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Miguel Ángel Cardozo

Herencia en peligro

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Uno de los campos en los que más avances se lograron y más éxitos se cosecharon durante más de un siglo en Venezuela, es el de las ciencias de la salud, por lo que es extensa la lista de personajes destacados en el área, prolíficos en su labor científica y tenaces en su propósito de mejorar la calidad de vida de sus conciudadanos.

Cómo no recordar por ejemplo a Rafael Rangel, primer director del Laboratorio del Hospital Vargas, cuyos pioneros estudios sobre múltiples enfermedades infecciosas –el más conocido, sobre la anquilostomiasis– fueron fundamentales para el posterior diseño e implementación de estrategias orientadas al control de varias patologías endémicas y epidémicas en el país.

Rangel fue alumno de otro insigne venezolano, Santos Aníbal Dominici, quien junto a otros cuatro visionarios –Enrique Meier Flégel, Elías Rodríguez, Nicanor Guardia y Pablo Acosta Ortiz– fundó en 1895 el Instituto Pasteur de Caracas, que si bien tuvo una existencia breve –ya que fue clausurado por Cipriano Castro en 1902– dejó una huella indeleble en la historia de las ciencias de la salud en Venezuela, tanto por su organización como por sus aportes, principalmente su capacidad de producción local de la vacuna antivariólica, tan necesaria en momentos en que la viruela estaba lejos de ser erradicada en el mundo.

Muchos otros científicos, gran parte de ellos profesionales de la salud –y todos deudores del impulso dado con anterioridad en el país a la educación universitaria y a la ciencia por el doctor José María Vargas, excelso médico venezolano y valiente defensor de la libertad–, siguieron los pasos de estos ilustres hombres durante el siglo XX, incrementando el acervo de conocimiento en las numerosas disciplinas médicas, odontológicas, farmacéuticas y, en general, en todas las que componen ese extenso campo del saber.

Quizás el más sobresaliente entre todos esos eminentes venezolanos es el doctor Jacinto Convit, cuyas siete décadas de dedicación a la investigación –principalmente sobre la lepra, la leishmaniasis y el cáncer– y un amplio reconocimiento internacional, constituyen la muestra más patente del potencial que puede llegar a desplegar cualquier hijo de esta tierra si trabaja con espíritu de excelencia.

Ante todo ese abrumador legado uno no puede dejar de preguntarse cómo podrá dársele continuidad si el sistema sanitario se está dejando en manos de unos dudosos profesionales que egresan masivamente de ideologizadas universidades, sin la certeza –para algunos– de cuál será en el mediano y largo plazo su verdadero impacto sobre la salud de la población venezolana.

Hagamos votos para que ellos mismos trabajen proactivamente en el necesario mejoramiento de sus competencias, desde la humildad y el reconocimiento de sus grandes limitaciones, y no caigan en la trampa de creerse capaces de sostener ese sistema con su actual preparación.