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Julio María Sanquinetti

Historia de dos ciudades

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Los puertos de Montevideo y Buenos Aires han vivido, a lo largo de la historia, una convivencia polémica, una suerte de matrimonio inevitable lleno de altos y bajos. Por estos días, como ocurre desde hace dos siglos y medio, han quedado una vez más enfrentados en medio de esa disputa interminable que se ha dado entre el kirchnerismo y los gobiernos uruguayos del Frente Amplio.

Si llevamos tan atrás la historia es porque desde que nació Montevideo su ubicación lo arrastró a una competencia con un Buenos Aires más grande desde siempre pero con un puerto más difícil. Por esta última razón la corona española privilegió a Montevideo, declarándolo puerto terminal o de escala obligatoria para las naves en tránsito al Pacífico y "puerto único" de introducción al virreinato del ominoso tráfico de esclavos. Al mismo tiempo, Buenos Aires fue sede del consulado, institución que arbitraba justicia en la materia comercial y se beneficiaba de los tributos que se cobraban en el puerto montevideano. A partir de esta circunstancia, el reclamo de independencia de Montevideo pasó a ser una fuente constante de fricciones, que incluso se acentuaron con las Invasiones Inglesas. Se generó allí una disputa de orgullos, porque la participación de los montevideanos en la reconquista le valió el título de "Muy fiel y reconquistadora ciudad", impugnado airadamente ante la Corte de Madrid por Juan Martín de Pueyrredón en su carácter de diputado porteño.

El puerto de Montevideo, por otra parte, fue sede del apostadero naval, que comandaba la marina española en todo el Atlántico Sur, hasta la Patagonia, las Malvinas y Tierra del Fuego y no dependía del virreinato, sino de la corona. Felizmente, la naciente República Oriental del Uruguay no reclamó jurisdicción sobre las Malvinas y en cambió la reivindicó Buenos Aires, y luego la Argentina, con lo que nos evitamos otro contencioso.

Traigo estas evocaciones para mostrar que el puerto -los puertos- han sido para el Uruguay una poderosa raíz de su identidad. Ese localismo de la época colonial se hará sentimiento provincial, en acuerdo -las más de las veces- con las provincias litoraleñas del Uruguay, cuyos intereses comerciales coincidían, amén de sus afinidades políticas confederativas. De esa puja nacerá un sentido de pertenencia que es parte del sentimiento de nacionalidad que conducirá a la independencia uruguaya.

Desgraciadamente, la vida de nuestros países ha chocado con frecuencia por esos intereses portuarios que a esta altura de la evolución económica deberían ser arqueología, cuando se han firmado tratados que aseguran, en la región, la circulación de las mercaderías sin trabas de especie alguna.

Hoy, el caso es que el gobierno argentino, invocando un proyecto de "acuerdo de transporte multimodal" que se discute desde hace años y no está vigente (porque no todos lo firmaron), establece una reserva de carga en virtud de la cual el puerto de Montevideo no puede hacer transbordo de mercaderías provenientes de la Argentina si no es en buques argentinos. De este modo, Montevideo deja de ser un puerto "concentrador", como es hoy la modalidad normal en el comercio, y sólo podrá entonces manejarse con su propio comercio exterior. Esta medida, aparte de agredir el espíritu de integración, viola el Tratado de Asunción y el Protocolo de Ouro Preto, que establecen el libre comercio entre nuestros países, y el Protocolo de Montevideo sobre "comercio de servicios", de 1998. O sea que se adopta una medida violatoria de los compromisos del Mercosur y, lo que es igual o peor, hiriendo una vez más el tantas veces invocado espíritu de integración.

En el terreno práctico, se ha dañado al puerto de Montevideo, que ha perdido la mitad de su tráfico de tránsito, pero no ha beneficiado a la marina argentina ni a los productores argentinos (los de la Patagonia, por ejemplo, que usaban el puerto de Montevideo). Simplemente la operación de transbordo se ha traslado a Brasil, lo cual agravia aún más a un Uruguay que mantiene sus fronteras abiertas a los productos argentinos, sufre estoicamente un enorme déficit de balanza comercial y no puede aceptar que las obligaciones jurídicas se violen tan arbitrariamente. Como si todo fuera poco, ahora se suma al conflicto el puerto de Nueva Palmira, que recibe barcazas paraguayas que suelen esperar turno en un embarcadero en la ribera argentina, que acaba de ser inhabilitado en medio de protestas de Asunción y Montevideo.

Duele pensar que después de dos siglos de independencia republicana y un cuarto de siglo de Mercosur sigamos enredados en estos minúsculos vericuetos proteccionistas, emanados de erráticas decisiones. Como en la célebre novela de Dickens sobre Londres y París que titula este artículo, podríamos escribir: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos derecho al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual que las más vocingleras personalidades merecerían que, tanto en lo que se refiere a lo bueno como a lo malo, sólo se les aplicaran los calificativos más extremos".