• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

El mecate como instrumento de "lucha"

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Cómo se dieron por aludidos los integrantes de la cúpula sindical del chavismo cuando el candidato de la alternativa unitaria y democrática, Henrique Capriles, dijo en Guayana que no quería trabajadores "jalabolas", que en su gobierno ese no sería un requisito para el logro de las reivindicaciones del sector laboral. Esa expresión de Henrique no iba dirigida a cuestionar a los asalariados, sino a lo que han pretendido hacer con ellos quienes enarbolan las banderas del sindicalismo pesuvista, absolutamente domesticado, dócil y complaciente con el patrono mayor, es decir, el Presidente de la República.

Capriles no ha hecho otra cosa sino verbalizar en voz alta lo que una buena porción de los trabajadores de la administración pública piensa de los dirigentes sindicales oficialistas, en su mayoría pertenecientes a la llamada Central Bolivariana y Socialista de Trabajadores, una organización nacida para dejar en manos del Gobierno la discusión de los contratos colectivos, para apagar los fuegos que la política antisindical de esta administración ha venido provocando, como consecuencia del escaso o prácticamente nulo respeto que sienten por conceptos como autonomía sindical, contratación colectiva, derecho a huelga o pliego conflictivo cuando se trata de reclamarle al patrono Estado.

Estoy plenamente seguro de que los trabajadores de la administración pública entendieron claramente el mensaje de Henrique. Ya están hartos de que se les siga utilizando como recurso electoral, y en no pocos casos como caja chica del partido de gobierno, porque no es un secreto cómo en Venezuela se hacen descuentos inconsultos o "voluntarios" a empleados y obreros del Estado para cubrir gastos de campaña.

Esa aberración tiene hasta la coronilla a muchos trabajadores, y obviamente no lo denuncian porque corren el riesgo de perder su empleo. Además del descuento, es moneda corriente en la administración pública que los "inviten" a los actos del partido de gobierno. Y no pocos "jalabolas" se prestan para cumplir el triste papelito de acusetes contra quienes se resisten a ser acarreados como ganado en autobuses. Por si fuera poco, todavía pretenden que los trabajadores no reclamen cuando les congelan sus contratos colectivos, o cuando los aumentos salariales son otorgados por vía ejecutiva, y en algunos casos de forma discriminatoria, dependiendo de la valoración subjetiva que haga el gerente, supervisor o director de línea. Tiene razón el dirigente sindical universitario y chavista Eduardo Sánchez al afirmar, en entrevista con mi hermano Mario, que los trabajadores no tienen poder en este Gobierno.

Nunca se había visto, al menos en los últimos cincuenta años, tanto aclamacionismo del sindicalismo afiliado al gobierno de turno como el que se practica en estos tiempos.

Al movimiento sindical pesuvista, expresado en la CBST, lo castraron al nacer. No se queja, no protesta cuando hay razones. Lo domesticaron en tiempo récord. Y por supuesto que en su dirigencia media hay excepciones, como vimos en Guayana el día de la incómoda cadena, cuando el candidato a la reelección trató de hacer ver que la masa laboral de Bolívar está feliz y contenta.

Es un sindicalismo, para decirlo en términos generosos, chupamedias con el patrono mayor. La mejor prueba de ello es haber planteado que el Presidente aprobara la Ley Orgánica del Trabajo por vía habilitante. Y si faltaba alguna, ni una tímida tos se les sintió cuando se anunció el pago de deudas laborales con petrobonos. Y lo peor de ese sindicalismo es que pretende que los trabajadores se comporten igual que ellos, sin hacer ruidos molestos que incomoden al líder, y aplaudir a rabiar para que el hombre esté contento y sienta que con él la clase obrera va al paraíso.

No nos extrañe que de Corea del Norte venga una delegación a tomar clases de cómo debe balancearse el mecate que mece la hamaca del patrono mayor.