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Rafael Rattia

Historia y ciudadanía

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Es una verdad de Perogrullo: el hombre es un animal histórico por donde se le mire, y es obvio que también lo es histérico. Es una extraña y subyugante totalidad orgánica de razones y sinrazones, de lógica y racionalidad; no cabe duda de que homo sapiens es, al decir de Morin, delirum tremens y homo demens con igual estatuto de pertinencia o legalidad epistémica y política.

Es literalmente imposible separar la cordura de la locura. Todo ser humano, en una cierta medida, es un poco cuerdo y un poco loco también. Cada quien con su locura reza el dicho popular. “Mira, ahí va el loco ese, obsérvalo, velo pero que no te vea que se pone furioso cuando te quedas mucho rato mirándolo…”; “Él estaba bien pero un día amaneció más loco que una cabra y comenzó a caminar calle arriba y calle abajo y dejó de comportarse como uno más de nosotros… ¡pobrecito!”. Son expresiones y frases que se escuchan con frecuencia entre los venezolanos.

Traigo a colación la dilemática relación entre locura y cordura porque es imposible dejar de ver los nexos que existen entre “historia y ciudadanía”. El ciudadano no nace, es obvio, sólo se adquiere una ciudadanía en el intenso fragor de su ejercicio y despliegue dentro de la historicidad de lo social. Un ser social es un ser político por antonomasia y la política es cordura y sindéresis, ser y hacer política es hacer gala de morigeración y ecuanimidad. Todo lo contrario de la hybris, del caos y la guerra. La violencia, tanto verbal como física, es patrimonio exclusivo de las prácticas fratricidas. La guerra es, en sus infinitas facetas y máscaras, la antípoda de la dialógica y de la negociación. “O hablamos o nos matamos” dice la conseja popular. Nada más cierto, nada más aterradoramente cierto; o dialogamos o nos exterminamos mutuamente. La historia patria tiene de esa cabuya un rollo largo que da para medir siglos enteros desde épocas prehispánicas hasta este triste, aciago y lamentable presente histórico e histérico que malvivimos o padecemos. No nos empeñemos en negar lo evidente; la sociedad venezolana sufre los terribles rigores de un espantoso esquizo; tánatos le lleva ganada la lucha a biós. La vida en la Venezuela revolucionaria y socialista ha sido arrinconada por la sociedad delictiva. El hampa domina los más inaccesibles escondrijos del ser venezolano. Las familias están desguarnecidas, los hogares se encuentran a merced del transgresor de la ley y viven atemorizados a cualquier hora del día. El miedo se ha inoculado en el ánimus nacional. Miedo y temor proliferan como la verdolaga en los amplios predios del “campo social” (Alain Touraine dixit). Quién puede osar negar que la sociedad experimenta un vertiginoso proceso de desciudadanización. Nadie en su sano juicio se atreve a desconocer que la anomia social se ha entronizado en los pliegues más recónditos del tejido societal venezolano. La nuestra es una sociedad profundamente enferma que raya los bordes de lo clínicamente patológico.

Todos los rasgos distintivos de la sociedad bajo la terrible égida militar estatalista bolivarera –que no bolivariana–, revelan el yugo de nuevo cuño que los subimperialismos sino-soviético y el protectorado insularista cubano ha logrado implantar en esta gasolinera al Sur de Miami, que aún insistimos en seguir llamando Venezuela.