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José Ignacio Calderón

Heliogábalo y el poder absoluto

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Es famosa aquella frase: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, que ya muchos habrán escuchado hasta el cansancio; tal vez por la relevancia que siempre ha tenido en todo contexto en el cual la autoridad tenga preponderancia, que son, ¿a quién podemos engañar?, casi todos.

La política es el ring de la historia, y en él siempre se enfrentan grandes contendores. Pero a veces, solo a veces, se suben en la arena personajes extrañísimos, anomalías que nos permiten visualizar qué se puede volver una persona si se le da absolutamente todo. 

Heliogábalo, emperador romano, es uno de aquellos freaks históricos. Un tipo sumamente fascinante y libertario.

Heliogábalo entró en escena al recibir su título de gobernante maquillado, con los labios pintados de carmesí, luciendo unos brazaletes de esmeraldas y una corona que completaba el look de dictador chic. Con tan solo 14 años (y hacía más de 2.500 años atrás), Heliogábalo ya había superado a Brendan Jordan, la nueva sensación viral de Youtube que el Internet bautizó recientemente como “Niño Diva”.

De su Siria natal trajo una piedra con forma fálica, que utilizó para cambiar la deidad romana de Júpiter por un dios menor –representado por la roca–, Deus Sol Invictus. Esto, claro, atrajo la ira de la casta sacerdotal en la libertina persona de Heliogábalo. Un paso más adelante hacia el abismo de su caída como emperador.

Se casó cinco veces con distintas mujeres y una con un atleta de nombre Zotico –no se le niega la vena progresista a Heliogábalo–, además de tener un esclavo sexual llamado Hierocles, quien le exigía cumplir sus más descabelladas y ardorosas fantasías sexuales.

Instituyó una especie de brigadas SS precristianas para que buscasen en todos los rincones del imperio lo que en su época se llamaban onobelos, pero que hoy la pornografía, sin ton ni son, llama monster cocks. Hombres con penes enormes para que calmaran la voracidad sexual de nuestro lujurioso líder romano.

Asiduo practicante de la prostitución, la ejerció con creces en el palacio imperial, y disfrutó ofreciéndose a los transeúntes más adinerados de aquel recinto: los senadores de Roma.

Instauró una torre de suicidios y ofició sacrificios humanos. Los niños pequeños, de uno a tres años, eran su ofrenda favorita.

Ya el historiador alemán Barthold Georg Niebuhr había escrito en su Historia de Roma que las ocurrencias de Heliogábalo eran “demasiado desagradables para aludir a ellas”.

Fue odiado por los senadores, la Guardia Petroriana y el pueblo romano en general.

Todo esto en un lapso de cinco años. De sus 14 a sus 19 años, cuando fue asesinado por su séquito de seguridad y lanzado al precipicio de una fosa. Sin tener sepultura y con su nombre borrado de la historia oficial del imperio, Heliogábalo sigue acechando nuestra historia para recordarnos que el poder sin límites de ninguna clase puede instituir un verdadero paraíso para la lujuria sin límites.

Pasolini tenía razón al musitar que “nada es más anarquista que el poder. El poder hace lo que le dé la gana”.