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Simón Alberto Consalvi

Henrique Capriles Radonski

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El domingo 30 de septiembre escribí una columna con este título: “Henrique Capriles Radonski”. Hoy tengo la tentación de glosarla. Comprendo que es poco usual, pero en circunstancias como estas el ensayo vale la pena. Como muchos, yo también me equivoqué cuando postulé, con fe y esperanza, que “el 7 de octubre será el día que nos liberaremos de la anarquía como política de Estado y del Estado como instrumento de dominio personal”. No sucedió, y quedamos en las mismas. No me doy golpes de pecho. No me equivoqué en otras apreciaciones, y ahora las ratifico: “Fortuna grande le deparó el destino a Henrique Capriles Radonski. No recuerdo ningún caso en la historia republicana de Venezuela en que un hombre haya logrado, como él, representar de manera tan cabal las expectativas de libertad, equidad y democracia de toda la nación”.

Y no me equivoqué porque Capriles Radonski sigue ahí y seguirá ahí, y porque continuará siendo el portador del fuego de la democracia pluralista, de la alternabilidad republicana y de reformas sociales profundas, capaces de darle un vuelco a la sociedad desigual en que vivimos. Quiero detenerme de manera especial en el párrafo que de seguidas transcribo: “Henrique Capriles Radonski ha llevado a cabo una campaña electoral muy poco común en Venezuela. En un tiempo de mentiras, no ha mentido.

En un tiempo de agresiones, no ha agredido. En un tiempo de aniquilación del adversario, ha apelado a la tolerancia. En un tiempo en que desde el poder se reparten fusiles Kalashnikov, ha promovido la convivencia. En un tiempo en que se prometen seis años más de odio y de rencor, él ha postulado la concordia. En un tiempo en que la gran promesa es la prolongación de la hegemonía personal, él propicia la alternabilidad. En un tiempo de pensamiento único, aboga por la pluralidad y la diversidad. En un tiempo en que se enajena el territorio a una potencia extranjera como China, país al que se le entregó la realización del mapa minero de Venezuela, él promete resguardar la soberanía. Ha comprendido con lucidez lo que queremos los venezolanos”.

No le quitaré ni le añadiré una palabra, simplemente las ratifico todas, y, paralelamente, glosaré algunas. Capriles Radonski nunca mintió. Y en política decir la verdad no es poco, porque generalmente se arriesga diciéndola. El maquiavelismo de la política se identifica con el engaño. Engañar para ganar, y presentarse como lo que no se es, ofrecer lo que de antemano se sabe que no será cumplido o no podrá cumplirse. Capriles Radonski presentó un programa concebido por especialistas y expertos de las más diversas disciplinas, una visión contemporánea de Venezuela, y con sus postulados se identificaron 6.500.000 venezolanos. Es un programa factible y necesario. En contraposición, su adversario sí mintió y lo hizo de manera reiterada y artera, directamente y a través de los innumerables recursos que le permitía el cautivo sistema de medios públicos. En primer lugar, se falsificó el programa del candidato democrático, y uno redactado por unos agentes (mercenarios) de la guerra sucia se difundió con desvergüenza, y se presentó como un “paquetazo neoliberal, el mismo que arruinó a Europa, el mismo que le quita a la gente el pan de la mano para que se muera de hambre”.

En una campaña en la cual recibió toda clase de dicterios, insultos, vejámenes, todo el barraje del poder, él mantuvo su posición de tolerancia y convivencia. Representó, así, lo que los venezolanos deseamos con vehemencia. Contra la promesa de otros seis años de rencor, Capriles Radonski simbolizó la dignidad de la democracia que rechaza la aniquilación del adversario, y, por el contrario, su reconocimiento porque Venezuela no es sólo de unos sino de todos, y menos aún de quienes secuestran al Estado para eternizarse en el poder.

Cuando, con todo derecho y como candidato, adelantó que designaría ministro de Defensa a un general activo, saltó de inmediato y de manera ilegítima el titular de ese despacho para pregonar que ningún general activo “se prestaría para desestabilizar la Fuerza Armada”. Sólo en tiempos de dictadura se había visto una intromisión más infeliz. Capriles Radonski respondió con dignidad y mesura, y puso al ministro general en su puesto. El episodio merece ser registrado, porque dio la tónica de la campaña.

También escribí esto: “En el oscuro tiempo que vivimos, el petróleo se convirtió en arma antidemocrática, como en los tiempos de Juan Vicente Gómez. Podríamos concluir que Venezuela es un rehén de su propia riqueza. Mientras más petróleo, mayor desigualdad, mayor dependencia, mayor antidemocracia. Frente a un Estado todopoderoso, autocrático y despótico, una sociedad civil opone sus convicciones de pluralidad y tolerancia”. En la reelección del presidente Chávez Frías, el petróleo (manejado a discreción), fue uno de los factores más determinantes.

Repito: “Fortuna grande le deparó el destino a Henrique Capriles Radonski”. Representó con dignidad, inteligencia y coraje un desafío de proporciones que nadie ignoraba. Y está y estará ahí, como representante de la Venezuela que tarde o temprano volverá a ser el país de todos.