propio poeta se sumó y fue pieza clave del moviendo de resistencia antifascista. En ese tiempo escribió Char esas piezas que tienen de poema, ensayo y aforismo. Muchas de ellas son fulgurantes, como fogonazos, como relámpagos. Conservé esta:

         Existe un tipo de hombre que se adelanta siempre a sus excrementos.

Frase dura que dice hoy mucho de lo que puede verse cuando la maldad y el terror que yacen en el fondo de la condición humana salen y se manifiestan. Frase que no pude dejar de traerla hasta mi patio, frase que podría ser adjudicada hoy, en este país, a muchos de los que hacen política y a muchos que sobre todo gobiernan. Adelantarse a la producción natural y biológica de desechos, esa condición orgánica inevitable del cuerpo que necesita desincorporar lo que ya no tiene capacidad nutricia, lo que ha sido reducido a materia inerme, infértil en muchos casos, eso que por no tener ya qué proveer es letalmente tóxico para el hombre; adelantarse a esa condición pero con la voluntad de ser como eso, heces de lo consumido, materia fecal para el drenaje, es lo que por obra de pura gana de dominio y una inadecuada noción de libertad muchos hombres escogen ser, sin que además les importe demasiado. “Ser un mierda”, para decirlo a la española, es una expresión que denota que la convivencia entre hombres se ve por momentos vapuleada, burlada, maltratada. Expresión que no tendría su fuerza o que solo la tiene en el común espacio de lo humano compartido, ese donde se juegan los equilibrios necesarios para que seamos algo más que bestias que están por devorarse unas a otras. Ese ámbito, en fin, que la política ha querido trabajar para darle forma con la cual pueda decirse que vivimos en civilización. Pero hay hombres que prefieren igualarse a los desechos y por voluntad propia llenar el mundo de monstruosidades que sacan del fondo común del corazón humano. Nadie está exento de eso, pero sólo la cultura salva. El respeto a las formas de una tradición, cualquiera de las que hay en el mundo, es la actitud que puede sostenernos de este lado de la línea que nos separa de la bestia. De la bestia política, incivil. Línea que el hombre dogmático de ahora, el “hombre nuevo” que quieren endilgarle y meter a la fuerza en la cabeza de los venezolanos, traspasa a mansalva, sonriente incluso, porque según cree, razones de reivindicación histórica y social lo autorizan a acabar con todo lo hecho durante siglos.    

Char, que pudo ver con claridad cuando el aire estaba muy turbio y el miedo asolaba casi todo un continente –Hojas de Hipnos fue escrito entre 1942 y 1945–, con una sola línea salida de su lápiz clandestino y desesperado, da cuenta de una verdad enorme. Durante aquellos años se batió contra fuerzas destructivas casi invencibles; pudo llegar con ojo penetrante hasta el centro de los hombres y traer al poema mucho de lo que estaba en juego entonces, que era algo mayor que las armas, las bombas, los aviones y los barcos, algo que vive anterior a todo eso y que sostiene por debajo la capacidad destructiva que puede acabar definitivamente con todo. El odio, el resentimiento, la venganza, la persecución, el asesinato, la vejación, la aniquilación de otros seres en principio iguales a nosotros, son los hijos demoníacos de la intolerancia, la manipulación y la conducción ideológica. Hacia eso nos ayuda a ver la palabra de Char. ¿Para conjurarla? No sabemos.