• Caracas (Venezuela)

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Simón Alberto Consalvi

Henrique Capriles Radonski

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El 7 de octubre será el día que nos liberaremos de la anarquía como política de Estado y del Estado como instrumento de dominio personal. Un día que, con el esfuerzo de cada uno, rescataremos a Venezuela y volveremos a tener un país, a tener derechos y deberes, a partir de ahora con una conciencia que antes no tuvimos.

Fortuna grande le deparó el destino a Henrique Capriles Radonski. No recuerdo ningún caso en la historia republicana de Venezuela en que un hombre haya logrado, como él, representar de manera tan cabal las expectativas de libertad, equidad y democracia de toda la nación.

Henrique Capriles Radonski ha llevado a cabo una campaña electoral muy poco común en Venezuela. En un tiempo de mentiras, no ha mentido. En un tiempo de agresiones, no ha agredido. En un tiempo de aniquilación del adversario, ha apelado a la tolerancia. En un tiempo en que desde el poder se reparten fusiles Kalashnikov, ha promovido la convivencia. En un tiempo en que se prometen seis años más de odio y de rencor, él ha postulado la concordia. En un tiempo en que la gran promesa es la prolongación de la hegemonía personal, él propicia la alternabilidad. En un tiempo de pensamiento único, aboga por la pluralidad y la diversidad. En un tiempo en que se enajena el territorio a una potencia extranjera como China, país al que se le entregó la realización del mapa minero de Venezuela, él promete resguardar la soberanía. Ha comprendido con lucidez lo que queremos los venezolanos.

Entendemos la democracia como una forma de vida que exige ir más allá de las formalidades. Una sociedad democrática implica como condición primordial una equitativa distribución del ingreso, salud, empleo, vivienda, educación, para toda la población. Que no haya hambre, ni excluidos ni minorías privilegiadas. No obstante, al hablar de una equitativa distribución del ingreso, el postulado debe ser complementado con la lógica de la naturaleza de las cosas: para distribuir hay que crear riqueza, porque de lo contrario la sociedad caería en la maldición gitana de que “el hambre es lo único que repartido entre más toca a más”.

Una sociedad democrática se define por su capacidad de promover el ejercicio de las libertades al tiempo que impulsa la justicia social propia de una sociedad de iguales. Contra la democracia así concebida se contrapone la revolución autocrática. Esta revolución significa presidencia vitalicia, gendarme necesario, sumisión de los poderes del Estado, desaparición de los partidos y organizaciones de trabajadores, aniquilación de los derechos humanos, muerte de la libertad de expresión, resurrección del caudillismo y reinado del gendarme necesario.

Pero más allá de todo eso, revolución significa pobreza. En la Edad Media se les daba un trozo de pan a los pobres para que siguieran siéndolo. Los subsidios de ahora cumplen el mismo papel que tuvo aquel mendrugo de pan. Los pobres seguirán siendo cada vez más pobres porque la revolución los necesita pobres.

En el oscuro tiempo que vivimos, el petróleo se convirtió en arma antidemocrática, como en los tiempos de Juan Vicente Gómez. Podríamos concluir que Venezuela es un rehén de su propia riqueza. Mientras más petróleo, mayor desigualdad, mayor dependencia, mayor antidemocracia. Frente a un Estado todopoderoso, autocrático y despótico, una sociedad civil opone sus convicciones de pluralidad y tolerancia.

Vale la pena observar cómo en Venezuela se ha pretendido marchar contra la historia. Veamos: el jefe de la revolución y del “socialismo del siglo XXI” proclamó, una y otra vez, que la “revolución llegó para quedarse”. Que “es una revolución pacífica, pero armada”. Un mensaje intimidatorio y cobarde.

Queremos un sistema de libertad y tolerancia, orientado al combate contra la desigualdad. Un sistema que garantice transparencia en el manejo de los recursos públicos, rendición de cuentas, equilibrio e independencia de los poderes. Respeto a la propiedad. Una política internacional de Estado.

Aboguemos, en fin, por un país donde se respeten los derechos humanos, donde se produzca riqueza con eficiencia y se distribuya con equidad. Un Estado que sepa establecer los límites y preservar a la sociedad de la permisividad de los poderosos. Que desarrolle políticas sociales compatibles con la modernidad y procure la integración de Venezuela en condiciones equitativas con los países de América Latina, y no la dependencia ideológica o económica.

Fortuna grande le deparó el destino a Henrique Capriles Radonski. Ser depositario de la confianza nacional en un momento clave de la historia es un privilegio singular. También es una inmensa responsabilidad asumir el gobierno en un momento en que las estructuras del Estado han sido alteradas, destruidas las instituciones y comprometido el crédito de la República.

Capriles Radonski no compite con otro candidato en igualdad de condiciones, como solía suceder en la imperfecta democracia. Compite con el Estado venezolano y con su fuerza económica sin control, compite con el gobierno y con su vicioso sistema oficial de comunicación. Compite con todo lo que ha puesto en peligro a la nación, a su soberanía y a su independencia. En suma, un desafío de dimensiones históricas.