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Eduardo Semtei

Historia de la cándida marxista y su chavismo desalmado

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Tengo la obligación de hablar sin parar sobre la justicia divina del marxismo. Sus celebradas frases. Sus héroes. Como el Che (por cierto, quienes lo conocieron de cerca no tienen tan buena opinión como quienes no lo conocieron, pero usan franelas con su estampa. Basta señalar que le encantaba fusilar).

Una de las máximas, que el chavismo usa cada cierto tiempo y fue de las frases más célebres de Stalin, Mao, que sé yo, era la que escribiera el propio Marx en su obra Crítica al programa de Gotha en la cual acuñó: “A cada quien según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades”. A frase buena, carajo. Es casi como la consigna que se le atribuye a Maquiavelo: “El fin justifica los medios”. Otra frase buena, caramba.

Pero cómo podría un gobernante serio, responsable y solidario negarse a cumplir tan sagrado mandato. Si un niño se fractura una pierna. Cómo negarle el yeso. A cada quien según sus necesidades. Si una anciana está desamparada y con hambre. Quién será el perverso que le pudiera negar la comida. Y a un pobre sin vivienda. Un niño sin escuela. Un viejo desvalido. Una mujer desamparada y hambrienta. Una menor en gravidez.  Es imposible, salvo que hablemos de un monstruo; negarle el bien a quien necesita algo es pecado. Una maldad imperdonable. Anjá.

Sin entrar en detalles, como, por ejemplo, cuáles son las necesidades justificables y quién proporciona el remedio. Eso supone varias cosas.  Todas conducen al fortalecimiento del Estado en contra de los ciudadanos. Explican todas las maldiciones que describe la novela de George Orwell.  La existencia de un Gran Hermano. La escribió en 1947 y la tituló 1984. La primera deducción es que hay unas necesidades “necesarias” y unas necesidades “no necesarias”. Solo el Estado, el Gran Hermano es capaz de dilucidar y diferenciar unas de otras. Como quiera que el Estado no es una entelequia, un espíritu, un no-presente, requiere que alguien, así, sencillamente, asuma el papel del Estado y actúe en su nombre.

Evidentemente el marxismo clásico necesita de una estructura de poder, de unos delegados, de unos miembros, de unos señores que, representando al Estado, puedan clasificar, decidir qué asuntos son necesidades “necesarias” y cuáles no lo son. Allí empieza a transformarse el dicho, supuestamente bondadoso, “a cada quien según sus necesidades”, a la realidad de la “dictadura del proletariado” que nuevamente nos retrotrae a la necesidad de que exista alguien quien pueda ejercer tal dictadura. Por ejemplo, apelando a Marx y agarrándose de sus barbas, el gobierno chavista justifica claramente la regaladera de dinero, el despilfarro comprando votos, a todos los países del Caribe. A Nicaragua. A Bolivia. A Ecuador. En nombre de la solidaridad internacional y la salvación de la raza humana se botan por la borda miles de millones de dólares. Cómo pega eso con la frase original de “a cada quien según sus necesidades” es todo un misterio.

Lo más natural del mundo, lo evidente en la naturaleza, en todas las especies animales, en las plantas, los mares, las montañas, es inequívocamente la desigualdad. La diferencia. El marxismo como teoría asume que si bien no todos somos iguales, al llegar al comunismo todos lo seremos. Será el Reino de los Cielos donde todos seremos iguales. Todos correremos 100 metros planos en 9,85 segundos. Todos seremos campeones de la Fórmula Uno. Todos seremos médicos. Todos boxeadores. Todos maestros. Todos viviremos exactamente los mismos años, meses, días, horas y segundos. Todos pesaremos y mediremos lo mismo. Tenderemos el mismo número de hijos. Nuestras casas serán todas iguales. Claro, mientras tanto el Estado, el Hermano Mayor requerirá de unos ciertos administradores que lo ayuden a alcanzar tan nobles fines. Y el que no se deje “igualar” bueno, la medicina del Che para los insubordinados y diferentes. ¿Es usted igual o diferente, amigo lector?

@ssemtei