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Antonio López Ortega

Historia de un elector

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En medio del fragor de estos días, en los que nuevamente el país se entierra en las urnas, me percato de que en 2013 cumplo 40 años como elector. No ha sido una historia de logros y aciertos, debo decir, porque siempre he jugado a perdedor, pero ya el solo acto de votar, de elegir bajo el dictado de mi conciencia, me ha parecido un acto milagroso. Si pudiera resumir en pocas palabras mis credenciales cívicas, diría que mi balance como elector tiene algo de frustración, pues siempre he votado para impedir que otro llegue a la Presidencia. En 1973, mi primer voto de 18 años se lo di a José Vicente Rangel, candidato del MAS. Mi entorno de amigos era el de una juventud antisistema, y nada queríamos saber del “bipartidismo decadente”. En 1978 volví a votar por José Vicente Rangel, por segunda vez candidato del MAS, comprobando que esta tercera vía nunca perforaría el techo del 6%. En 1983 voté por Teodoro Petkoff, de quien había leído Proceso a la izquierda, un libro deslumbrante en muchos sentidos. Con Teodoro sentíamos una renovación que nunca llegaba al poder y que él encarnaba como pocos. En 1988 mi voto fue otra vez para Teodoro, comprobando con pesar que el MAS ni siquiera conquistaba al 3% del electorado nacional. En 1993, después del Caracazo y de la insurrección militar del 92, el tablero electoral se dividió en 4 pedazos: voté por Andrés Velásquez para impedirle el paso a Caldera, quien como el ogro inmortalizado por Goya se devoraba a sus propios hijos. En 1998, para evitar la llegada de un militar ex golpista, le di mi voto a Salas Römer, un hombre de pesados aires monárquicos que terminó siendo sin saberlo la orilla salvadora de la antipolítica. En 2000, sabiendo que debíamos obstaculizar la deriva neoautoritaria, voté por Arias Cárdenas, un tránsfuga de mil colores. En 2006, no quedó otra opción que votar por Rosales, experto en desperdiciar capitales políticos. Y en 2012, admirando el esfuerzo de no pelear contra un adversario sino contra todo un Estado, mi voto fue a parar en los 6,5 millones que se plantaron ante la invención de que un moribundo podía guiar nuestros destinos por 6 años más.

He necesitado cuarenta años de vida electoral para llegar en 2013 a un candidato que no escojo para ponerle obstáculos a otro sino por convicción plena. Me bastan los valores de libertad, igualdad y fraternidad para darle mi voto. Si a ellos agrego fuertes y novedosas políticas sociales, prosperidad económica, plena libertad de expresión y crecimiento sostenido, me sentiría cerca del cielo. Y si por remate sus políticas culturales se vuelven de avanzada, no sólo copiando las mejores prácticas de países latinoamericanos sino emulando los grandes modelos de Occidente, podría hacer mías las palabras de quien en 1830 quería bajar tranquilo al sepulcro.

La juventud que veo en ese candidato, su tesón, su entrega, su convicción, su visión de país, sus credenciales como servidor público, me permiten reconocer a una nueva Venezuela: aquélla que escoge del pasado sus logros y no sus vicios, aquélla que apuesta a la civilidad y no al personalismo, aquélla que opta por la modernidad y no por el militarismo, aquélla que procura la soberanía individual y no la sujeción de los colectivos. Ya es hora de abrirse a nuevos tiempos, pues el calvario de estos años nos ha convertido en otros seres. El dolor marca, pero también transforma la psique colectiva, convirtiéndonos en una sociedad más madura. El futuro nos abre hoy sus puertas. Y esta invitación hay que aceptarla sin duda alguna, pues quizás llega una sola vez en la vida.