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Leonardo Padrón

Hola, Miami

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En 1984 los venezolanos aprendieron a decir Adiós, Miami. Antonio Llerandi había realizado una película con ese título que hacía mofa del nuevo rico venezolano, desarmando en añicos la frase que los signaría: ‘“Tá barato, dame dos”. Apenas un año atrás había ocurrido el viernes negro y una generación entera tuvo que redefinir sus conceptos de consumo. La propia película fue emboscada por el control de cambio en mitad del rodaje  en plena Miami y su título fue una expresión (¿nostálgica?) que terminó devolviéndose como un boomerang sediento de venganza treinta años después. Hoy los venezolanos, quiéranlo o no, aprenden a decir “Hola, Miami”. Es un saludo apurado, jadeante, expresado con temor y prisa, y que deja atrás la mayor de las posesiones: el país. Es decir, el asidero ontológico, la cobija del arraigo. Ya Florida no es el cielo del shopping. Ahora es la ruta de fuga más cercana. La salida más inmediata para escapar de la lluvia de balas y la ruina económica. Miami es la verdadera guarimba: el refugio.
 
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 Es jueves. En los estudios de Telemundo hay un hervidero de actores con un libreto en la mano. Así como en Miami está delimitada la temporada de huracanes, pasa lo mismo con la temporada de castings. Las sillas no se dan abasto. Algunos caminan de un lado a otro mientras repasan la escena que deben representar. Los demás conversan sobre el precio de los pasajes, anécdotas de la inseguridad nacional y aspiraciones en proceso. Son, en gran medida, actores venezolanos, algunos de ellos, estelares, con décadas de oficio y éxito. Hoy comienzan desde cero. Por el pasillo se cruzan directores y productores también venezolanos. Por un instante, triunfa el tumbao vernáculo sobre la “neutralidad” mexicana que la industria exige. Es algo fugaz. Al pasar al casting, los vale, los chévere, los vaina, se quedan afuera, en algún lugar de la antesala, desvaneciéndose. Pero aquí el casting no es solo para conquistar un rol en una telenovela, sino también para ganarse otro destino.
 
En la noche, al ras de un whisky, una legendaria actriz venezolana me traza una dura analogía: “Para un personaje casteamos 50 actores, tal cual los espermatozoides. Solo uno corona, los demás a mover la cola devolviéndose hasta el próximo coito”. Engulle el trago final y remata: “Miami es un cementerio de actores”.
 
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Todo exilio es un libro que se abre por primera vez.
 
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Son días agitados. Me han pautado una vertiginosa gira de medios para promocionar “El Des-Concierto”, el ensamble de música y textos poéticos que junto con Mariaca Semprún y Aquiles Báez llevamos dos años paseando por distintos escenarios. Los periodistas, apenas pueden, saltan a hablar del tema rating, del tema obsesivo, del tema insomnio: el país. Me muevo de Brickell al Doral, a Weston, a Coral Gables, a Coconut Grove. Cada emisora de radio, cada canal por Internet, cada periódico, es un onda expansiva de modismos caraqueños, de aspavientos criollos, de chistes orientales. Voy a un restaurante italiano: el maître es maracucho. Me hospedo en un hotel: el gerente es venezolano, y la mujer del frontdesk, y la chef (que hace arepas), y el mesonero (que es de los llanos),  y la artista plástica que expone sus cuadros en la galería aledaña, todos son del mismo mapa, ese mapa que estalló en fragmentos gracias a la revolución bolivariana, fragmentos que van y rebotan y aterrizan y buscan reacomodo en el resto del planeta. A efectos geográficos, Miami queda un poco más allá de Terrazas del Ávila.
 
            Tengo varios días en Estados Unidos y no he logrado practicar mi tambaleante inglés. Volteo a los lados. Llamo al 911. No, no es la solución. Prendo la televisión. Ahí está el inglés. Difícil dialogar en otro idioma con un aparato de 23 pulgadas.
 
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Decía Cervantes: “unas veces huían sin saber de qué, y otras sin saber a dónde”.
 
 
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Dos gallos se enfrentan a muerte. Cada uno tiene su truco para vencer. Un gallo negro, cerrero, ostenta el borde de una navaja en su pata derecha. El blanco, fibroso y altivo, posee una hojilla. Doscientas gargantas gritan arengas de combate. El dinero de las apuestas se encrespa con cada arremetida de los gallos. El lugar es un caldo de voces que chocan, se montan una sobre la otra, se tensan hasta el aullido. Al chasquido de una contraseña, varios apostadores mutan en policías.
 
Fue una redada gigantesca. El Nuevo Herald tituló: “Cientos de acusados por una pelea de gallos abarrotan la corte de Miami-Dade”. 
 
Al día siguiente, 158 personas eran formalmente acusadas de cometer crueldad con los animales, un delito de tercer grado que es penado en Estados Unidos y es tradición en muchos países latinoamericanos.  Los abogados no se daban abasto, ni los alguaciles. Debieron mudar la audiencia a un lugar más amplio, pues la gallera parecía reproducirse.  
           
Cada uno de ellos fue multado con 1.150 dólares. Algún testigo lejano vio el rebullicio que se repetía cada semana en el lugar y decidió llamar a la policía. Y entonces, durante una mañana entera, la Corte de Miami se convirtió en una sucursal del realismo mágico.
 
Toda persona que se muda de país lleva consigo el canto de sus costumbres.
 
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  Tarde o temprano sucumbes a un local de hamburguesas rápidas. Quizás inducido por un pernicioso hábito. Pides un combo. Pides mayonesa. El empleado suelta una cascada de sobrecitos. Un exceso, sin duda. Devuelves seis, ocho. Recuerdas la pavorosa escasez de tu país.  Piensas en la hipertrofia del Imperio. Ves una valla que dice: “Think Big”. Tu vista recorre durante cinco minutos una agencia de carros repleta de todos los modelos inimaginables. Aterrizas en un Publix y las cebollas y las fresas sufren de gigantismo. La Harina Pan se cae de los estantes. Todo lo hay de forma extravagante. Piensas en tu supermercado de siempre, tu periódico flaquísimo, tu farmacia llena de ausencias. Y todo desemboca en la peor frase dicha alguna vez por Rafael Ramírez, superministro de la revolución, dueño de cinco cargos y abundante cinismo: “Nuestro modelo económico es un éxito”.   
 
 La hipertrofia versus la escasez. El todo o la nada.
 
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  Mi visita coincide con un fin de semana emblemático en Estados Unidos. Se celebra el Memorial Day, en honor a los veteranos y caídos en batalla. Tres días libres movilizan a miles de americanos. En Miami Beach suelen realizar el “Urban Beach Weekend”, un festival monumental de hip hop que trastoca por completo la respiración de la ciudad. Este año 300.000 jóvenes afroamericanos invadieron el sur de la Florida.  La policía, los negocios, los hoteles, todo se pone en alerta. El hip hop es un género musical de alto riesgo: los vehículos “tuneados” llenan las calles, la música se reproduce con furia, los disturbios abundan, y la droga y el alcohol bailan sin parar dentro de la sangre. Durante tres días todo es tomado por la vehemencia de la raza negra.  Las calles de South Beach parecen una sucursal de Atlanta o Nueva Orleans.
 
            En el hotel donde me hospedo las madrugadas se llenan con el rumor de discusiones y risotadas, torsos desnudos, cuerpos que alcanzan los dos metros de borrachera. Durante tres días, la hispanidad se replegó para dar paso al slam de miles de afroamericanos y la música callejera.
 
            No spanish. Only Hip Hop.

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 Fiesta en casa de Tata. Reencuentro con viejos amigos. El aire acondicionado sucumbe. De pronto, todo se convirtió en un olor conocido. A las dos horas, parecíamos estar en una fiesta en Higuerote: sudor y cerveza a raudales. Leonardo Aranguibel dispuso la banda sonora de la noche: ecléctica y sorpresiva, pero básicamente un ejercicio de nostalgia. Pasamos de Led Zeppelin a Sandro, de Trino Mora a Rubén Blades y a Cadáver Exquisito. Entre fotos, chistes y cerveza tibia fuimos otra vez el país invencible donde alguna vez nacimos.
 
Doral también es sinónimo de Higuerote. El GPS de los venezolanos es una turbulencia geográfica.  
 
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Si afinamos la mirada, descubriremos que los nuevos ricos de antes, multitudinarios y arrogantes, han sido sustituidos por los boliburgueses de hoy, afanados en lucrarse a lo grande con la fraudulenta revolución venezolana. Miami, con mala cara, los ve pasear por sus calles mientras ellos siguen comprando a larga distancia medios de comunicación, empresas y conciencias. Socialistas a control remoto. Muy remoto.
 
 
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 Cada encuentro con el gentilicio en Miami activa un discurso automático. Los amigos te prodigan claves para aprender a lidiar con la ciudad. Los comentarios no gastan tiempo en anestesia. Te hablan de una ciudad aniquiladora, dura, poco indulgente, depredadora en su dinámica y donde cientos de venezolanos se han dado de bruces. El hecho es que muchos se han visto obligados a decirle adiós a Venezuela, a cambiar su oficio, su rutina y su siempre, sin querer hacerlo. Todo por eso tan poderoso que se resume en “el futuro de los hijos”.  Otros, los más jóvenes, asumen el riesgo con el entusiasmo de los aventureros.
 Treinta años después del estreno de Adiós, Miami en los cines nacionales, luego del entierro de la generación que inundó los malls con la gula atestada de dólares, el venezolano vuelve a Miami, esta vez sin boleto de regreso, buscando trabajo en esos mismos malls, cargando las luces y trastos de una vida entera, sin saber mayor cosa del mañana, con la mirada torcida por la nostalgia y dos palabras impuestas por los escombros del presente: “Hola, Miami”.
 A toda ciudad extranjera hay que saber saludarla. Es un requisito indispensable. Decir adiós es también abrir puertas. Unos se van del país, otros nos quedamos. Cada quien con su razón exacta. El arraigo cruje.